Epilogo
No...
La luz regresó de golpe, invadiendo mis ojos como una intrusión violenta. Todo era demasiado brillante, demasiado real. A mi alrededor había personas... muchas personas. Rostros borrosos al principio, luego cada vez más definidos, todos cargados de preocupación, de tensión, de algo que no lograba comprender.
No...
—¡Ethan! —grité con todas mis fuerzas, la voz quebrándose en histeria—. ¡Custo!
Pero no estaban.
No importaba hacia dónde mirara.
No estaban.
Nada tenía sentido.
El mundo que me rodeaba era desconocido, ajeno, como si hubiese despertado en una vida que no me pertenecía. Los rostros... ninguno era familiar. Ni uno solo. El aire se sentía distinto, más pesado, como si algo invisible me oprimiera el pecho.
Entonces alguien me sostuvo.
Un hombre.
Tomó mi rostro entre sus manos con una suavidad que contrastaba con el caos que sentía por dentro, y me atrajo contra él en un intento de calmarme, como si pudiera devolverme a la realidad.
—Estarás bien —murmuró, con una voz baja, contenida—. Pensamos que habías muerto.
¿Muerto?
¿Quién demonios era esa persona?
¿Por qué me hablaba como si me conociera?
Mi respiración era irregular, desesperada, mientras mis ojos recorrían una y otra vez a la multitud que me rodeaba, buscando... algo. A alguien. Una respuesta.
Y entonces lo vi.
Un hombre, entre todos los demás.
No se movía como los otros. No mostraba la misma preocupación. Solo me observaba.
Fijamente.
Llevó un dedo a sus labios.
Silencio.
Y luego, con una precisión inquietante, articuló una única palabra sin emitir sonido.
"Aysel."
La Fuente de las Almas
En lo profundo de una caverna olvidada, oculta entre piedra, niebla y silencio, existe un estanque del que pocos se atreven a hablar sin bajar la voz: la Fuente de las Almas.
Se dice que no es un simple cuerpo de agua, sino un umbral.
Un pacto.
Una condena.
Cuando el cadáver de una persona cae en sus aguas, su alma no encuentra descanso. No hay paz, no hay final. En su lugar, queda atada a un ciclo interminable, obligada a regresar una y otra vez al mundo de los vivos.
Renace.
Recuerda.
Pero no es un castigo sin propósito.
La fuente no actúa al azar.
Aquellos que son reclamados por sus aguas tienen un destino incompleto, una misión que aún no ha sido cumplida. Algo en el tejido del mundo exige su existencia, y hasta que ese propósito no se concrete... no se les permitirá descansar.
Las almas marcadas por la fuente se encuentran entre sí.
Una y otra vez.
En distintas vidas, en distintos tiempos, en distintas formas... pero siempre destinadas a cruzarse. Como si una fuerza invisible las empujara a reunirse, a resolver lo que quedó pendiente.
Hasta que todo esté en orden.
Y solo entonces...
cuando el destino haya sido satisfecho,
la fuente finalmente las dejará ir.