Viajes Sin Destino

Capítulo 4: Custo Tempes

Custo Tempes

¿Dónde?

Por más que viajara, por más que pusiera océanos y cientos de años entre él y el lugar que lo había visto nacer, había una sombra que lo seguía sin descanso. No importaba cuánto corriera: siempre estaba ahí, acercándose más, ceñida alrededor de su cuello como un lazo invisible, como si él mismo cargara su propia sentencia.

Ni siquiera cerrando los ojos podía alejarla. Las noches eran más crueles que los días, pues el silencio sólo amplificaba sus pensamientos. Había buscado rincones del mundo donde ni el viento osara susurrar, pero las preguntas... ellas nunca callaban.

Todavía podía ver sus labios rojos diciéndole que cumpliera su misión, el brillo en su mirada cuando le habló por última vez. Todavía escuchaba el deseo de suerte de su padre, pero ni esas palabras podían borrar la traición. Nunca podría perdonarlo por ocultar aquellas cartas.

¿Y cuando volviera?

¿La encontraría distinta?

¿Habría llegado Angelia a alguna decisión?

¿Podrían, al fin, ser felices el tiempo que el destino les concediera?

¿O descubriría que ese futuro que soñaba había existido solo en su cabeza?

Custo estaba dispuesto a todo. Sacrificaría su libertad si eso le daba un solo día a su lado. Si perderlo todo era el precio para ganarla a ella, no se sentía como un perdedor. Estaba listo para vivir bajo las reglas del destino, esta y mil vidas más, con tal de que le permitiera despertar junto a su primer y único amor hasta el último de sus días.

Pero... si no.

Si ella no lo amaba... si sus ojos se apartaban de los suyos... si su voz se volvía fría al pronunciar su nombre... No estaba preparado para escucharlo. No todavía. Ese era el verdadero motivo por el que no había emprendido el viaje de regreso: necesitaba saber qué haría si ella lo rechazaba. Después de todo, para ella había pasado el mismo tiempo. Y el tiempo, lo sabía mejor que nadie, puede transformar hasta el amor más puro en algo irreconocible.

Ahora debía concentrarse en las cartas. Tras meses de investigar, había hecho una lista de reinos donde sus padres podrían estar, guiándose por el idioma y el papel usado en los mensajes. Pero uno a uno, esos nombres eran tachados; las respuestas nunca llegaban.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido el ritual cuando, se presentó ante el rey de aquel reino. Un hombre tan serio y envejecido como los demás monarcas con los que había tratado. Cuando Custo entró en la sala, todos cayeron de rodillas en reverencia... incluso el mismísimo rey.

—Su divinidad... ¿a qué debemos este honor? —preguntó el hombre, recuperando la postura en su trono.

—Es un magnífico reino, su alteza, ¿pero me pregunto han visto alguna vez a Aysel Moon o a Ethan Sun? —su voz fue respetuosa, pero en su interior latía una ansiedad que no dejaba respirar.

—Desconozco a las personas que menciona, Dios del Tiempo —respondió el monarca, inclinando la cabeza—. Lamento no poder ayudarle, pero puedo ofrecerle comida y lujo.

Con una señal, sus tres hijas se acercaron. Eran princesas de belleza refinada, portando bandejas con manjares y reverencias en sus gestos.

Custo dejó caer los hombros.

—Aprecio el gesto, pero debo seguir mi camino —agradeció con una leve inclinación.

—¿Está usted seguro? —insistió el rey—. Sería un honor que descansara aquí. Y... ¿quién sabe? Tal vez podría simpatizar con mis hijas. Son mi mayor tesoro... y ninguna ha sido prometida aún.

Custo sonrió con diplomacia, pero sus palabras fueron afiladas.

—Se nota que son jóvenes de primera, alteza, pero hoy hay un dolor que me oprime el pecho. No me permitiría desposar ni a una diosa... aunque su belleza igualara la de sus hijas —mintió, antes de dar media vuelta.

El rey lo vio marcharse, convencido de que había rechazado por nobleza, y no por falta de interés.

No había sido la peor interacción con la realeza. Aún le pesaba el recuerdo de un monarca que, sin pudor, le ofreció reinos y riquezas si permitía que su estirpe divina quedara en su linaje, lanzando a su propia hija como moneda de cambio. Custo no sintió más que repugnancia.

En realidad, la repugnancia era todo lo que sentía últimamente.

Harto de los juegos de poder, en el siguiente reino decidió presentarse sin el anonimato de su capa de viaje. Apareció en plena calle, un dios en todo su esplendor. Era imposible confundirlo: había en su presencia una luz extraña, quizá en el reflejo de sus ojos peculiares, quizá en la perfección severa de su rostro o en la extrañeza de sus ropas. Sea lo que fuera, todos lo notaban.

Los presentes en aquella calle comercial se detuvieron, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso. Primero fueron unas miradas curiosas, luego murmullos, y pronto los pasos comenzaron a acercarse.

—Aquí me hallo —anunció, alzando la voz con la solemnidad de quien no necesita gritar para ser escuchado—. Custo Tempes, el Dios del Tiempo. Estaría agradecido con cualquiera que pueda darme información sobre Aysel Moon y Ethan Sun.

El murmullo creció, como una ola que se rompe contra las piedras. Sus ojos —agudos, entrenados para leer gestos más que palabras— detectaron el cuchicheo nervioso de un par de niños en una esquina. Sin embargo, no tuvo oportunidad de acercarse de inmediato: la multitud empezó a cerrarse a su alrededor.

Algunos lo miraban con el hambre de quien ve una promesa de milagros; otros extendían las manos con la esperanza absurda de que, al rozar su piel, algo divino se impregnara en la suya. Varios comenzaron a jurar que conocían a los mencionados, pero Custo ya había aprendido a detectar la mentira antes de que se formara en los labios.

Con un suspiro cansado, decidió ahorrarse el teatro. Un destello de luz dorada y, en un parpadeo, su figura se desvaneció para reaparecer detrás de los niños. Los espectadores quedaron boquiabiertos; algunos retrocedieron, otros se inclinaron con reverencia, y un par de ellos simplemente murmuraron plegarias.




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