Ya no soy tu esposa olvidada

Capítulo 3: Zion

Saludo a los accionistas y a sus esposas mientras, casi sin darme cuenta, vuelvo a mirar la hora. Sunny suele llegar antes que yo, ubicarse a mi lado y encargarse de que todo fluya con una naturalidad que yo nunca tuve. Hoy no está.

Y no es solo la demora; esta mañana se veía distinta, pálida, algo desorientada, vestida sin el cuidado habitual y con una prisa que no se tomó la molestia de explicar. No es que tengamos un matrimonio tradicional —cada uno hace su vida y cumplimos lo que figura en el contrato—, pero ella siempre está, siempre atenta a lo que necesito incluso cuando no lo pido, y esa constancia termina siendo una forma de presencia difícil de ignorar.

—Zion.

Levanto la vista y encuentro a Malory acercándose con esa seguridad suya que no necesita anuncio. Le devuelvo la sonrisa por reflejo, más por educación que por otra cosa.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por si necesitabas ayuda con algo —dice mientras toma mi brazo con naturalidad—. No soy tu esposa, pero trabajo para ti y sé cómo se organizan estas cosas.

Asiento, aunque su gesto me obliga a acomodarme apenas, lo justo para que no parezca que me incomoda.

Malory siempre ha sido así, práctica, disponible y sin rodeos. Durante un tiempo pensé que esa combinación podía ser suficiente para construir algo, pero la realidad se encargó de decidir por nosotros cuando mi matrimonio con Sunny dejó de ser una opción y pasó a ser una obligación.

Nunca hubo nada serio entre Malory y yo, apenas un par de citas y la idea, más cómoda que real, de que podríamos funcionar. Ahora la veo como lo que es, una buena amiga, una excelente colaboradora y alguien con quien me resulta fácil entenderme sin explicaciones innecesarias. Además, hay límites que no estoy dispuesto a cruzar, no por romanticismo sino porque el acuerdo con Sunny es claro y, aunque no haya amor de mi parte, romperlo no está sobre la mesa.

Sé que Sunny sí está enamorada de mí y, justamente por eso, sería incapaz de justificar una traición, ni siquiera con la excusa de que esto nunca fue una historia de amor.

—¿Y tu esposa, Zion? —pregunta Karl Johnson, acercándose con una copa en la mano y esa curiosidad que intenta pasar por cortesía.

—Se le hizo tarde, tenía algunas cosas que resolver —respondo, sin darle más espacio del necesario.

En ese momento, la puerta se abre. La persona que entra es Sunny, aunque me toma un instante reconocerla como tal, y no soy el único.

El rojo de su vestido no solo llama la atención, la exige; es corto, ajustado, delineado por franjas negras y blancas que marcan su figura con una precisión que parece deliberada, como si cada línea estuviera pensada para guiar la mirada sin pedir permiso. Sus hombros se ven firmes, definidos, y su postura segura. Estoy acostumbrado a verla en tonos neutros, en ropa que acompaña sin destacar, y este contraste no es menor, porque no hay nada en ella que pase desapercibido en este momento.

Su cabello está recogido en un moño alto, pulido, dejando el rostro completamente despejado, y cuando sonríe para saludar, lo hace con una tranquilidad que no coincide con la imagen que tengo de ella en este tipo de reuniones.

—Hola a todos. Perdón el retraso, estaba ayudando a una amiga a organizar un funeral y se me fue el tiempo.

Algunas personas asienten con gestos de comprensión, otras la miran con un interés que ya no se disimula, y yo doy un paso hacia ella antes de que alguien más se adelante.

—¿Por qué estás vestida así? —le digo en voz baja, inclinándome lo justo para que no se note desde lejos.

Ella baja la mirada un segundo, como si evaluara la pregunta más de lo necesario.

—¿Así cómo?

—Llamativa —aclaro, y hago un gesto leve con la mano, abarcando el vestido sin tocarla.

—El otro estilo me aburrió, así que decidí cambiar un poco. A mí me gusta —responde, acomodándose apenas la tela en la cadera con un movimiento tranquilo.

—Es demasiado para esta reunión.

—¿Van a hacer negocios o a analizar mi ropa? —replica, mirándome ahora con más firmeza—. No exageres.

Estoy por insistir, pero ella ya se ha movido, pasando a mi lado con una naturalidad que deja claro que la conversación, para ella, terminó. Se sienta y toma la servilleta como si nada hubiera ocurrido.

—Qué falta de respeto —murmura Malory, inclinándose hacia ella lo suficiente para que se escuche—. No deberías ser tan descarada.

Sunny alza una ceja, la observa un segundo y sonríe sin apuro.

—¿Yo? Si quisiera ser descarada, créeme, habría elegido algo con menos tela.

—Zion, ¿no le dirás nada? —insiste Malory, volviendo a apoyarse en mi brazo.

Sunny suelta una risa breve.

—¿Qué podría decirme? ¿Qué me vaya? —me mira directamente—. Si lo dices, no tengo problema en hacerlo, de verdad.

Hace el amague de levantarse y, casi por reflejo, la detengo sujetándola del brazo, notando por primera vez lo firme que mantiene la postura.

—No te vas. Esta reunión es para organizar el evento de la empresa y las esposas de los accionistas deben estar presentes, son quienes se encargan de la parte benéfica.




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