El murmullo del arroyo resonaba en el aire fresco mientras Aina y Elián emergían del Jardín de los Recuerdos, sus corazones latiendo al unísono con la magia recién descubierta en su interior. A medida que se alejaban del refugio, un nuevo sentido de propósito llenaba el ambiente, como si los ecos de su viaje anterior se unieran a cada paso que daban. La luz del sol brillaba radiante, pero el aire aún contenía un matiz de inminente tormenta, prometiendo un desafío que los pondría a prueba.
“Lo que hemos aprendido no fue en vano”, reflexionó Elián, sus ojos fijos en el horizonte. “Ahora, debemos prepararnos para lo que nos aguarda. El curso de magia perdido está más cerca de lo que creemos, pero debemos actuar con rapidez.”
Aina sintió un escalofrío de emoción y ansiedad a la vez. “¿Qué nos encontraremos cuando lleguemos allí?”, preguntó, inquieta por la posibilidad de enfrentar lo desconocido una vez más.
“No lo sé con certeza”, admitió él, su tono serio. “Pero las leyendas hablan de un lugar donde las promesas son selladas; donde las almas se comprometen a entrelazarse con el destino y el poder de la magia. Es tanto un refugio como un desafío. Pero debemos estar abiertos. Tejer el destino es una responsabilidad que solo podemos asumir juntos.”
Las palabras de Elián resonaron como campanas, llenando el espacio entre ellos de energía. “¿Y si las promesas selladas no son lo que esperamos?”, inquirió Aina, la preocupación burbujeando en su pecho. “¿Qué tal si hay un precio que no estamos dispuestos a pagar?”
“Cualquier conexión tiene su costo”, dijo Elián, y la intensidad de su presencia era reconocible. “Pero lo que nos une es más fuerte que cualquier sombra que aceche. Con cada paso, me convenzo más de que nuestra conexión puede sobrevivir cualquier reto.”
Al mirar a Elián, Aina sintió una oleada de gratitud y esperanza en su interior. Había algo profundamente reconfortante en la sólida determinación que emanaba de él, un faro en un mundo de incertidumbre. “Entonces, hagamos un juramento”, propuso, su voz firme. “No importa lo que enfrentemos, prometamos que siempre nos apoyaremos, que nuestras promesas no serán solo palabras vacías.”
Elián sonrió, su mirada centelleando de emoción. “Dame tu mano”.
Tomándose de las manos, Aina sintió un flujo de energía que les unía, un hilo dorado que pulsaba entre ellos. “Prometo ser tu compañera en este camino”, dijo Aina, y cada palabra fue un eco de su compromiso. “Prometo que nunca dejaré que las sombras nos separen.”
“Y yo prometo protegerte y guiarte, Aina”, respondió Elián con sinceridad en sus ojos. “Nuestra conexión es más fuerte que cualquier desafío que enfrentemos. Juntos, sellaremos nuestro destino.”
En ese instante, una brillante luz encandiló el espacio a su alrededor, iluminando sus rostros con un brillo casi sobrenatural. El aire resonó con un canto que solo ellos podían escuchar: una melodía de promesas eternas, tejida entre la magia y el amor.
Con ese nuevo compromiso sellado, Aina sintió que el peso sobre sus hombros se aligeraba. Ya no temía lo que venía; en cambio, había una firme determinación de enfrentar lo desconocido. Caminando juntos, tomados de la mano, se aventuraron hacia el corazón del bosque, sintiendo las energías del mundo a su alrededor vibrar con las promesas recién hechas.
A medida que se adentraban en un sendero más estrecho, la bruma comienza a organizarse a su alrededor, y parecía absorber la luz del día. La calma de la naturaleza se tornó en un silencio palpable, y un sentido de expectativa comenzó a llenar el aire.
“Estamos cerca”, murmuró Elián, sus ojos brillando con el reflejo de la luz en sus corazones. “Sé que este es el camino hacia el curso perdido, donde nuestras promesas serán probadas.”
Las palabras de Elián resonaban en su mente cuando, de repente, una sombra oscura se alzó a su lado, cruzando el camino como una nube de tormenta. Aina sintió la tensión en sus músculos, alerta a cada movimiento a su alrededor. “¿Qué es eso?” murmuró, y Elián la apretó un poco más fuerte.
Al girar la mirada hacia la sombra, vieron a la figura imponente de un hombre envuelto en una capa oscura, su rostro oculto por una capucha. Una intensidad palpable emanaba de él, como un eco de antiguas luchas envueltas en un manto de misterio.
“¿Quién eres?”, demandó Elián con un tono lleno de desafío. Su presencia irradiaba protección, pero Aina podía sentir cómo la tensión crecía entre ellos.
La figura se detuvo, dejando que la bruma girara a su alrededor antes de levantar la cabeza. “Soy un guardián del curso perdido. Aquellos que buscan el poder de las promesas selladas deben enfrentarse a su pasado y presentar su valía.” Su voz resonó profunda como el trueno, llena de advertencias.
Aina sintió que el aire se tensaba a su alrededor. “¿Valía? ¿A qué te refieres?” preguntó, tratando de no dejar que el miedo la dominara.
“Las promesas nunca son gratuitas”, continuó el guardián, sin apartar la mirada. “Cada emoción, cada conexión que has forjado tiene su precio. Están aquí para descubrir el poder, y a cambio deberán enfrentarse a las sombras que han elegido ignorar.”
Elián se mantuvo firme, su mirada desafiante fija en la figura. “No tenemos miedo. Venimos a forjar nuestro destino.”
“Valientes, sí, pero la valentía no lo es todo”, el guardián respondió con un tono de admonición. “Pasen y enfréntense a lo que no pueden evitar. La conexión que tienen será puesta a prueba. Si no están listos para las consecuencias, entonces este camino no es para ustedes.”
“Estamos listos”, declaró Aina, su voz resonando con determinación. Sabía que avanzar representaba colocar su destino y una parte de su vida en juego. Tenía que ser esto, la definición de lo que habían prometido.
Con un gesto de su mano, el guardián hizo que la bruma se separara, revelando un pasillo oscuro que conducía hacia un vórtice de luz y sombras. Aina y Elián se intercambiaron miradas, la comprensión y el firme compromiso fluyendo entre ellos.