Volver a Sofía

Capitulo 2 Una vieja amiga

Al entrar a la cafetería me golpeó de frente el calor de la calefacción, ese que de joven me daba migraña por el cambio tan brusco de temperatura, pero que ahora agradecía porque me calentaba rápido el cuerpo.

—Un capuchino, por favor —pedí en mi oxidado búlgaro. Menos mal lo había mantenido gracias a una antigua amiga de mis tiempos de universidad, la cual acababa de entrar por la puerta y rápidamente me encontró entre las pocas personas que había en la cafetería a esa hora.

—¡Ale!, qué placer me da verte. —Nos fundimos en un abrazo, algo poco usual para la cultura búlgara, pero una de las razones por las que nos habíamos hecho tan buenas amigas era precisamente que ella siempre había demostrado mucho su cariño hacia mí de forma física también, lo que, teniendo en cuenta mi cultura latinoamericana, hacía que me sintiera más cómoda con ella.

—¡Holaa!, a mí también me da mucho gusto verte. Cuánto has cambiado, qué bien te queda el pelo. —Se seguía viendo preciosa. Tenía el cabello de un rubio plateado muy brillante y perfectamente lacio, el cual lucía muy elegante con el sobretodo marrón que llevaba. María siempre había sido una mujer hermosa, tanto a sus 20 como ahora que había rebasado los 50. Es de esas mujeres que se van a ver elegantes y arregladas hasta el día que ya no estén.

—Tú también te ves muy bien. Dios, ¡cuánto tiempo! No nos veíamos desde que estuve en Barcelona hace… ¿cinco años fue, no? Pero vamos, cuéntame, ¿qué tal te va? ¿Cómo te va en el trabajo?

—Bueno, como te dije, vine con un amigo porque queremos montar una academia de español. El interés por el idioma ha empezado a aumentar en esta zona de Europa y todavía no hay muchas academias que se dediquen a enseñarlo, sobre todo para cualquier nivel, que es lo que queremos hacer nosotros.

—¿Y tu socio está aquí? ¿Es búlgaro?

—Bueno, mi socio es Lucas.

—¿Lucas? ¿Lucas, el de la universidad? ¿El de España?

—Pues sí, el mismo, en carne y hueso. Hace más o menos seis meses que nos pusimos en contacto; al parecer ha estado al tanto de mi trabajo. Sabes que con la escuela internacional me fue genial, realmente fue lo que me permitió abrirme puertas en España, y luego el colegio privado fue la medalla de mi currículum. Coincidimos hace un año en un evento de trabajo sobre los nuevos medios de enseñanza y, adivina quién se sube a dar la conferencia.

—Lucas.

—Exacto. —Le doy un sorbo a mi café y miro a María, que está tratando de procesarlo todo. La verdad, mi búlgaro está bastante oxidado y el español de ella también, así que la conversación transcurre en una mezcla de español y búlgaro de la cual probablemente todas las personas de la cafetería hablarán más tarde; pero a nosotras, la verdad, nos da bastante igual. Hasta puedo decir que nos gusta, porque recuerda bastante a aquellos tiempos de universidad cuando quedábamos para estudiar. Las dos estudiábamos distintas carreras, pero qué más da: nos sentábamos en la cafetería, ella con sus libros supergruesos de historia y yo con mi edición del Quijote prestada de la universidad.

—Resulta que no he sido a la única a la que le ha ido bien. Lucas se ha dedicado, además de a dar clases de Literatura en varias universidades, a hacer un doctorado sobre la enseñanza universitaria, varios cursos sobre la educación en la actualidad y sobre la enseñanza de idiomas extranjeros, porque además tiene un título de inglés y da clases desde la universidad. En fin, ¿qué no ha hecho?

—Vale, todo eso está muy interesante, pero… ¿qué sentiste al verlo?

—¿Qué voy a haber sentido? Nada… bueno… alegría quizás, de que le vaya tan bien.

—Sí, claro, y por eso van a montar un negocio al otro lado de Europa con el hombre que te volvió loca a los 20.

—Sí, porque es un buen profesional con el mismo interés que yo.

—¿Y por qué Bulgaria?

—Porque hablo búlgaro, porque me gusta el país, porque tiene potencial y porque casi no hay academias de español.

—Ok, si quieres creer eso para estar tranquila, vale.

Mi teléfono empieza a vibrar encima de la mesa y extiendo mi mano para cogerlo: es Lucas. Me disculpo con María un momento y atiendo la llamada lo más natural posible, como si no se me hubiera alterado todo por dentro al ver su nombre en la pantalla.

—Hola.

—Hola, mi niña, ¿cómo estás? —Si antes sentía que se me removía todo por dentro, ahora además sentía que se me ponían las mejillas rojas. «Mi niña»… no escuchaba ese apodo desde hacía tantos años.

—Todo bien, ¿y tú? ¿Me llamas por algo o…? —«Claro que te llama por algo, tonta», me digo a mí misma, «¿si no, para qué te va a llamar, para darte los buenos días?».

—Sí, verás, me he estado comunicando con una amiga que es broker y, bueno, me dijo que tiene un lugar perfecto para empezar con la academia.

—Eso está genial.

—Bueno, primero tenemos que verlo. ¿Te viene bien mañana a eso de las… 5 de la tarde? Es que mi avión no llega hasta las tres.

—Claro, no hay problema. Nos vemos mañana entonces.

—Nos vemos. Besos.

María se queda mirándome desde el otro lado de la mesa hasta que cuelgo el teléfono. Cuando voy a abrir la boca para contarle, vuelve a vibrar mi teléfono, pero esta vez con un mensaje de Lucas.

—Hola, disculpa que te moleste nuevamente, pero necesito un favor.

—Claro, dime —tecleo rápido.

—Me acaba de escribir la amiga que me iba a buscar al aeropuerto diciendo que le ha surgido un imprevisto y no podrá ir. ¿Crees que podrías pasar a recogerme?

—Si estás muy complicada me pillo un taxi, no te preocupes.

Me pone un sticker de un perrito sonriendo a continuación que me hace mucha gracia.

—Vale, solo dime la hora y ahí estaré.

—A las 3 llega el avión, es la terminal 2.

—Perfecto, nos vemos mañana entonces.

—Gracias, besos.

Dejo el teléfono en la mesa disculpándome con María.




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