Abro los ojos de golpe y me incorporo en la cama con el corazón acelerado, llevando la mano al pecho justo donde recuerdo haber sentido un dolor insoportable que me estaba dejando sin aire.
Bajo la vista esperando ver sangre o algo, pero mi piel está intacta y eso me obliga a preguntarme si todo fue un sueño. Exhalo aliviada, aunque el alivio dura poco porque algo no encaja; esta no es mi cama. Las sábanas son demasiado suaves y la habitación elegante que me rodea me resulta completamente desconocida.
¿Dónde estoy?
Miro alrededor tratando de ordenar mis ideas y enseguida surge una teoría bastante absurda. ¿Me volví sonámbula y terminé en casa de un extraño? Estoy bastante segura de que no me acosté con nadie anoche y tampoco tengo el hábito de caminar dormida hacia mansiones ajenas, lo cual descarta esa opción o al menos la vuelve extremadamente preocupante.
Aparto las sábanas y pongo los pies en el suelo, notando que la alfombra es tan suave que mis dedos se hunden un poco. En ese momento también descubro la túnica negra que llevo puesta, lo que me obliga a bajar la mirada otra vez mientras trato de entender qué demonios está pasando.
—¿Qué carajo…?
Examino la ropa que llevo con más atención y me doy cuenta de que no es la mía. ¿Por qué tengo una bata negra que tapa todo? No puede ser que me haya unido a un convento durante la noche.
Abro los ojos un poco más porque otra posibilidad surge de inmediato y esa me gusta todavía menos.
¿Y si morí?
Vuelvo a recorrer la habitación con cuidado, buscando señales que confirmen o desmientan la idea. ¿Esto es el cielo? ¿El infierno? ¿Alguna sala de espera espiritual donde revisan tu expediente antes de decidir tu destino?
—Okay, Sunny, cálmate —murmuro mientras me paso una mano por la cara—. Todo tiene una explicación. Lo importante es que no estás muerta… o al menos eso espero.
Encuentro una puerta y la abro, descubriendo que es el baño. Entro rápido y me detengo un momento para revisar el lugar, porque es enorme, brillante y ordenado hasta el último detalle.
Hay una bañera gigantesca que claramente pertenece a gente con demasiado dinero y demasiado tiempo libre para darse baños largos, lo que me provoca una ligera sospecha de que aquí vive alguien muy rico.
Decido ocuparme primero de una necesidad básica, ya que las crisis existenciales se manejan mejor con la vejiga vacía, y después me acerco al lavamanos. Cuando levanto la cabeza para mirarme en el espejo me quedo completamente inmóvil, porque hay una mujer frente a mí.
Retrocedo con un pequeño grito y la mujer hace exactamente lo mismo. Inclino la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, comprobando que ella repite cada movimiento con absoluta precisión, lo que me obliga a levantar las manos para tocar mi rostro con cuidado mientras el reflejo me imita sin retraso. En ese momento entiendo algo imposible: soy yo y al mismo tiempo no soy yo.
—Muy bien… —susurro mientras sigo mirando el espejo—. Esto ya es demasiado.
El rostro que veo es diferente, más delicado, el cabello castaño oscuro cae en ondas suaves sobre los hombros y la piel parece conocer productos de belleza que yo jamás podría pagar, lo que hace que una idea absurda cruce por mi mente.
—¿Cambié de cuerpo con una religiosa elegante?
El mareo llega de repente y apoyo las manos en el lavamanos para no caer mientras trato de mantener la calma.
—Por favor que no esté embarazada —murmuro cerrando los ojos—, porque ya sería el colmo despertar en otro cuerpo y además tener que lidiar con un bebé sorpresa.
Respiro varias veces hasta sentir que el mundo deja de girar y entonces salgo del baño para abrir la puerta de al lado, encontrándome con un armario enorme lleno de ropa perfectamente ordenada. Vestidos blancos, negros y marrones, zapatos alineados y bolsos caros que probablemente cuestan más que mi alquiler.
Cruzo los brazos mientras examino todo con cierta sospecha.
—Bueno, o soy una religiosa rica o definitivamente esta no es mi habitación.
Me pellizco el brazo esperando despertar en mi pequeño departamento con el ruido del vecino gritándole al televisor, pero no pasa nada y sigo aquí, lo que confirma que esto no es un sueño o al menos no uno del que pueda salir fácilmente.
Salgo del armario y abro otra puerta que da a un pasillo amplio y silencioso donde todo es blanco y pulcro, algo que me recuerda a un hospital aunque aquí no hay olor a desinfectante ni gente caminando con cara de sufrimiento. Avanzo unos pasos y abro otra puerta, encontrando una habitación similar, con más personalidad en la decoración.
—¿Qué haces en mi habitación?
Me quedo congelada mientras tomo aire lentamente y busco inventar una excusa decente, aunque el problema es que no sé dónde estoy, no sé quién soy y tampoco sé quién acaba de hablar.
Giro despacio y cuando finalmente veo al dueño de la voz me quedo muda, porque el hombre frente a mí es uno de los más guapos que he visto en mi vida. Lleva un traje elegante que parece hecho a medida y tiene ese aire de modelo misterioso que obliga a mirarlo dos veces, lo que provoca que mi cerebro tarde un segundo en reaccionar antes de pensar que sin ropa también debe verse muy bien.