Viajes Sin Destino

Capítulo 8: Aysel Moon

Aysel Moon

¿Cuándo?

A veces somos demasiado jóvenes para comprender las decisiones del mundo que nos rodea.

Entonces intentamos explicarlo todo. Justificarlo.

Las miradas.

Los murmullos.

Cada gesto incómodo, cada mueca apenas disimulada.

Porque es más fácil creer que hay una razón lógica... que aceptar el rechazo.

Es más fácil vivir dentro de nuestra propia mente que enfrentarnos a lo que hay fuera.

Al nacer, siempre creí que era una persona normal.

Supongo que todos los niños lo creen.

Pero mi madre y mi abuela me miraban de una forma distinta.

No como se mira a una hija... sino como se observa a la última esperanza.

Como si yo fuese un milagro.

Un regalo del cielo.

Y durante mucho tiempo pensé que así se sentían todos los bebés.

No tardé en darme cuenta de que algo no encajaba.

Vivíamos en el reino como cualquier otra familia... pero nadie venía a visitarnos.

Nunca.

Y yo sabía que eso no era normal.

La vecina siempre recibía gente. Reían, compartían, abrían la puerta sin miedo.

Nosotras no.

Mamá mantenía las cortinas cerradas durante el día.

Siempre decía que era por los vecinos indiscretos.

Yo le creía.

Hasta que entendí que no era por ellos.

Era por mí.

El sol ardía sobre mi piel.

No era una simple molestia.

Era dolor.

La piel se me enrojecía, picaba, se marcaba como si estuviera siendo castigada por algo que no comprendía.

Como si me estuviera quemando viva.

No sé si así se siente el fuego.

Nunca me he quemado.

Pero si se parece aunque sea un poco... entonces el sol siempre fue mi enemigo.

Por eso encontré refugio en la noche.

Había algo en ella... en su silencio, en su frescura, en la ausencia del sol... que la volvía, de alguna manera, nostálgicamente hermosa.

Romántica, incluso.

Era el único momento en el que mi cuerpo no dolía.

Corría al borde del bosque cuando el sol caía, sintiendo por primera vez que pertenecía a algún lugar.

Los vecinos no opinaban lo mismo.

Me echaban de sus patios.

Algunos cerraban las puertas al verme.

Otros... rezaban.

Rezaban.

En ese entonces no lo entendía.

No entendía qué había hecho mal.

No entendía por qué me miraban como si fuera algo que debía ser expulsado... o purificado.

Ahora sé que era por mi aspecto.

Por lo que soy.

Pero en aquel momento solo había una pregunta repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez:

¿Así funcionaba el mundo?

Supongo que así funciona el mundo cuando naces en una familia marginada... y además eres una niña extraña.

Mi cabello siempre fue blanco como la nieve.

Igual que el de mi madre y el de mi abuela.

Y mis ojos...

Un gris tan claro que muchos dudaban si realmente podía ver.

Algunos susurraban que estaba ciega.

Otros... que veía demasiado.

Hasta cierto punto, la vida no había sido más cruel conmigo que con cualquier otro pobre.

Eso era lo que yo creía.

Porque cuando no conoces algo distinto, incluso la injusticia puede parecer normal.

Hasta que llegó el peor día de toda mi vida.

Las tensiones llevaban meses creciendo.

Entre los "favoritos", los "bendecidos", los "fuertes". Así se hacían llamar o más bien, así llamaban a cualquiera que no fuera como ellos.

Al principio, según contaba mi abuela, no existían esas diferencias. La gente simplemente aceptaba que algunos nacían con habilidades especiales. Nada más.

No había jerarquías. No había odio. Solo... diversidad.

Pero eso cambió.

La descendencia de Virindia Homiterra decidió que aquello era injusto.

Que vivir bajo las "reglas" de los fuertes era opresivo.

Que quienes poseían dones eran egoístas por el simple hecho de existir.

Y entonces dejaron de llamarlos "bendecidos". Pasaron a ser... "Los otros".

Y con una sola palabra... rompieron el mundo en dos.

De un lado, los humanos. Del otro, los "otros".

Nunca llegué a conocer la sociedad de la que hablaba mi abuela, ese mundo en el que todos eran simplemente personas.

Sin etiquetas.

Sin miedo.

Sin división.

Un mundo donde no existían "ellos" y "nosotros", un mundo donde yo... quizás habría sido normal.

Las agresiones no comenzaron con sangre, comenzaron con palabras, comentarios al pasar, susurros cargados de desprecio, risas ahogadas que dejaban de ser discretas con el tiempo. Sobre "los Otros".

Pero las palabras nunca se quedan en eso y siempre piden más.

Sin que nadie lo decretara oficialmente, los reinos empezaron a dividirse.

Había zonas para humanos.

Y zonas... para los Otros.

Barrios separados.

Mercados distintos.

Miradas que evitaban cruzarse.

Y cuando lo hacían...ya no había vuelta atrás.

Las agresiones no tardaron en llegar.

Mi abuela decía que todo empezó con los humanos.

Contra los ángeles.

Contra las brujas.

La quema de brujas se volvió casi... una costumbre.

Un espectáculo.

Desde que un dios —o alguien que decía serlo— comenzó a fomentarlo.

Y entonces, el miedo cambió de forma, las brujas y los ángeles dejaron de esconderse y comenzaron a negociar con demonios y solitarios.

Protección a cambio de poder, pociones y riquezas.

Alianzas que antes habrían sido impensables.

Y así... la convivencia dejó de ser frágil y se volvió imposible.

El mundo se convirtió en un baño de sangre.

Durante los días previos al final, mi madre y mi abuela estaban inquietas, hablaban en voz baja. Se miraban demasiado.

Como si supieran algo que yo no, pero yo no entendía, para mí, el mundo siempre había sido así.

Roto y dividido.

No conocía otra cosa.

Hasta esa madrugada.

Recuerdo las voces.




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