Maia.
Veinticuatro minutos fue lo que tardó en encontrarme.
Dos tragos y ya se encontraba frente a mí con el cabello desordenado y su rostro molesto.
Su camisa algo desprendida por la prisa.
—Ups, me has encontrado. —digo mientras termino mi trago.
—¿Te gusta cabrearme? —dice mirándome fijo a los ojos a tal punto que podía sentir como si intentara atravesarme. —La cacería ha terminado gatita.
—No aguantas nada, solo quería saber si me encontrarías. —digo pidiéndole otro trago al bartender.
—He salido de mi cama para venir a buscarte, ¿cuantas veces te he dicho que no me gusta que andes con extraños? Maia debes llamarme, sabes que siempre dejo mi teléfono encendido por si necesitas algo.
—Mmm me has dicho que quieres que yo maneje, es decir que sea más independiente de tí, eso estoy haciendo querido, tu me obligas a esto.
Él se inclina delante de mí.
—Un día de estos de doblegaré sobre mis piernas y te daré las nalgadas que nadíe ha aprendido a darte, juegas con que nunca había amado a nadie como te amo a tí, te amo tanto que siento que estar lejos de tí es como estar en un incendió en mi interior, me destroza la mente pensar que sufres, pero soy consciente que tú también necesitas soltarte por tu propio bien, no quiero que vuelvas a depender de un hombre como lo hacías anteriormente, se que esta vez no será igual porque yo no soy él, pero no quiero que en mi encuentres algo que te limite, pero no tires de la cuerda que puedes encender al mismo infierno que habita en mi he intento controlar..
Escucho con cuidado sus palabras.
—Despertar al infierno, suena provocardor y si se que tú no eres él. —le murmuro antes de darle un ligero beso en los labios, tomándolo por sorpresa. —Yo sé perfectamente que no eres él.
Estaba por retirarme, pero sus manos se posaron en mi cintura obligándome a mantenerme ahí, en mi lugar.
Sus labios rozaban los míos casi como queriendo pedir permiso.
—Hay veces donde el pedir permiso para eso que tanto deseamos sobra. —le murmuro.
Y eso fue solo lo que necesito escuchar para atacar mis labios en una sincronía casi perfecta.
Me distancie solo para intentar recuperar mi respiración, pero él volvió al acecho.
—Suficiente. —tomo distancia. —Esa fue tu recompensa por encontrarme. —digo sonriéndole.
Este solo negó con una sonrisa.
—Yo te encontraría hasta en el mismo infierno y lo sabes, si de tí se trata solo tú me detienes.
No sé qué fue lo que pedí precisamente cuando manifesté a un hombre como este, pero no creo que sea un hechizo que se repita.
—¿Qué tal tú cena con tú maridito? —habla notoriamente celoso.
Suspiro.
—Una real pérdida de tiempo, no comí nada y para colmo me toco escucharlo hablar tonterías, quiere que le de un mes para enamorarme y si no logra enamorarme dice que me dará el divorcio.
Su rostro tomo totalmente otra forma.
—Dejame ir a deformarle la cara. —dice Massimo comenzando a caminar pero llego a detenerlo.
—¿Por qué te dejaría hacer algo así? No he aceptado, bueno en realidad he enviado a mi abogado a averiguar algunas cosas, pero no me pienso volver a involucrar con él de ninguna forma, yo solo deseo que se arrastre por el piso, pero no volveré a estar bajo su mismo techo jamás.
El solo asiente antes de tomarme la mano y comenzar a caminar conmigo.
—Espera no he pagado mi cuenta. —intentó detenerlo.
—Es mi bar, no tienes que pagar ninguna cuenta conmigo.
Sus palabras solo eran un golpe indirecto a mi orgullo atrapado en los recuerdos de aquellas cuentas que pague para Thiago Vega, autorizando pagos sin sentido para mí en restaurantes caros, siendo que yo me encontraba en casa con la cena hecha por mi, él cenaba con ejecutivos o esas eran sus palabras, se comunicaba conmigo en las tardes, solo para que autorice sus pagos, como si fuera su cajero automático.
Todo era por nuestro futuro esa eran las palabras que utilizaba para intentar aplacar mis dudas, mientras el deslizaba la extensión de mi tarjeta, jamás un gracias, siempre un mensaje sin respuesta por mi parte.
Massimo me llevo hasta su auto y comenzó a conducir, debió haber notado mi silenció porque en un semaforo se detiene.
—Habla. —dice sin mirarme.
—¿Alguna vez te has enamorado de otra persona? —le pregunto.
Lo veo fruncir el ceño.
—¿Por qué la pregunta?
—Quiero saber.
Un segundo lo dudo antes de responder.
—Si, puede ser.
Pienso en todo el tiempo que llevo conociéndolo y no reconozco haber visto una sola mujer a la que él le muestre interés.
—¿Quien?
El niega.
—No necesitas saberlo, solo te diré que es fácil esconder a una mujer en mi vida cuando tú solo estabas interesada en tu esposo.
—¿Es decir que ha sido recientemente?
El solo sonríe levemente.
—Solo te diré que tú me provocaste a buscarla, tal vez no lo recuerdas, pero la navidad pasada te llamé y me atendiste ebria me dijiste “Quiero que encuentres a otra mujer”, todo lo que sale de tí es un reto para mí, pues la encontré, pero es difícil mantener a una mujer feliz, cuando delante de tí pasa el infierno en tacones y se te van los ojos.
—Ya la recuerdo, Estefania, tu secretaria. —mencionó con algo de enojo. —Hermosa, pero odiosa.
—No opinaré de otras mujeres delante de tí.
—¿Tampoco lo hacías con ella?
—¿Por qué tan interesada en mi vida amorosa Beltrán? La curiosidad mató al gato.
—En dado caso soy una gatita y no creo que un lobito me mate.
Se detiene frente a mi departamento.
—Dile a Estefania que a partir de mañana comienza a trabajar bajo mis órdenes también. —hablo simplemente, su rostro es un poema. —No tengo secretaria y ya que trabajas a la par mía, no es malo compartir secretaría también.
—No debería haberte dicho nada.
—¿Acaso tienes miedo de que me pelee con ella o de que nos aliemos? —acarició levemente su mejilla.
#32 en Novela romántica
#16 en Chick lit
#16 en Novela contemporánea
romance celos odio amor, esposa ideal, esposa abandonada celos
Editado: 19.09.2026