Viajes Sin Destino

Capítulo 5: Custo Tempes

Ambos jóvenes se vistieron con rapidez y, pocos minutos después, salieron al encuentro del batallón.

El trayecto hasta el castillo fue silencioso. Los escoltaron en un carruaje cerrado, flanqueado por jinetes, como si fueran ovejas cuidadosamente guiadas hacia el matadero. Custo observaba el paisaje por la ventanilla, reconociendo calles, torres y murallas que parecían más grises bajo la luz del amanecer.

Una vez dentro del castillo, los condujeron por pasillos interminables y excesivamente ornamentados, diseñados más para impresionar que para ser útiles. El eco de sus pasos se perdía entre columnas de mármol y vitrales opacos hasta que, finalmente, llegaron a un gran salón.

Estandartes del reino cubrían las paredes. Una alfombra roja se extendía desde la entrada hasta el trono.

Y allí estaba el rey.

Era un hombre que, sin duda, había conocido días mejores. Su cabello canoso caía ralo sobre su cabeza, las mejillas hundidas delataban una pérdida severa de peso, y su cuerpo se encorvaba como si incluso el aire que respiraba fuese una carga excesiva. Una mano se aferraba al costado con evidente dolor.

—Eres escurridizo como una rata, Koen —escupió el rey, cada palabra acompañada por una respiración áspera.

—Aprendí del mejor —murmuró Koen, sin rastro alguno de respeto.

El rey entrecerró los ojos, pero no respondió de inmediato.

—Me han contado sobre tus travesuras en el reino vecino... junto al joven Tempes —continuó, girando apenas el rostro hacia Custo—. Es un honor, señor Tempes.

Hizo una leve inclinación de cabeza, interrumpida por una mueca de dolor mientras volvía a presionar su costado.

—No sabrás dónde se encuentra la princesa, ¿verdad?

—En absoluto —negó Koen, con una convicción impecable.

El rey dejó escapar una breve risa cargada de nostalgia.

—Mientes tan mal como tu madre.

—Es sorprendente que, en tu estado, aún la recuerdes —respondió Koen con frialdad.

El rey lo observó largamente antes de hablar de nuevo.

—Siempre me he preocupado por tu madre... y por ti —afirmó con una firmeza que contrastaba con su cuerpo debilitado.

Koen tensó la mandíbula.

—Solo porque tu verdadera esposa no pudo darte ningún hijo —replicó, el rencor asomando detrás del tono irónico.

Por un instante, el silencio se volvió pesado.

—Bastardo o no —dijo el rey finalmente, alzando la voz con una autoridad que no parecía corresponderle—, eres el heredero de este reino.

Koen alzó la vista, sorprendido pese a sí mismo.

—Podría haber puesto a cualquier otro familiar en tu lugar, pero no es lo que deseo. Cuando yo muera, este reino quedará en tus manos. Ya me he encargado de ello.

El rey alzó la mirada hacia el techo del salón, como si pudiera ver más allá de la piedra.

—Y no creo que falte mucho —añadió con un dejo de alivio—. Si Angelia se apiada de mí, pronto terminará este sufrimiento.

El peso de esas palabras quedó suspendido en el aire, pesado e ineludible.

—No me interesa ser rey —aclaró Koen con brusquedad.

Su tono tenía algo infantil, una frustración mal contenida, como la de un niño que patea el suelo porque no sabe cómo escapar de lo inevitable. Bajó la mirada apenas un segundo, los puños apretados a los costados.

El rey lo observó con una mezcla de cansancio y paciencia antigua.

—¿Estás seguro? —preguntó—. Porque si fueras rey, podrías casarte con Alora Sun de manera honorable. No tendría que cortar lazos con todos sus conocidos ni vivir escondida en una choza, en un terreno embarrado, a las afueras del reino.

Koen levantó la vista de golpe.

La sorpresa fue inmediata. No por la propuesta en sí, sino por la precisión. El rey sabía demasiado. Mucho más de lo que Koen había supuesto. Durante unos segundos no dijo nada, como si cada respuesta posible fuese peligrosa.

El rey aprovechó ese silencio.

—¿Sabes qué debes hacer para que eso suceda?

Koen tragó saliva.

—¿Qué? —preguntó finalmente, con cautela.

—Estar vivo.

La frase cayó como una sentencia.

—Sin ofender, señor Tempes —añadió el rey, girando apenas el rostro hacia Custo—, pero tu amigo es un dios, Koen. Y los mortales no deben interferir en los asuntos divinos.

Koen frunció el ceño, pero no lo interrumpió.

—No sé exactamente por qué están buscando a Ethan Sun y a Aysel Moon —continuó el rey—, pero sí sé esto: Dei Virtute les está tendiendo una trampa.

El nombre pareció oscurecer el aire del salón.

—Se lo ha visto recientemente —prosiguió— acompañado por una bruja, camino a las montañas. Y nada bueno puede esperarse de Dei Virtute.

Escupió el nombre con desprecio, como si pronunciarlo le dejara un sabor amargo en la boca. Antes de poder decir algo más, una tos violenta le sacudió el pecho, robándole el aliento. Se inclinó hacia adelante, aferrándose al brazo del trono mientras su respiración se volvía irregular.

Cuando por fin logró recuperarse, alzó la vista hacia Koen.

—Sé que eres testarudo, igual que tu madre —dijo con voz más baja, pero firme—. Y sé que harás lo que creas correcto.

Lo miró con una seriedad casi paternal.

—Pero ten cuidado. Esto es mucho más grande que tú.

Koen asintió lentamente. No prometió nada. No lo negó. Simplemente aceptó el peso de las palabras.

La reunión terminó de forma abrupta cuando un nuevo ataque de tos, aún más severo, doblegó al rey. Un médico corrió hacia el trono mientras los guardias se tensaban, y el salón volvió a llenarse de murmullos inquietos.

Koen dio un paso atrás.

Sabía que, le gustara o no, ya estaba dentro de algo que no podía ignorar.

Al salir del castillo, ambos jóvenes perdieron a su escolta real casi de inmediato. Nadie los siguió más allá de los muros. Como si, una vez afuera, ya no fueran asunto del reino.

Se cubrieron con las capuchas y caminaron por las calles empedradas, mezclándose con la gente común. El murmullo de la ciudad los envolvía mientras avanzaban, pero sus pensamientos estaban lejos de allí, concentrados únicamente en lo que vendría.




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