LIANNA
El sonido irritable de mi celular hace que salga de mi hermoso mundo de los sueños. Realmente mataré a la persona que ha tenido el descaro de arruinar mi momento feliz; soy una pobre ciudadana que trabaja todo el día y solo desea descansar, pero parece que los demás ciudadanos no están de acuerdo con eso.
Agarro el aparato que está detrás del volante y, sin siquiera percatarme de quién ha sido el malvado y cruel ser humano que ha arruinado mi paz, atiendo la llamada.
—Necesito que me ayudes —ordena esa voz varonil a través de la línea telefónica.
—Primero, ¿quién eres? Y segundo, ¿por qué tengo que hacerte caso?
—Soy William. Por favor, Liana, mi hermana ha ido a una discoteca y me acaban de notificar de ello; yo no puedo ir a cuidarla —explica alarmado. Eso hace que vuelva a mis cinco sentidos en menos de un segundo.
—Dame la dirección ahora mismo, iré. También envíame una foto de ella para poder reconocerla —pido encendiendo la camioneta.
—En un segundo lo hago. Por favor, si sucede algo no dudes en llamarme. Tengo que quedarme trabajando muy tarde, pero si sucede algo no dudaré en ir con ustedes.
—No te preocupes, tu hermana está en buenas manos.
—De eso no tengo duda.
Corta la llamada y a los segundos me llega la ubicación de la chica. Coloco en marcha el vehículo y me guío por la ubicación. Espero encontrar a esta chica. Realmente estoy sorprendida, pero por la forma en que me llamó William puedo deducir que se ha ido a ese lugar sin permiso y eso hace que mis nervios aumenten. Espero que ella no se moleste conmigo.
El lugar está algo alejado, lo cual no me ayuda a tranquilizarme. Jamás he ido a una discoteca y, por lo que he logrado escuchar, no es un lugar tan agradable si no vas con el objetivo de olvidarte de absolutamente todo. Y ese no es mi objetivo.
Me da miedo que ese lugar sea horrendo; peor aún, que haya hombres borrachos sin ser conscientes de sus actos y eso me aterra. Espero que la hermanita de William sea de mi misma edad, porque si es menor voy a tener que arrastrarla fuera de ese asqueroso sitio.
Estaciono el vehículo frente al gran edificio que, con letras grandes, tiene de letrero "Relámpago" en neón muy iluminado.
¿Relámpago? Eso significa que dentro hay una gran tormenta para que ese sea un relámpago.
Por fuera el lugar parece ser decente, pero eso no me asegura que por dentro sea igual; posiblemente solo cuidan el aspecto de afuera y el de adentro no.
Con un suspiro de nervios salgo de mi camioneta y coloco el seguro. Aunque se vea que este lugar tiene vigilancia por las cámaras y el hombre que custodia la entrada, no me siento segura dejando mi camioneta —que no es tan mía— en este estacionamiento. Recorro el lugar con mi mirada y noto que está repleto de autos de último modelo. El único que se ve anticuado es mi camioneta negra, y yo pensando que me la podrían robar; estoy segura de que primero se roban todos estos autos deportivos de lujo y al último mi camioneta. Esa sola idea hace que mi cuerpo se relaje.
Por lo menos no tendré que reponer una camioneta. Tragando saliva pesadamente me acerco a la entrada; siento mis piernas temblar por los nervios al igual que mis manos.
—¿Identificación? —pregunta secamente el guardia.
Rápidamente saco mi identificación de mi cartera y se la muestro. Él me evalúa de manera descarada y reprimo mis ganas de salir corriendo de este lugar.
—Me han roto el corazón y necesito olvidarme de ese hombre que tanto amo sin límite alguno. Ya le he rogado que vuelva conmigo pero no me ama, ama a otra persona. Por favor, déjeme entrar y olvidarme de todo —suplico dramáticamente. Observo cómo sonríe de lado con un brillo divertido en sus ojos.
—Adelante.
Bingo, lo he logrado, aunque mi vergüenza se ha quedado dentro de mi camioneta.
Al empujar la puerta lo primero que observo son todos los rayos láseres del lugar junto con un fuerte olor desagradable por la combinación de todos los perfumes de las personas.
Cuidadosamente saco mi celular de mi cartera. Con los nervios de punta logro por fin tenerlo entre mis manos. Busco detenidamente entre toda esta multitud a una chica exactamente igual a la de la foto: rubia, alta, de ojos marrones y grandes, con una complexión delgada.
Lastimosamente, las rubias son lo que más abunda en este lugar y chicas guapas son las que sobran; este lugar es afortunado por la gran belleza femenina que habita en él. Y de los hombres, bueno, hay uno que otro decente.
«Será mejor que le pregunte a alguien».
Comienzo a caminar entre esa multitud. Cuando estoy a punto de dar mi siguiente paso, me tropiezo accidentalmente con el zapato de alguien. Por suerte logro estabilizarme, de lo contrario sería otra historia.
—¡Mira bien! —grita entre la música un chico de lentes y cabello negro, tan oscuro como su amabilidad—. ¡Maldita ciega!
Aprieto los labios y los puños intentando calmar mis emociones, pero este chico no ayuda en nada.
—¿Qué? —pregunta desinteresada la chica castaña a su lado, tomando de su copa azul.
—Nada, una maldita ciega me ha lastimado.
—Maldito ciego tú —mascullo entre dientes alejándome de ellos. Pero antes de que dé un paso más, siento un gran tirón en mi brazo izquierdo; mi piel se irrita al instante por el fuerte agarre.
—¿Qué has murmurado, estúpida? —escupe con desdén. El horrible aliento lleno de alcohol invade mis fosas nasales; arrugo la nariz al instante.
—Suéltame —pido intentando liberar mi brazo de su agarre.
Giro mi rostro hacia él, notando a la chica detrás de él, quien me mira con lástima e incomodidad. Jalo mi brazo intentando escapar, pero me es inútil; lastimosamente ese chico me gana en fuerza.
—Oye, amor, vamos al baño —habla ella tocando el brazo con el cual me está lastimando. El chico deja de observarme y le sonríe como si nada. Como si no estuviera destruyendo mis huesos.
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Editado: 16.04.2026