Vínculos del Alma

Capítulo 6: El Jardín de los Recuerdos

El aire era denso y fragante cuando Aina y Elián emergieron de la bruma, tomando sus primeros pasos hacia un lugar que parecía resonar con ecos del pasado. La luz del sol había hecho su aparición, filtrándose a través de un dosel de hojas verdes brillantes, iluminando un sendero que se extendía ante ellos. A medida que avanzaban, un susurro suave y melodioso parecía llamarles, como si la propia tierra les invitara a entrar en un mundo donde el tiempo no tenía dominio.

“Aquí estamos”, anunció Elián, su voz impregnada de reverencia. Lo que había ante sus ojos era un jardín impresionante, un refugio que parecía sacado de un cuento de hadas. Aina se sintió cautivada; era como si estuvieran dentro de un cuadro, donde la realidad se había fusionado con los sueños.

Flores de colores vibrantes brotaban entre arbustos enredados, cada pétalo brillando con matices que iban del fucsia intenso al azul celeste. Las mariposas danzaban entre las flores, sus alas como fragmentos de cristal en un baile eterno. El murmullo de un pequeño arroyo resonaba al fondo, pintando un escenario de calma y belleza que contrastaba con las sombras que habían enfrentado en su camino.

“¿Qué es este lugar?”, preguntó Aina, con los ojos desbordantes de asombro. “Nunca he visto nada igual.”

“Este es el Jardín de los Recuerdos”, explicó Elián, su mirada fija al horizonte. “Se dice que quienes entran aquí pueden revivir los momentos más significativos de sus vidas. Es un lugar seguro, donde los recuerdos son guardianes de la sabiduría y la verdad.”

Mientras Aina absorbía las palabras de Elián, sintió una leve brisa acariciar su piel. Era como si el jardín mismo la estuviese reconociendo, conectando con su esencia. Sin pensarlo, dio un paso adelante, dejando que su instinto la guiara.

El jardín palpitaba con magia, y cada paso que daba revelaba fragmentos de su vida. En un rincón, cerca de un viejo roble, vio a su niña interior correr entre las flores, riendo mientras jugaba con su sombra. Entonces, otra imagen se hizo presente: un día de verano en el jardín de su hogar, su madre sujetando su mano, guiándola con amor y ternura.

Las imágenes traspasaron la frontera del tiempo. Sentía la calidez del sol en su piel, el pasto fresco bajo sus pies. “¿Qué significa esto, Elián?”, preguntó, luchando por comprender lo que estaba experimentando. “¿Por qué veo estos recuerdos?”

“Es el jardín el que elige mostrarte lo que necesitas recordar”, dijo él, acercándose a su lado. “Cada recuerdo tiene su propio poder. Algunos son bonitos, otros dolorosos, pero todos forman parte de ti. Este es un espacio para entender quién eres realmente.”

Mientras Aina absorbía sus palabras, el aire empezó a vibrar nuevamente, distorsionando los bordes de su realidad. La imagen de su madre se desvaneció y en su lugar apareció la de una mujer en la bruma, su rostro envuelto en sombras, pero sus ojos destilaban una tristeza profunda.

“¿Quién es ella?”, preguntó Aina, sintiendo la angustia apoderarse de su corazón.

“Recuerdos que has olvidado, fragmentos que han cruzado el tiempo”, respondió Elián con una seriedad inquebrantable. “Quizás sea una parte de ti que necesitas comprender. Te toca decidir qué hacer con lo que ves.”

“Quiero saber”, dijo Aina con un fuego renovado en su interior. “Quiero enfrentar lo que he dejado atrás.”

Las imágenes comenzaron a girar, arremolinándose a su alrededor hasta que se estabilizaron. Se encontró de pie frente a un espejo resplandeciente, reflejando una versión de ella misma que llevaba la añoranza y la esperanza en la mirada.

“Enfréntate a tus recuerdos,” susurró el jardín, su voz ahora clara y tranquila. “Aquí, no hay lugar para el miedo.”

Aina así lo hizo, alzando la mano hacia el espejo. La superficie brillaba intensamente, y en un instante, se vio atrapada dentro de un recuerdo particularmente vívido. Se encontraba en una habitación oscura, un lugar que le resultaba familiar y lejano. La bruma había desaparecido y había más luces, pero la atmósfera seguía siendo opresiva.

“¿Dónde estoy?”, preguntó, aunque no había nadie para responder. Al mirar detrás de ella, reconoció las paredes que había tocado de pequeña, llenas de dibujos y garabatos. Era su antiguo cuarto.

Recordó las noches en las que lloró mientras sus padres discutían. La imagen se tornó más clara, y el dolor se instaló en su pecho. Un retazo del pasado que nunca había querido enfrentar volvió a emerger, la tristeza dibujándose en su rostro.

De repente, una figura apareció en el centro de la habitación: su madre, parándose firme frente a ella, pero la tristeza en sus ojos era inconfundible. Aina sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

“¿Por qué no me dijiste lo que realmente pasaba?”, dijo la imagen de su madre, las palabras resonando como ecos de reproche. “¿Por qué no me dejaste ayudarte?”

Las lágrimas brotaron de los ojos de Aina, y la impotencia la inundó. “Lo intenté,” murmuró, luchando contra el deseo de escapar. “No quería que sufrieras más. Era un niño y no sabía cómo ayudar.”

La imagen de su madre se desvaneció, pero las palabras quedaron flotando en el aire. Aina sintió la presión del peso del pasado empujando contra su pecho. “No se terminó,” pensó, el dolor y el remordimiento abriéndose paso entre sus pensamientos. “Aún hay tiempo”.

A medida que las imágenes del pasado se desvanecían, el jardín volvió a cobrar vida. Elián la contemplaba desde la distancia, su expresión llena de preocupación, pero también de una profunda comprensión. “Aina, estos recuerdos son parte de lo que eres. No tienes que cargar con ellos sola.”

Con el corazón latiendo con fuerza, Aina sintió que el peso del jardín a su alrededor aligeraba. Era un lugar de sanación, un espacio donde podía reconocer sus verdades. Al mirar a Elián, supo que él también había enfrentado sus propios recuerdos en este jardín. “Debo soltarlo,” se dijo a sí misma.




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