Viajes Sin Destino

Capítulo 6: Custo Tempes

Parte II

El ascenso hacia la montaña no se demoró.

Apenas recuperadas las fuerzas, los tres emprendieron el camino sin intercambiar demasiadas palabras. Las heridas habían sanado, sí, pero algo más persistía abierto: la necesidad de respuestas que ardía en el pecho de Custo con más intensidad que cualquier corte.

Cada revelación que Circle y Koen habían compartido lo había dejado más inquieto que el anterior. Sus palabras no lo aliviaban; lo empujaban hacia algo inevitable.

La montaña los recibió con un frío implacable.

Por momentos el sendero era generoso: tramos relativamente estables donde podían avanzar con rapidez, casi en silencio. Pero de pronto el terreno se quebraba en formaciones irregulares, rocas sueltas y desniveles abruptos que exigían concentración absoluta. Aun así, se las arreglaban bien.

La agilidad de Koen era evidente. Se movía con precisión, como si hubiera escalado montañas toda su vida. Pero lo que sorprendía era Circle. Ligera, firme, segura. Custo había temido que alguno de ellos lo retrasara; pronto comprendió que no sería así.

El terreno, sin embargo, era demasiado inestable como para permitirle usar su poder con libertad. Teletransportarse a gran distancia sería imprudente. No conocía con exactitud el punto al que debía llegar, y en aquella montaña un error podía significar aparecer dentro de roca sólida o al borde de un abismo.

Y si todo era una trampa...

La idea se repetía con insistencia en su mente.

Todo apuntaba a ello.

Pero al menos no estaría solo.

Koen llevaba el arco robado colgado del antebrazo. El carcaj descansaba firme contra su espalda. Le había comentado a Custo, con una sonrisa casi despreocupada, que solía ser un buen tirador.

Sin embargo, no había disparado ni una sola flecha desde que perdió el dedo.

Custo lo había notado.

Y Koen también.

A medida que ascendían, los nervios de Custo crecían. Una sensación incómoda comenzó a instalarse en su interior: la posibilidad de haber evitado su destino durante demasiado tiempo. ¿Y si todo aquello no era más que el punto al que siempre debió llegar? ¿Y si había estado escondiéndose?

El viento sopló con mayor fuerza cuando alcanzaron un sector cubierto por niebla.

Entonces la vieron.

Una silueta femenina recortada contra la bruma, inmóvil, esperando.

Koen reaccionó de inmediato. Tomó el arco con cautela, extrajo una flecha y tensó la cuerda con el gesto firme de quien confía en su instinto más que en su cuerpo. La niebla dificultaba distinguir detalles, pero algo era evidente.

Alas.

Cuernos.

Un demonio, sin lugar a dudas.

La figura se giró lentamente hacia ellos.

Y, pese a la distancia, Custo pudo distinguir su rostro.

El reconocimiento fue inmediato.

Y devastador.

La mujer sonrió al verlo.

No fue una sonrisa cautelosa ni estratégica. Fue genuina. Cálida. Familiar.

Custo no lo dudó.

La energía vibró en el aire con ese sonido agudo que precedía a su poder, y en el siguiente instante ya no estaba junto a sus compañeros. Apareció frente a ella, reduciendo la distancia a nada, y la abrazó con una emoción que no intentó disimular.

—¡Daemina! —exclamó el joven dios, con una alegría que hacía tiempo no se permitía sentir.

Las grandes alas de murciélago se plegaron apenas para rodearlo. Sus cuernos se curvaban con elegancia sobre su cabeza, y su presencia imponía respeto... pero para Custo seguía siendo una hermana.

Una de las suyas.

Se habían criado juntos, especialmente durante los últimos años de su infancia, cuando el mundo todavía no estaba lleno de traiciones, guerras y destinos inevitables.

—Custo... qué joven eres —dijo ella con una mezcla de asombro y ternura.

Aunque no aparentaba mucha más edad que él, en su mirada había siglos de experiencia. O quizá solo demasiado dolor.

Custo se separó lo suficiente para mirarla bien.

—¿Qué haces aquí? No esperaba verte —preguntó, aún con la emoción vibrándole en la voz.

Koen y Circle terminaron de ascender el tramo que los separaba y se acercaron al punto de encuentro, observando con cautela a la figura alada.

Daemina no apartó la mirada de Custo cuando respondió.

—Estoy aquí para acabar de una vez con Dei —murmuró.

El rencor endureció sus facciones.

—Debo hacerlo... si quiero que mi esposo y mis hijos estén en paz.

Custo parpadeó.

Esposo.

Hijos.

La revelación lo golpeó más de lo que esperaba. Su hermana tenía una vida. Una familia. Algo que proteger más allá de antiguas lealtades.

Pero no dijo nada.

Viajar en el tiempo implicaba aceptar que el mundo avanzaba sin pedir permiso.

—¿Dei está aquí? —preguntó finalmente.

—Eso creo —respondió Daemina—. Lo he estado rastreando. Preguntando por él. Y todo me conduce a esta montaña.

Su mirada se desvió hacia una abertura en la roca, completamente sellada por piedras apiladas con precisión antinatural.

—Circle... cuánto tiempo sin verte —saludó entonces, con un tono más suave.

—Daemina —respondió la joven bruja con una sonrisa leve, aunque sus ojos analizaban la entrada bloqueada.

Circle se acercó a las piedras. Las tocó con cautela. Estaban tan firmemente encajadas que parecían parte original de la pared.

No era un simple derrumbe.

Era un cierre deliberado.

La bruja frunció el ceño, debatiéndose internamente entre usar magia o intentar desplazarlas por fuerza bruta. Pero algo en la estructura le decía que ninguna de las dos opciones sería sencilla.

Koen, entretanto, observó el entorno.

—Tiene que haber otra entrada —murmuró, y sin esperar aprobación comenzó a ascender por el sendero.

Custo lo siguió, aunque no del todo convencido. Cada minuto que pasaba sentía que el tiempo se deslizaba entre sus dedos. Como arena en un reloj.

—Escucho agua —comentó Koen mientras avanzaba—. Pero no la veo. Debe correr por dentro de la montaña.




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