Ya no soy tu esposa olvidada

Capítulo 2: Sunny

Al llegar al edificio, lo primero que veo es un coche patrulla estacionado frente a la entrada y a varios vecinos reunidos en pequeños grupos, murmurando con ese tono bajo que siempre aparece cuando ocurre algo grave, aunque sus caras tengan más curiosidad que tristeza; frunzo el ceño, porque eso ya es una pésima señal, y me acerco despacio, cruzándome de brazos mientras miro a uno de ellos.

—¿Qué pasó?

El hombre me observa apenas un segundo antes de responder.

—Una mujer murió de un paro cardíaco. Su amiga la encontró esta mañana. Ya se llevaron el cuerpo.

Parpadeo, sintiendo que mi cerebro tarda más de lo normal en procesar lo que acaba de decir.

¿Una mujer?

La palabra se queda dando vueltas en mi cabeza mientras una sensación incómoda me sube desde el estómago, como si mi cuerpo entendiera algo que yo todavía no termino de captar, y trago saliva, mirando un segundo hacia la entrada.

—Ah… ya veo… —murmuro, aunque claramente no estoy viendo nada.

No me quedo a escuchar más porque algo no encaja, algo no me gusta en absoluto, así que entro al edificio, subo las escaleras con más prisa de la que me gustaría admitir y avanzo por el pasillo sintiendo cómo esa incomodidad crece en el pecho, hasta que llego a mi departamento justo cuando dos policías salen de él hablando entre ellos con total normalidad, sin mirarme siquiera, como si yo no tuviera nada que ver con lo que acaba de pasar ahí dentro.

¿Yo soy la muerta?

La idea aparece sin aviso y me deja helada un segundo.

No… no puede ser. O sea, sí puede ser, porque claramente algo raro está pasando, pero preferiría que no.

Empujo la puerta y entro sin pensarlo demasiado, porque quedarme afuera no va a mejorar la situación, y me encuentro con Lana sentada en mi sofá, encogida sobre sí misma, con los ojos rojos y la cara húmeda.

—Lana… —digo, sintiendo cómo algo se me aprieta en el pecho al verla así.

Ella levanta la mirada, confundida.

—¿Sí?

Me acerco y me arrodillo frente a ella, apoyando las manos en sus rodillas, como si ese contacto fuera a ayudar a que lo que voy a decir tenga algún sentido.

—Soy yo… Sunny.

Durante un segundo no pasa nada, como si la frase se hubiera quedado suspendida entre nosotras sin encontrar dónde encajar, y luego su expresión cambia, se aparta y se pone de pie de golpe.

—Disculpe… creo que se equivoca.

—No, espera… no me equivoco —me levanto también, moviéndome para no dejarle paso hacia la puerta, aunque intento no parecer una secuestradora improvisada—. No te asustes, ya sé que suena raro, bueno, no raro, suena completamente imposible, pero soy yo, Sunny, solo que… no en mi cuerpo.

Niega con la cabeza, cada vez más alterada.

—No, no es posible. Mi amiga está muerta. Yo la encontré… —señala hacia la habitación y su voz se quiebra un poco—. Esto no es cierto. Váyase o voy a gritar, se lo digo en serio.

Tiene todo el derecho del mundo a reaccionar así y lo sé, pero si la dejo ir ahora esto se convierte en una historia paranormal con denuncia incluida, así que respiro hondo, intentando ordenar mis ideas.

—Está bien, tienes razón, esto es una locura, y si estuviera en tu lugar ya habría salido corriendo, pero dame un minuto, solo uno, y si después quieres llamar a la policía o a un sacerdote, lo respeto completamente, incluso puedo esperar sentada mientras vienen —digo, levantando un poco las manos en señal de rendición antes de continuar—. En tu cumpleaños dieciocho te emborrachaste y te besaste con Daniel Mitchell en una habitación. Tu novio John casi te descubre y le hicimos creer que fui yo la que besó a Daniel para salvar tu relación, y de paso yo aproveché para terminar con mi novio idiota sin tener que dar demasiadas explicaciones.

Lana se queda completamente quieta, como si alguien hubiera presionado pausa.

—¿Cómo sabes eso? —pregunta al fin, en voz baja—. Solo Sunny lo sabía.

—Porque soy Sunny —respondo, señalándome con una mezcla de paciencia y urgencia—, y si eso no te convence, puedo seguir, tengo material de sobra. Por ejemplo, el tatuaje en el trasero con el nombre de Julian que te hiciste en la universidad, y que luego te quitaste con láser cuando descubriste que te engañaba con Gabriella. Yo fui contigo, te sostuve la mano, escuché cada insulto creativo que salió de tu boca y estoy bastante segura de que amenazaste con vengarte tres veces en menos de diez minutos.

Niega con la cabeza, pero ya no con la misma firmeza.

—¿Sunny…?

Asiento, acercándome con más cuidado esta vez, tomando sus manos entre las mías.

—Sí, soy yo. No sé cómo explicarlo mejor que eso, desperté esta mañana en este cuerpo, en un penthouse enorme que parece sacado de una revista, con un esposo por contrato que es tan cálido como un bloque de hielo, y lo primero que hice fue venir aquí porque pensé que la otra Sunny estaría en mi cuerpo, que podríamos… no sé, intercambiar de nuevo o algo lógico dentro de lo ilógico, pero… —miro hacia la habitación, sintiendo cómo la idea termina de asentarse— no está. Mi cuerpo está muerto, Lana.




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