—No te la puedes llevar. No tienes autoridad para decidir por ella.
La rubia se interpone cuando intento llevarme a Sunny.
—¿No tengo? Soy su esposo.
—No eres su dueño. Además, solo eres esposo en papel. En todo lo demás, no.
Aprieto la mandíbula.
¿Sunny le contó a esa amiga sobre nuestro acuerdo? Se suponía que nadie debía saberlo. Yo ni siquiera se lo mencioné a Malory ni a Greg.
—Oigan, no me tironeen como si tuviera los brazos de goma —se queja Sunny.
Me acerco a ella y le hablo en voz baja.
—Si no vienes conmigo, nos divorciamos y no te llevas nada porque estarías rompiendo la cláusula que te prohíbe pasar la noche fuera de casa, y también la que dice que el acuerdo debía quedar entre nosotros.
Ella me mira horrorizada.
—Eso no…
—¿No lo recuerdas? Tú misma insististe en incluirlas cuando discutimos el contrato. Si quieres, al llegar a casa te lo muestro.
Sunny duda unos segundos antes de asentir. Luego le dice algo a su amiga, que termina soltándole el brazo.
—Debo irme con él. Mañana hablamos, ¿sí?
—Está bien, pero aquí estoy si me necesitas —la rubia me dedica una mirada cargada de desprecio—. Detesto a los hombres como tú.
Se da media vuelta y se lleva consigo al tipo semidesnudo que la acompañaba.
Camino hacia la salida sin soltar el brazo de Sunny. La tensión en su cuerpo basta para notar lo molesta que está, aunque no intente apartarse otra vez.
—Ya puedes soltarme. No voy a salir corriendo.
—Lo haré cuando lleguemos al auto.
—Me estás lastimando.
Me detengo enseguida y la suelto.
—Lo siento. No fue mi intención —ella se frota el antebrazo antes de pasar junto a mí sin decir nada—. El auto está hacia el otro lado.
Sunny se frena, gira con fastidio y cambia de dirección. La sigo hasta el estacionamiento. Apenas desbloqueo las puertas, ella sube al asiento del copiloto y yo ocupo el del conductor.
—No planeaba pasar la noche afuera. Solo quería divertirme un rato —dice cuando arranco—. Tu esposa pasó toda su vida encerrada en una jaula de oro y no me pareció justo.
La miro de reojo.
—¿Por qué hablas de ti misma en tercera persona?
Se humedece los labios mientras mira por la ventanilla.
—Porque quiero.
—No te hagas la víctima. Estamos en este matrimonio por tu culpa.
Gira la cabeza hacia mí.
—¿Mi culpa?
—Sí. Fuiste tú quien me atrapó con engaños y solo se usó la excusa del negocio. Y sé perfectamente que nunca pensaste divorciarte, queriendo enamorarme para evitarlo. Por eso redacté ese contrato con tus condiciones, el mismo que acabas de romper.
Ella niega lentamente.
—Tú también aceptaste casarte, así que deja de actuar como si te hubieran secuestrado camino al altar —se cruza de brazos—. Y no rompí nada. Apenas son las once. Solo iba a pasar un rato en esa fiesta y después volvería a casa. Mañana tengo mi primera clase de diseño de moda y, aunque te cueste creerlo, soy responsable.
Aprieto con más fuerza el volante.
¿Acaso ahora va a pretender fingir inocencia? Si no fuera por lo que hizo, jamás me habría casado con ella, dándome igual los negocios.
—¿Y por qué le contaste a tu amiga sobre el acuerdo? —pregunto, evitando profundizar en los motivos de la boda—. Tú dijiste que debía quedar entre nosotros.
—No le conté sobre el acuerdo. Solo le dije que nunca me habías tocado.
La forma tan natural en que lo dice me incomoda más de lo que esperaba.
—Eso no era asunto suyo.
Sunny deja escapar una risa incrédula.
—Bueno, perdóname por no tener experiencia hablando de relaciones. Estaban hablando de primeras veces y yo era la única que no sabía ni cómo participar en la conversación. Mi madre jamás iba a explicarme nada porque en su mundo esas conversaciones son indebidas. Lana se dio cuenta y terminé desahogándome. ¿Contento?
Me quedo callado unos segundos, sin saber qué responder. El enojo empieza a bajar apenas un poco, sustituido por una sensación incómoda que no termino de identificar.
—No te amo y no voy a acostarme contigo solo porque seas mi esposa. Eso siempre estuvo claro.
—Créeme, ya me quedó clarísimo.
—Entonces, ¿qué necesidad tienes de ir a ver bailarines?
Ella rueda los ojos.
—Solo tú puedes pensar que ir a una fiesta y mirar hombres guapos significa terminar haciendo algo más.
—No pongas palabras en mi boca.
—No hace falta. Tu cara ya dice suficiente.
Resoplo y noto que Sunny vuelve a mirar por la ventana, como si la conversación ya la hubiera agotado.