Ya no soy tu esposa olvidada

Capítulo 4: Sunny

—¿Qué va a hacer con esta ropa, señora?

—Si hay algo que te gusta, puedes quedártelo. Lo demás, dónalo a personas necesitadas.

—¿Está segura?

—Sí.

—De acuerdo.

La empleada de servicio abandona la habitación diciendo que irá por unas cajas mientras yo sigo acomodando mi nueva ropa.

No podía deshacerme de toda la ropa porque había prendas de diseñador y vestidos de fiesta que, con algunos cambios, quedarían totalmente a mi estilo.

No pude estudiar diseño de modas, pero aprendí costura y confección. Puedo modificar algunas prendas para darles más personalidad y no desecharlas porque, aunque haya gente necesitada, la mayoría suele preferir ropa práctica y básica, no chaquetas aburridas ni vestidos diseñados para esconder cualquier rastro de feminidad.

En serio, la otra Sunny pareciera haber sido criada en un convento. Aunque, pensándolo bien, por los recuerdos que tengo de sus padres, su madre es básicamente una versión anciana de ella, mientras que el padre apenas parece interesado en la existencia de su esposa e hija. Una familia llena de amor y calidez… si el amor y la calidez fueran delitos.

Bueno, ella ya no está y yo sí. Y no solo voy a aprovechar esta nueva vida para hacer lo que quiero y convertirme en una mujer independiente y empoderada, sino que también ayudaré a la gente que lo necesita y vengaré a la otra Sunny.

En lo que queda del año ignoraré al esposo frío e idiota que se babea por su amiga. Y si me provoca, le haré saber quién manda. No literalmente, porque no puedo decirle que transmigré al cuerpo de su esposa. Eso sería darle motivos para creer que estoy loca y terminaría encerrada en un manicomio. O peor, le da un infarto y se muere del susto.

No. Mejor no.

No pienso cargar con la muerte de nadie. Mucho menos de un hombre que ni siquiera merece que desperdicie mi paciencia, y mucho menos mi conciencia.

Con respecto a los padres de Sunny, cortaré lazos. Total, si voy a quedarme con una fortuna después del divorcio, no necesito el dinero de esos manipuladores emocionales que apenas saben fingir afecto. Y aunque sea muchísimo dinero, tampoco pienso convertirme en una avara. Mi paz mental vale más.

La otra Sunny detestaba a Malory y vivía armando dramas por ella. A mí me da igual.

No es más que una arrastrada sin amor propio, obsesionada con Zion como si fuera el último hombre sobre la tierra y no un empresario emocionalmente estreñido con cara bonita. Si tanto lo quiere, puede quedárselo. Le regalo hasta el moño.

Yo me enfocaré en mí y luego encontraré un hombre que realmente valga mi tiempo… u hombres.

¿Quién dijo que tengo que limitarme a uno?

Seré millonaria y no tendré que rendirle cuentas a nadie. Honestamente, eso suena más romántico que cualquier propuesta de matrimonio.

Sonrío, emocionada ante la idea de mi brillante futuro lleno de libertad, dinero y hombres atractivos que sí sepan expresar emociones básicas.

Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos felices.

—Puedes entrar, Josie —le digo a la empleada.

La puerta se abre, pero no es Josie. Es el esposo de hielo.

—Soy yo.

—Ya veo.

Agarro un par de zapatos. Tal vez Sunny no tenía buen gusto para la ropa, pero está claro que sí lo tenía para el calzado. Estos tacones son tan hermosos que merecen un altar propio.

Giro la cabeza y enarco una ceja hacia Zion, que está mirando los libros de diseño de moda que compré después de anotarme en la carrera.

—¿Necesitas algo? —pregunto.

Él aparta la mirada de los libros y me observa.

—¿Desde cuándo te interesa el diseño de moda?

Suspiro.

—Desde siempre. Solo que antes no me atrevía a seguir mis sueños, pero ahora sí.

Él asiente lentamente.

—Me cuesta creerlo. Nos conocemos desde hace años, desde antes de casarnos, y nunca supe sobre eso. Te recuerdo leyendo libros y disfrutar de la literatura.

Hago una mueca y me río con ironía mientras doblo cuidadosamente una camiseta.

—Nos tratábamos, pero no nos conocíamos. Bueno, tú nunca conociste realmente a tu esposa. Ella sabía todo de ti, incluso tu color favorito, pero tú apenas sabías que seguía respirando. Solo la considerabas un estorbo sumiso que no merecía tu atención.

Noto la incomodidad en su mirada y, sinceramente, me alegra, porque aunque a mí me dan igual sus desplantes, sé perfectamente cuánto herían a la otra Sunny, que prácticamente vivía esperando migajas de afecto de ese hombre emocionalmente congelado.

«No te preocupes, amiga Sunny. Yo me encargaré de cobrar todas las humillaciones con intereses».

Aunque, siendo honesta, tampoco puedo evitar pensar que ella nunca debió rebajarse tanto por él. Pero no la juzgo. Era una mujer desesperada por amor y jamás tuvo a nadie que la guiara o le dijera que arrastrarse por un hombre nunca termina bien. Bueno, excepto para el hombre.




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