Vivencias No Solicitadas

Primera parte - Capítulo I

Desperté, exaltada. Por un momento creí que mi improvisada pero cómoda cama se había convertido en un conjunto de rieles por las que esta transitaba rápida y aparatosamente. Pero no. No era mi cama, ni mi cuarto, ni mi casa. Habían muchas personas a mi alrededor que, a diferencia de mí, se notaba que no habían pegado el ojo durante mucho tiempo y se les notaba un aire de preocupación, angustia. No me di cuenta realmente de dónde me encontraba hasta que una de las ruedas del gigantesco camión se topó con un hoyo y todos los que estábamos dentro rebotamos estrepitosamente y al mismo tiempo. Muchos maldijeron.

     —Otra vez no. No puede estar pasando de nuevo —murmuré tristemente. Sabía exactamente lo que sucedía. Traté de ponerme de pie, pero me sentí mareada y el movimiento del camión tampoco me ayudó mucho. Me senté exactamente donde había despertado segundos antes, resignada. Estaba oscuro. Solo se veían de vez en cuando los rostros de las personas cuando un auto nos pasada al lado, iluminándonos, y una que otra sonrisa de decepción. La noche era fría, tenebrosa.

De un momento a otro sentí la presencia de alguien que se sentaba a mi lado y me tomaba en sus brazos. Era mi madre.

     —Por Dios, Dina. Pensé que nunca despertarías, muchachita. Qué sueño pesado el que tienes, ¿eh? —sonreía, tratando de ocultar su rabia y decepción. Estaba despeinada, su piel morena relucía más de lo normal y tenía ojeras enormes. Yo la miraba, furiosa.

     —¿Qué ha pasado esta vez, mamá? ¿A dónde vamos? —pregunté, con la inútil certeza de que podría decirme la verdad. Pero no, nunca lo hacía.

     —Tú lo sabes, hija mía, lo de siempre. Pero no te preocupes, nos estableceremos de nuevo en el lugar donde vamos. Es un pueblo muy bonito, ya verás.

Ya no creía en sus palabras. Lo había dejado de hacer hace mucho tiempo, quizá. Por muchas mentiras que me dijese, por muchas fantásticas ilusiones que me diese, yo ya sabía la cruel verdad, nuestra verdad. Pero no me importaba, la apoyaba, estaba con ella como ella siempre había estado ahí para mí durante toda mi vida, ocho años de vida. Podría decir que a su peculiar manera, pero lo estaba. Nunca fue una mala madre.

Me di cuenta, por medio de unos orificios que se formaban cuando el viento soplaba y levantaba la enorme carpa del camión, que el sol comenzaba a asomarse. Las personas se tornaron impacientes y dudosas de sus movimientos, y murmuraban preocupaciones. Una voz se hizo notar de entre el resto.

     —Señora Deonilde —escuché el nombre de mi madre y volteé enseguida buscando la voz de donde provenía—. Ya estamos por llegar. Tome a su niña y lo que trajo con usted y bajaremos con rapidez. Las llevaré al lugar donde residirán. No se despeguen de mí, ni un segundo —dijo esto último, dirigiéndome una autoritaria mirada.

     —Ya lo sé, don Aurelio, no se preocupe, Dina es muy obediente. Muchas gracias.

El camión frenó en seco. Todos, ya de pie, nos tambaleamos a un mismo son. Yo me estrellé con un señor sudoroso y maloliente que estaba a mi lado y este me empujó agresivamente, maldiciéndome. Mi madre se dio cuenta de esto y maldijo al hombre, casi lista para propinarle un puñetazo pero, antes de que lo hiciera, don Aurelio la tomó del brazo, mirándola y recordándole que  debíamos ser muy precavidos. Mi madre asintió.

Todos comenzamos a bajar. Los hombres de cada familia salían del fondo de la carpa con varias maletas y don Aurelio hacía lo propio. Pensé que con las de él bajaría las nuestras, pero no reconocí ninguna, ni la mía, ni la de mi madre. Cuestioné a mi madre acerca de nuestras cosas.

     —No, Dina, no traemos nada. No tuvimos tiempo de empacar. Ya te dije que compraremos nuevas cosas acá, obedéceme y deja de renegar, señorita —así dijo, y efectivamente, solo llevábamos con nosotros los vestidos que teníamos, las sandalias y las agarraderas de cabello. No más, no teníamos nada más, lo habíamos perdido todo, de nuevo.

Rápidamente don Aurelio echó sus maletas al hombro y nos dio la orden de seguirlo. Mi madre me tomó fuertemente de la mano y me arrastró a su lado. Comenzamos a transitar una húmeda carretera, bastante desgastada. Habían pocos autos, pocas personas. Hacía frío y se notaba a leguas que había llovido esa noche. A punto de congelarme, no hice más que seguir a mi madre y esperar con algo de curiosidad cómo luciría nuestro nuevo "hogar".

Al fin llegamos. Esta vez no era una casa individual. Esta vez arribamos a un putrefacto y desgastado edificio de unos cinco pisos, pero la repugnancia y el miedo que me provocó me hicieron verlo gigantesco.

     —Aquí es, doña Deonilde —exclamó y suspiró don Aurelio, agotado—. Su pensionado está en el cuarto piso, es el número treinta y cuatro. Vamos, yo las acompañaré hasta allí, se los enseñaré y les daré las llaves.




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