El pasillo oscuro se extendía ante Aina y Elián, un camino conocido y, a la vez, misterioso, donde el aire vibraba con una energía palpable. Cada paso que daban resonaba con la mezcla de incertidumbre y la expectativa que crecía entre ellos. La luz parecía danzar en el aire, formando patrones que envolvían sus cuerpos en un abrazo cálido, mientras las sombras fluctuaban como un susurro draculino en el entorno.
Con una mano entrelazada con la de Elián, Aina sintió el poder de su conexión aumentar. Era como si su energía combinada desafiara cualquier obstáculo que pudiera interponerse en su camino. “¿Estás listo para lo que venga?”, preguntó ella, su voz cargada de determinación.
“Siempre estaré listo, Aina”, respondió Elián, su mirada firme y decidida. “Juntos, formamos una unidad más fuerte. Y cuando nuestras almas se unen, nada puede detenernos.”
La sinceridad en sus palabras avivó una llama de esperanza en su interior. Sabía que se enfrentarían a pruebas difíciles, pero con Elián a su lado, sentía que el amor que compartían sería una fortaleza inquebrantable.
Al avanzar, el camino se torció, llevándolos hacia una sala iluminada por la luz dorada del sol que se filtraba a través de una serie de arcos. La habitación era amplia, con paredes cubiertas de antiguas runas que chisporroteaban una luz verde esmeralda. En el centro se encontraba un altar similar al que habían visto en el jardín, pero con una energía más intensa y palpable.
“Este es el corazón del curso de magia perdido”, explicó Elián, su voz reverberando en la sala. “Aquí es donde nuestras promesas serán selladas de verdad.”
Aina sintió un escalofrío de anticipación que recorrió su cuerpo. La idea de sellar sus promesas en un lugar donde la magia había nacido era cautivadora, pero también intimidante. “¿Cómo sabemos qué hacer?”, preguntó, la ansiedad ondulando en su voz.
“Debemos concentrarnos en nuestra conexión. Las runas reaccionarán a nuestra energía, su luz se intensificará con cada palabra que pronunciemos y cada emoción que compartamos", respondió Elián. “Solo entonces el altar revelará los caminos que debemos tomar”.
Respirando profundamente, Aina cerró los ojos por un momento, sintiendo la vibración de la energía en el aire. Cuando abrió los ojos, todo su ser estaba interconectado con Elián, sintiendo cómo sus corazones latían al unísono. Era un momento de profunda intimidad, una danza de almas que cruzaban el umbral hacia el desconocido.
“Nosotros elegimos”, dijo Aina, su voz era un eco de firmeza. “Nuestra conexión es más que magia. Es amor, es compasión y es verdad. Sellamos esta promesa ante el universo”.
Elián sonrió con ternura, asintiendo entusiasta. “Y eso nos permitirá enfrentarnos a cualquier obstáculo. Este momento es solo nuestro. Desde hoy, nuestras almas serán una. ¿Estás lista?”
“Lista”, afirmó Aina, sintiendo una oleada de energía fluir entre ellos. Juntos se acercaron al altar, sostenidos por un vínculo que iluminaba el espacio. Con cada paso, la luz de las runas comenzó a brillar más intensamente, invitándolos a unirse en esta nueva ceremonia.
“Prometo apoyarte en cada decisión que tomes, ser tu refugio en la tormenta y tu guerrero en la batalla”, declaró Elián, su voz resonando con las vibraciones de verdad. Las runas destellaron, absorbiendo su energía.
“Y yo prometo que no importa cuán oscuras sean las sombras que nos acechen, no dejaré que te enfrentes a ellas solo. Seré tu fuerza y tu verdad”, Aina declaró, sintiendo el vínculo expandirse mientras la luz del altar parecía fusionarse con su esencia.
Las runas comenzaron a brillar en colores vibrantes, llenando la habitación con una energía que los atravesó, impulsándolos a encarnar cada palabra prometida y cada emoción sincera. En ese momento, Aina sintió que estaban verdaderamente unidos. Ya no eran solo dos almas individuales; eran un todo vibrante, danzando en armonía con el universo.
“Esto es más de lo que esperaba”, murmuró Aina, encantada por la energía que los rodeaba.
Y en respuesta a sus palabras, el altar comenzó a emitir un resplandor dorado. Las runas se iluminaban y una melodía comenzó a resonar en sus corazones, un canto antiguo que parecía despertar una energía que había estado dormida durante siglos.
“¿Escuchas eso?”, dijo Elián, su voz llena de asombro. “Es como si las leyendas cobrasen vida”.
Mientras el canto mágico alcanzaba su clímax, una bóveda de luz se formó en el centro del altar, pavimentando un sendero hacia una luz radiante. Todo el espacio vibraba con energía mágica, y Aina sintió cómo la conexión entre ellos se fortalecía aún más.
“Estamos listos para el siguiente paso”, dijo Elián, viendo cómo la luz se abría ante ellos. “Antes de seguir, debemos confiar en nuestra unión y en lo que podemos lograr.”
Con gran determinación, Aina miró a Elián y se dio cuenta de que su viaje ya había empezado a dejar marcas en sus corazones. La asociación que habían cultivado era más fuerte que la duda, más potente que el miedo. Habían creado un vínculo que resonaba como un faro de luz en medio de la oscuridad.
A medida que avanzaron hacia la luz radiante, su conexión se sintió más intensa. Era casi como si el universo entero reconociera la promesa que habían sellado, y la energía misma la guiara hacia adelante. Había algo más profundo en esta experiencia, algo que resonaba con la esencia misma de su ser.
Pero a medida que se acercaban al resplandor, la luz comenzó a ondular de una manera inquietante, transformándose en formas que parecían adoptar la figura de figuras difusas, sombras que comenzaron a manifestarse.
“Espera…”, advirtió Elián, su tono cargado de preocupación.
Las sombras se definieron, tomando la forma de seres oscuros que flotaban entre las luces. Eran seres del pasado, cicatrices de decisiones no tomadas, de compromisos fallidos y traiciones olvidadas. La luz del altar palpitaría en diferentes tonos, reflejando el conflicto entre el pasado y el presente.