Viajes Sin Destino

Capítulo 7: Custo Tempes

Epilogo.

—No tengo palabras para agradecerte —dijo Koen.

Su voz sonaba firme, viva. Tan vital como el día en que Custo lo había conocido, como si la muerte no hubiese rozado su pecho horas antes.

Circle restó importancia con un gesto leve.

—Tú me salvaste sin dudarlo. Era lo menos que podía hacer.

Pero sus ojos decían otra cosa. Sabía que no había sido "lo menos". Había forzado futuros. Había desafiado líneas que no debían tocarse.

Koen negó con la cabeza, emocionado.

—Nunca lo olvidaré. Prométeme que no desaparecerás como hacen todas las brujas. Prométeme que seguiremos en contacto. ¿Lo prometes?

La ilusión en su mirada era limpia, casi infantil. Contagiosa.

Circle sonrió, ladeando el rostro.

—Claro que lo prometo. Estaremos en contacto. Aunque podría ser complicado si sigues escondiéndote como acostumbras.

—No más escondites. No más misiones de dioses —declaró él con renovada determinación mientras se colocaba la capa de viaje—. Volveré a mi reino y aceptaré la propuesta de mi padre. No tengo tiempo que perder. Voy a casarme con mi amada.

Lo dijo con entusiasmo sincero. Con esa seguridad que solo tienen quienes aún creen que el futuro les pertenece.

—Te deseo mucha suerte —respondió Circle, y esta vez no había burla en su tono.

Koen giró entonces hacia Custo y exageró una reverencia.

—Espero volver a verlo, mi dios —añadió con tono meloso, disfrutando la ironía.

Custo rodó los ojos con una sonrisa leve.

—Volveré para verte en el futuro —prometió antes de abrazarlo con fuerza.

Fue un abrazo largo. De esos que se dan cuando uno no sabe si habrá otro.

El futuro rey se alejó por el sendero sin mirar atrás.

Circle y Custo permanecieron en silencio, observando su figura volverse cada vez más pequeña entre la neblina de la montaña.

—¿Sabes? —dijo ella de pronto, con inesperada seriedad—. Algún día conseguiré a mi propio Smyth.

Custo la miró de reojo.

—Ahora lo entiendo. Una vez me dijiste que tendría a mi propio Smyth.

Rió con una nostalgia suave, como una niña a la que le prometen un pony sabiendo que quizá nunca llegue, pero disfrutando la idea.

A Custo se le escapó una sonrisa débil.

Pero se marchitó rápido.

Circle lo notó.

Apoyó su mano en el hombro del joven dios.

—Simplemente no era tu destino conocerlos —afirmó con tristeza.

Custo mantuvo la mirada fija en el horizonte vacío.

—Lo sé... pero se veían tan jóvenes. Apenas niños. Más jóvenes que yo incluso.

Su voz se quebró apenas.

—El destino es... injusto.

Circle asintió despacio.

—Lo hace para castigarte —dijo con una convicción inquietante—. Porque te tiene miedo.

Custo la miró.

—Eres un jugador —continuó ella—, mientras los demás somos títeres.

El viento pasó entre ellos, frío.

—¿Un jugador puede ganarle al dueño del juego? —preguntó Custo, sosteniendo su mirada.

No era una pregunta ingenua.

Era un desafío.

Y en los ojos rosados de Circle, por un instante, pareció reflejarse un tablero demasiado grande para ambos.




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