El aire, ahora fresco y revigorizante, envolvía a Aina y Elián mientras emergían del tumulto de sombras que había intentado reclamar sus corazones. El contraste entre la oscuridad de su reciente experiencia y la luz brillante que filtraba a través de los arcos dorados del curso perdido era asombroso. Aina sentía como si cada paso que daban hacia la salida la limpiara de las cicatrices emocionales que la habían marcado durante tanto tiempo.
“Estamos aquí”, dijo Elián, su voz llena de reconocimiento y esperanza. Aina siguió su mirada, y lo que vio ante ellos hizo que la respiración se le cortara. Más allá de los arcos, un vasto paisaje se desplegaba en todo su esplendor: colinas onduladas llenas de flores silvestres, un cielo que se desplegaba en tonos vibrantes de azul, y una brillante esfera dorada colgando sobre el horizonte, prometiendo un nuevo día.
“No puedo creerlo”, susurró Aina, la belleza del paisaje la dejó sin palabras. “Es... es asombroso”. La vista parecía un recompensa por todo lo que habían enfrentado, y el canto del viento traía consigo la melodía del futuro que les aguardaba.
“Este es nuestro nuevo horizonte”, dijo Elián, sosteniendo su mano firmemente. “Todo lo que hemos pasado nos ha llevado a este momento. Ahora debemos decidir lo que haremos a continuación”.
Mientras contemplaban el paisaje, Aina sintió que una oleada de energía comenzaba a despertarse en su interior. La magia del lugar se entrelazaba en su ser, elevando no solo su espíritu, sino también sus ansias de descubrir todo lo que aún les esperaba. “¿Qué hay más allá de este lugar?”, preguntó, mirando a Elián con curiosidad.
“Estamos a punto de cruzar la Frontera de la Luz”, explicó Elián, su rostro iluminado por un brillo de emoción. “Más allá de esta tierra, encontramos el Reino de Arunthel, donde se guarda el saber perdido, el conocimiento que puede ayudarnos a equilibrar las fuerzas que buscan perturbar nuestra conexión”.
“¿Y qué hay de las sombras que encontramos?” Aina preguntó con preocupación, recordando el peso de la oscuridad. La lucha que libraron había dejado huellas en su corazón.
“Las sombras siempre estarán allí, pero ahora somos más fuertes. Nuestro amor y nuestra conexión son el faro que puede guiar a otros hacia la luz. Arrojar luz sobre la oscuridad es una responsabilidad, pero juntos la enfrentaremos”.
Mientras cruzaban la Frontera de la Luz, la magia se intensificó, envolviéndolos en una bruma brillante que chisporroteaba alrededor de sus cuerpos. Aina se sintió ligera, y al mismo tiempo, el peso de su pasado se desvanecía lentamente. La transición traía consigo una pesada esperanza que sentía como un aliento dulce acariciando su piel.
Al atravesar el umbral, una nueva sensación se apoderó de ellos. El aire era más espeso, impregnado de aromas florales que nunca antes había inhalado. Y cuando abrieron los ojos, fueron recibidos por un mágico espectáculo: un reino de luces vibrantes se desplegaba ante ellos.
“¡Es increíble!”, gritó Aina, sus ojos deslumbrados ante la exuberante belleza del paisaje. Montañas de colores vibrantes se alzaban, mientras imposibles cascadas caían en una sinfonía armoniosa de sonido y luz. Árboles altos y majestuosos se mecían al ritmo del viento, como si estuvieran saludando a los recién llegados.
“Bienvenidos, viajeros”, resonó una voz melodiosa y profunda, como un eco antiguo. Aina y Elián se giraron para ver a una figura en el centro del cual la luz parecía concentrarse. Era una mujer vestida con túnicas etéreas, sus cabellos ondeando como hilos de plata, y sus ojos, brillantes como estrellas.
“Yo soy Lirael, la guardiana de Arunthel. He estado esperando su llegada”, continuó la mujer, su tono rebosante de calidez. “Las promesas que han sellado en el altar de la conexión han resonado a través de las dimensiones. Vuestra llegada es un signo de esperanza”.
Aina sintió que el corazón se llenaba de luz con cada palabra que pronunciaba Lirael. “Gracias”, respondió ella, su voz temblando por la emoción. “Venimos en busca de conocimiento y guía”.
Lirael asintió, su mirada sabia observando a ambos. “El Reino de Arunthel guarda el equilibrio entre las fuerzas de la magia y el amor. Ustedes han demostrado ser dignos de conocer sus secretos, pero también deberán enfrentar desafíos. Las decisiones que tomen tendrán efectos en su unión y en el destino de muchos otros”.
“Estamos listos”, dijo Elián con determinación, estrechando la mano de Aina. “Afrontaremos lo que venga juntos”.
Una luz brillante emergió del centro del jardín, proyectándose hacia el cielo como un faro que guiaba sus pasos. “Vengan”, instó Lirael, señalando el camino iluminado. “El camino hacia el conocimiento y el poder organizado les espera. Este será un viaje que pondrá a prueba no solo sus habilidades, sino también su amor y confianza. La luz del horizonte es hermosa, pero también exige sacrificios”.
Mientras avanzaban hacia la luz, los colores vibrantes del entorno los envolvieron, y Aina sintió que un nuevo vitalidad comenzaba a brotar en su interior. Era como si el poder del reino estuviera abrazando cada parte de su ser, alentándola a explorar su magia.
Con cada paso, el paisaje comenzó a cambiar. Las flores crecían a su alrededor, sus pétalos iluminándose. Aina sintió el impulso de tocar el suelo, de seguir el eco de la magia que fluía por sus venas. Las vibraciones en el aire coincidían con el latido de su corazón, y la conexión que compartía con Elián se profundizaba aún más.
“¿Estás sintiendo esto?” preguntó Elián, su tono lleno de asombro.
“Sí, es como si el reino me convocara. Siento su energía, su deseo de revelarnos sus secretos”, respondió Aina, fascinada por la magia que se moldeaba a su alrededor.
En el camino, se cruzaron con diversos seres que parecían custodiar el reino: criaturas aladas cuyos colores cambiaban con la luz, hadas que chisporroteaban alegría en sus risas, y guardianes de árboles que susurraban antiguas historias a medida que pasaban. Cada uno reconocía la esencia de Aina y Elián, sus promesas resonaban en el aire.