Vínculos del Alma

Capítulo 19: El Laberinto de los Ecos

Con la luz resplandeciente del corazón del laberinto aún brillando en sus corazones, Aina y Elián sintieron que el mundo había cambiado a su alrededor mientras se adentraban más en el Reino de Arunthel. La brisa que los envolvía era fresca, cargada de la promesa de nuevas aventuras y desafíos; sin embargo, un leve hilo de inquietud comenzaba a insertarse en su interior. A medida que avanzaban, el paisaje se tornaba más caprichoso y sus dimensiones menos definidas, como si la realidad misma empezara a distorsionarse.

“¿Te das cuenta de cómo el lugar parece estar vivo?”, preguntó Aina, observando cómo los árboles se movían con una suavidad no natural, como si sus raíces estuvieran entrelazadas con las mismas energías que emergían de la tierra. “Es como si estuviera observándonos”.

Elián miró a su alrededor, sintiendo la sutileza del cambio. “Sí”, admite. “No creo que sea solo nuestra imaginación. Este lugar tiene una forma de manifestarse. Debemos estar preparados para lo que venga”.

La expectativa por lo desconocido había comenzado a cobrar vida en su interior, un eco de aventuras pasadas que resonaban en las sombras. Con su conexión reforzada por las verdades reveladas, avanzaron decididos. Sin embargo, algo más, algo oculto se aferraba a los bordes de su conciencia.

“¿Qué ha sido lo más difícil que enfrentaste en este lugar?”, preguntó Aina, tratando de romper el silencio que comenzaba a formar un peso sobre ellos.

Elián reflexionó por un momento, la expresión en su rostro desde la luz de la determinación hasta la sombra de una memoria distante. “A menudo me enfrento a mis propios miedos y expectativas”, admitió. “Lo más desafiante ha sido descubrir que en mi búsqueda de protegerte, a veces tengo miedo de no ser suficiente”.

Aina sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo, la vulnerabilidad de Elián resonando con un eco profundo. “No tienes que ser más de lo que ya eres. Lo que compartimos es más que suficiente. Juntos hemos enfrentado lo desconocido”.

A medida que continuaban, un grito resonó en el aire, cortando la atmósfera suave del bosque. Aina detuvo sus pasos. “¿Qué fue eso?”, preguntó, mirando hacia los arbustos que se movían repentinamente.

“Escucha”, Elián le hizo señas, sintiendo que el aire se cargaba con una energía inquietante. “No es solo un eco. Parece estar llamándonos”.

Sin aviso, un grupo de figuras emergió de las sombras entre los árboles. Eran seres etéreos, con formas humanas pero ropas que parecían fluidos de niebla. Sus ojos eran oscuros como el abismo, y al mirarlos, Aina sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

“Los Ecos de la Perdición”, susurró Elián, con la preocupación inscrita en sus facciones. “Recuerdos de aquellos que han sucumbido a la oscuridad”.

“¿Qué quieren de nosotros?” Aina se aferró a la mano de Elián, nerviosa, mientras los ecos se acercaban. La bruma que los rodeaba ahora era ocio oscuro, como si se apoderara de la luz a su alrededor.

“Vienen para advertirnos o para intentar atraparnos”, murmuró Elián. “Debemos mantener nuestra conexión fuerte”.

Las figuras comenzaron a moverse, sus caras distorsionándose en muecas de ira y sufrimiento. “No escaparéis del destino”, resonaron sus voces, ecoando en el aire, como un canto de advertencia. “Sus sombras regresarán a consumirlo todo”.

“¿Qué destino?” Aina gritó, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a hincharse dentro de ella. “¿Y quiénes son ustedes para dictar mi vida?”

Una de las sombras dio un paso adelante, su rostro apenas visible. “El destino no se elige en la oscuridad. Cada decisión que tomáis resonará en la eternidad, tejiendo el tejido de vuestro ser”.

Elián se interpuso defensivamente. “No permitiremos que las sombras nos controlen. Hemos forjado nuestras promesas y estamos decididos a enfrentarnos a la oscuridad”.

Los ecos comenzaron a girar alrededor de ellos, formando un remolino de desesperación y dudas. “Vuestra promesa no puede salvaros de la fragilidad del ser”, uno de los ecos se inclinó hacia adelante, sus ojos destellando con fuerza. “El amor puede ser un faro, pero el amor también se convierte en un arma en manos temerosas”.

Aina sintió que el tiempo se detuvo, una ola de confusión y miedo se apoderaba de su espíritu. “Eso no es cierto”, dijo con voz firme. “El amor es la esencia de nuestra lucha, es la conexión que nos fortalece. Sin él, no seríamos nada”.

Los ecos se rieron, un sonido escalofriante que reverberaba entre los árboles. “El amor puede ser un veneno, puede ser un lazo que atrapa. Prefieres aferrarte a las sombras”. Las sombras comenzaron a estrecharse, formando un espacio de oscuridad que parecía querer devorar todo a su alrededor.

Con miedo y determinación en igual medida, Aina cerró los ojos y se centró en la luz de su conexión con Elián. “Recordemos la luz que hemos creado juntos”, le dijo, sintiendo el calor de su amor fluir entre ellos. “No dejaremos que se apague”.

Elián asintió, la fuerza de su conexión resonando en la atmósfera. “Nuestra luz es más brillante que cualquier sombra que se cruce en nuestro camino”. Crespín de sus manos en una defensa de luz, el eco de su compromiso se proyectó hacia la oscuridad.

Al abrir los ojos, Aina vio que la luz de su promesa comenzaba a expandirse, contrarrestando la vorágine de sombras que intentaba atraparlos. “Vámonos, Elián. Debemos seguir adelante”.

Y mientras se concentraban en la luz que habían creado juntos, una explosión de brillo resplandeció en el aire, dispersando a los ecos y disolviendo la oscuridad que los rodeaba. Las sombras comenzaron a retroceder, por fin liberándose del dominio que intentaban ejercer.

“¿Lo hemos logrado?”, preguntó Aina, sintiendo el corazón palpitar con fuerza. La liberación trajo consigo un poderoso alivio, pero la sensación de que aún había más por descubrir seguía presente.

“Esto es sólo el comienzo”, respondió Elián, su expresión llena de determinación. “Hemos enfrentado una parte de nosotros mismos. Pero las raíces de la oscuridad aún se esconden. Debemos seguir adelante si queremos descubrir la verdad”.




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