Viajes Sin Destino

Capítulo 9: Aysel Moon

Dejé las cartas a tu lado, como si las palabras pudieran acompañarte cuando yo ya no estuviera. Marqué el tiempo tan atrás como el reloj me lo permitió, aferrándome a cada segundo como si pudiera detener lo inevitable. Pero el instante llegó igual. Un chispazo, breve, cegador... y en ese mismo momento lo había perdido casi todo.

Lo que vino después fue... lento.

Demasiado lento.

Triste de una forma que no sabía nombrar.

Ethan fue fuerte. Silencioso. Se mantuvo en pie cuando yo apenas podía sostenerme, pero su silencio... su silencio era lo peor de todo. Nos sentábamos durante horas sin decir una sola palabra, como si hablar fuese a romper algo todavía más profundo. Esperábamos. Sin saber exactamente qué. Sin saber si había algo que esperar.

El tiempo pasaba sin importar nada. Día o noche, comida o hambre, sueño o agotamiento... todo se volvió irrelevante. Solo existía ese vacío.

Hasta que dejamos de ser nosotros.

Y nos convertimos en simples restos de lo que alguna vez fuimos.

Fue entonces cuando apareció ella.

Se notaba a simple vista que era una bruja. No intentó ocultarlo. Había algo en su presencia, en la forma en que se movía, en cómo el aire parecía responder a su alrededor. Se presentó como Kristal, con una calma que contrastaba con todo lo que llevábamos dentro, y dijo saber el motivo de nuestra tristeza.

Dijo... que podía ayudarnos.

Desconfiamos.

¿Cómo no hacerlo?

Ir al pasado era imposible. Recuperarte... imposible.

Pero su propuesta era distinta.

Nos habló de una fuente.

Un lugar antiguo, perteneciente a las brujas, capaz de mostrar el pasado... y también el futuro.

No podía llevarnos hasta ti.

Pero podía mostrarnos.

Podríamos verte.

Saber si estabas bien.

Si alguien te cuidaba.

Si tenías hambre... o frío.

Y en ese instante, por primera vez desde que te fuiste... la esperanza dolió más que la ausencia.

Ese mismo día emprendimos el camino hacia aquel lugar. No hubo dudas, no hubo pausas. La necesidad de verte era más fuerte que cualquier miedo, más urgente que cualquier lógica. Caminamos durante horas hasta llegar a la montaña, y luego más aún, hasta encontrar la entrada de la caverna. El trayecto era largo, agotador, pero no nos detuvimos ni una sola vez.

La caverna... era inquietante. Una niebla densa cubría el suelo, elevándose hasta casi un metro de altura, como si quisiera ocultar algo, como si protegiera un secreto demasiado grande. El aire era pesado, húmedo, difícil de respirar. Kristal no dijo nada; simplemente alzó la mano y señaló hacia el interior, donde una fuente apenas visible se escondía entre la bruma.

Ethan me miró con desconfianza. Yo sentía lo mismo. Todo en ese lugar gritaba advertencia... pero aun así avancé. Paso a paso, con el corazón latiendo demasiado fuerte, con la duda clavada en el pecho. Cuando finalmente me incliné sobre el agua...

te vi.

Eras mayor.

No mucho pero más de lo que recordaba.

Y estabas bien.

Corrías por el bosque con una energía que me robó el aliento. Te veías fuerte, sano... cuidado. Pero, sobre todo, te veías feliz. Una felicidad real, luminosa, de esas que no se pueden fingir. Por un instante, todo el dolor desapareció. Todo había valido la pena.

Una lágrima rodó por mi mejilla antes de que pudiera detenerla. Cayó en el agua, y al tocar la superficie, tu imagen comenzó a desdibujarse lentamente, como si el tiempo mismo decidiera ocultarte de nuevo.

Entonces lo escuché.

Un sonido seco, profundo.

Inconfundible.

El sonido del tiempo.

Mi cuerpo se tensó, y antes siquiera de poder girarme para entender qué estaba ocurriendo, el dolor explotó en mi espalda. Una daga. Fría. Precisa. Mortal.

Ethan cayó conmigo.

Todo ocurrió en un instante.

Una muerte casi inmediata.

Casi.

Porque hubo unos segundos... que se sintieron eternos.

El aire se volvió pesado, imposible de sostener. El mundo parecía alejarse, disolverse, pero no obstante... lo sentí. La mano de Ethan encontró mi muñeca por puro instinto, aferrándose a mí con una fuerza que desafiaba incluso a la muerte.

Y yo lo sostuve de vuelta.

Aferrándonos... a lo único que jamás podrían arrebatarnos.

El uno al otro.

Escuché su risa.

Una risa que no pertenecía a la paz que había sentido segundos antes, una risa que rompía todo, que lo contaminaba todo... y, aun así, por un instante creí ver algo más. Apenas un destello, captado por el rabillo del ojo: un cabello negro como el azabache, una figura más alta de lo que debería ser... más grande de lo que recordaba.

Te vi.

Custo Tempes.

Y entonces entendí.

La oscuridad que vino después no logró arrebatarme esa imagen. No pudo ensuciarla, no pudo romperla. Porque en ese último momento... fui feliz.

Una felicidad absoluta.

Tranquila.

Podía morir en paz.

Porque te había visto.

Sin embargo... siento que siempre te deberé una disculpa.

Por haberte traído a este mundo.

Por haberte condenado a una vida que nunca elegiste, a cargar con un peso que ningún ser debería soportar. La esperanza de todo un universo... depositada sobre tus hombros, antes siquiera de que pudieras comprender qué significaba existir.

Por haber confiado en una bruja, incluso sabiendo que algo no estaba bien. Por haber dejado que la desesperación guiara mis decisiones cuando lo único que debía hacer... era protegerte.

Me pregunto si, de haber esperado un poco más... habría podido abrazarte una última vez.

Pero sé que no.

No somos libres.

Nunca lo fuimos.

Somos piezas.

Víctimas del tiempo... de los dioses... de los mismos astros que parecían bendecirnos.

Quizás cumplí mi propósito en el momento en que te tuve. Quizás, desde ese instante, dejé de ser necesaria para ellos.

A pesar de que fue la misión más hermosa que podría haber tenido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.