Toulouse, hace 7 años
Son las once y cuarenta de la noche cuando Sophie escucha la llave en la cerradura.
Está sentada en el sofá del apartamento pequeño con las luces apagadas, solo la luz de la cocina filtrándose por la puerta entreabierta. Las facturas pagadas están sobre la mesa de café frente a ella, organizadas en un montón prolijo. Agua, electricidad, gas, el alquiler del mes. Todo cubierto. Todo en orden.
La puerta se abre y Joseph entra arrastrando los pies. Trae su maletín de siempre, la camisa arrugada, el cabello rubio despeinado. Tiene ojeras que no tenía hace meses. Tiene líneas de cansancio alrededor de los ojos que Sophie no recuerda haber visto antes.
Él cierra la puerta con cuidado, tratando de no hacer ruido. No la ve en el sofá. No enciende las luces.
—Joseph —dice Sophie en voz baja.
Él se sobresalta, deja caer el maletín.
—Sophie. Dios, me asustaste. ¿Por qué estás en la oscuridad?
—¿Qué hora es?
Joseph mira su reloj. Duda antes de responder.
—Las once y cuarenta.
—Dijiste que llegarías a las ocho.
—Lo sé. Lo siento. El cliente quería revisar los planos otra vez y luego hubo un problema con las medidas y—
—Las niñas te esperaron —interrumpe Sophie. Su voz es plana, sin emoción—. Alessia preguntó por ti cuatro veces. Alisson lloró porque quería que tú le dieras su biberón.
Joseph se pasa una mano por la cara. Se ve derrotado.
—Lo siento. De verdad lo siento.
—Siempre lo sientes.
—Sophie...
—¿Comiste?
—No.
—Te guardé comida. Está en la nevera.
—Gracias —dice Joseph, pero no se mueve hacia la cocina. Se queda ahí parado en la entrada, mirándola—. ¿Estás bien?
Sophie no responde de inmediato. Mira las facturas sobre la mesa.
—¿Cuándo fue la última vez que cenamos juntos? —pregunta finalmente.
Joseph parpadea. —¿Qué?
—Cenamos juntos. Tú, yo, sin que llegues cuando ya terminé. ¿Cuándo fue?
Él no puede recordarlo. Sophie lo nota en su cara.
—No lo sé —admite Joseph.
—Hace tres semanas —dice Sophie—. Fue un domingo. Hiciste pasta. Las niñas estaban dormidas y cenamos en la sala viendo esa película que nunca terminamos porque te quedaste dormido a los veinte minutos.
Joseph se sienta lentamente en el sillón opuesto. Hay una distancia de dos metros entre ellos que se siente como kilómetros.
—Estoy construyendo algo para nosotros —dice Joseph en voz baja—. Todo esto es para nosotros, Sophie. Para que tengamos estabilidad. Para que tú no tengas que trabajar y puedas estar con las niñas. Para que algún día podamos comprar una casa de verdad, no este apartamento pequeño. Para—
—Para que algún día seamos felices —termina Sophie—. Pero ¿cuándo es algún día, Joseph? ¿Cuándo llegas ese día?
—Pronto. Estoy a punto de conseguir el contrato grande con los Dubois. Si me lo dan, puedo abrir mi propio estudio. Entonces podré controlar mis horarios, podré estar aquí más—
—Eso dijiste hace tres meses con el proyecto Moreau.
—Este es diferente.
—Es lo mismo, Joseph. Siempre es lo mismo.
Joseph se inclina hacia adelante con los codos en las rodillas. Se ve tan cansado que Sophie siente una punzada de culpa. Pero la culpa no es suficiente para borrar el resentimiento que ha estado creciendo como una planta venenosa en su pecho.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta Joseph, y suena genuinamente perdido—. Dímelo y lo hago.
—Quiero que estés aquí.
—Estoy aquí.
—No, no lo estás. Tu cuerpo llega a las once de la noche pero tú no estás. Llegas agotado, comes algo si tienes suerte, te duchas y te duermes. Y en la mañana te vas antes de que las niñas despierten. Así ha sido todos los días durante meses.
Joseph abre la boca para responder pero no sabe qué decir. Porque es verdad.
El silencio se extiende entre ellos, pesado e incómodo.
—¿Sabes qué hizo Alessia hoy? —pregunta Sophie finalmente.
Joseph niega con la cabeza.
—Dio tres pasos. Tres pasos completos sin agarrarse de nada. Y tú no estabas ahí para verlo.
Algo se rompe en la expresión de Joseph.
—Sophie...
—Y Alisson dijo una palabra nueva. Bueno, casi una palabra. Dijo "pa-pa". O algo parecido. Y tampoco estabas ahí.
—Lo siento.
—Deja de disculparte —dice Sophie, y ahora hay algo afilado en su voz—. Tus disculpas no significan nada si no cambias nada.
Joseph se levanta. Camina hacia ella pero se detiene a medio camino, como si no supiera si tiene permitido acercarse.
—Las quiero. Las quiero a las tres más que a nada en el mundo.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué se siente como si no fuera suficiente?
Sophie finalmente lo mira directamente. Hay lágrimas en sus ojos que se niega a dejar caer.
—Porque no lo es, Joseph. Quererme no es suficiente si nunca estás aquí para demostrarlo.
—Estoy trabajando para ustedes. Todo lo que hago es para ustedes.
—Yo no pedí ropa nueva para las niñas. No pedí facturas pagadas a tiempo. No pedí una nevera llena. Pedí a mi pareja. Pedí al hombre del que me enamoré. Pedí al Joseph que solía despertarse conmigo y hacerme el desayuno y me decía que íbamos a construir algo hermoso juntos.
—Y lo estamos construyendo.
—No, tú estás construyendo. Yo estoy aquí sola con dos bebés intentando mantenerme a flote mientras espero que algún día decidas que ya trabajaste suficiente.
Joseph se pasa las manos por el cabello, frustrado.
—¿Y qué se supone que haga? ¿Renunciar? ¿Rechazar proyectos? No podemos vivir del aire, Sophie.
—No te estoy pidiendo que renuncies. Te estoy pidiendo que estés presente. Que llegues a las ocho como dices que vas a llegar. Que te tomes un día libre de vez en cuando. Que me mires cuando llegas a casa en lugar de ir directo a la ducha y a la cama.
—Te miro.
—No, no lo haces. Hace semanas que no me miras de verdad.