Daniel
Había visto la lástima en sus ojos, todas me miraban así la primera vez que me veían y ya estaba acostumbrado, pero no me agradaba. Sin embargo, aquella chica escurridiza que acababa de contratar parecía buena para escuchar, porque después de colocarme la ropa simplemente se había marchado sin volver a decir una sola palabra.
Me recosté en mi solitaria cama, odiando el dolor intenso que comenzó a filtrarse en mi pierna. Mañana llovería sin lugar a dudas y eso solo hacía peor mis lesiones. Podía mover muy poco mi brazo derecho, así que se me hacía muy difícil poder vestirme por mi cuenta o conducir o caminar como una persona normal. En pocas palabras, solo era algo inservible que seguía respirando y manteniéndose vivo por puro instinto de supervivencia.
Apagué la luz en la mesa de noche, cuando me cansé de ahogarme en mi autocompasión, me acosté deseando que el día no llegara, pero como cada cosa en mi vida, el universo no me escuchó, así que cuando el despertador en mi mesa sonó, supe que había llegado la mañana.
Tomé el móvil para marcarle a la nueva empleada esperando que aún no se hubiese despertado para poder tener una excusa para amargar la vida de alguien más, pero no había terminado de cortar la llamada cuando el toque en la puerta fue seguido del sonido de esta abrirse.
— Buenos días, señor Montenegro, cómo amaneció usted hoy — cuestionó con una pequeña sonrisa en sus labios antes de caminar directamente hasta la ventana —. La verdad es que la mañana está un poco gris, pero hay un poco de luz, así que…
— Solo ayúdeme a ir a la ducha, me da igual si llueve o no, no voy a salir fuera — me irritaba esa buena actitud en la mañana.
— Claro, señor.
Ella prendió las luces antes de correr hasta mí, pude ver sus ojos clavarse en mi entrepierna cuando alejó la manta de mí, pero no hubo manera de esconder lo que cualquier hombre experimentaba cada mañana. Hice mis labios una línea antes de hablar.
— Es normal, si alguna vez tuvo un hombre en su cama en la mañana, sabe que simplemente es…
— Lo siento, señor — ella habló con prisas —, no tiene que darme explicaciones o algo similar — alzó sus ojos hasta mí —. Yo… Yo no quería mirarle de esa manera, no era mi…
— Solo haga su trabajo.
Repetí mientras el aroma suave de su perfume me envolvía. No era una fragancia común, pero tampoco era algo que pudiera llamar molesto o irritante, el color café de su cabello también era de un tono bastante bonito que brillaba cuando la luz daba directamente sobre él y no debía estarme fijando en aquellas cosas, pero yo era un hombre que pasaba demasiado tiempo fijándose en los pequeños detalles.
— ¿Puede caminar por su cuenta? — dijo mostrando mi bastón —. ¿O necesita ayuda?
— Hoy necesito ayuda — dije odiando admitir mi incapacidad para seguir adelante —. Necesitas llevarme al baño y darme una ducha, los días de lluvia el dolor es mucho más… Difícil — respiré —. Cuando terminé de ducharme, puede simplemente preparar el desayuno y…
— Ya preparé el desayuno, encontré una lista en uno de los cajones de la comida, así que preparé tostadas; té de arándanos, también un zumo de naranja y…
— Hablas demasiado — dije mientras entrábamos al baño —. No me gusta eso, no necesitas decirme nada, solo haz las cosas como creas conveniente.
Ella asintió, respiró profundamente antes de comenzar a desnudarme y una vez más mis ojos se encontraron con los suyos. Ella humedeció sus labios en el momento en que llegó a la cinturilla de mi pantalón de pijama. Mis ojos se movieron hacia abajo para toparse con una vista que no esperé encontrar.
Pude ver el canalillo de sus pechos através del escote del vestido, maldije para mis adentros cuando ella alzó sus ojos hasta los míos e intenté realmente no mirarla mientras ella una vez más comenzaba a hablar nerviosamente.
— Bien, entre a la bañera, señor — dijo ella antes de arrodillarse junto a la tina cuando estuve dentro —. Comenzaré con su… baño.
— Bien, pero no me mire, por favor, y cambié de perfume, que el que usa es muy desagradable.
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Editado: 02.04.2025