Ya no soy tu esposa olvidada

Capítulo 10: Sunny

Observo la enorme y elegante casa de los Duff y los recuerdos de Sunny vienen a mi mente, haciéndome doler la cabeza. Hay recuerdos de ella corriendo por este jardín, la niñera detrás regañándola por ensuciar la ropa y luego su madre haciéndole reproches que una niña pequeña jamás debería recibir.

No he dejado de preguntarme el motivo por el cual nuestras almas cambiaron de cuerpo y, mientras más recuerdos llegan a mi mente, más descubro que ella sufrió tanto como yo.

Sunny estaba atrapada en una jaula de oro, siendo ignorada por sus propios padres salvo cuando necesitaban algo de ella. Yo fui abandonada por mis padres en un orfanato y pasé de una casa a otra sintiendo que no encajaba en ningún lado.

Antes me preguntaba cómo era posible que ella no se independizara y siguiera obsesionada con un hombre que la desprecia, pero ahora comienzo a entender que Sunny no era simplemente débil. Fue manipulada psicológicamente durante años, al punto de no atreverse a desobedecer a sus padres. Lo único que buscaba era amor desesperadamente y por eso se aferró a Zion, aunque él la rechazara.

Yo, en cambio, crecí sin esperar nada de nadie, creyendo que tarde o temprano las personas te decepcionan y es mejor mantener distancia. Solo Lana ha estado a mi lado todos estos años, quizá porque pasamos por cosas similares y sabemos lo que es sentirnos solas incluso rodeadas de gente.

Miro el lugar mientras subo los escalones, decidida a cobrarle a Sunny lo que le deben. No solo haré que Zion se arrepienta por haber sido tan idiota y poco comprensivo con ella, también me ocuparé de que estas personas con títulos de padres entiendan que su hija ya no será más su peón.

Toco el timbre y espero.

—Llegué a tiempo.

Giro la cabeza y repaso con la mirada a Zion.

—¿Qué haces aquí?

—¿No es obvio? Acompañarte a cenar con tus padres. No entiendo por qué no me lo dijiste. No vienes aquí a menos que sea conmigo.

—Eso no está en el contrato.

—No, pero te lo prometí una vez cuando me rogaste y cumplo mis promesas.

Claro que la otra Sunny lo obligaba a venir porque lo usaba como escudo para protegerse de sus padres, pero yo puedo sola.

—No te dije porque sé que no te gusta venir y a mí ya no me importa. Como ya viniste y cumpliste tu promesa, puedes irte.

Niega con la cabeza.

—No, ya estoy aquí y tengo hambre. Tus padres no me agradan, pero siempre hay buena comida.

Estoy por decir algo cuando la puerta se abre y el mayordomo nos recibe. Vaya, es la primera vez que entro en una casa tan elegante siendo guiada por un mayordomo.

Vi a un mayordomo una vez cuando fui a llevar comida a una casa de ricos; en ese entonces trabajaba como repartidora y tenía dieciocho años, pero esto se siente diferente.

Nos acompaña hasta una sala tan grande y elegante que me da miedo tocar algo por temor a romperlo. Los Duff están sentados en el sofá. El señor Michael Duff fumando pipa y su esposa Julia Duff ojeando una revista.

—El señor y la señora Bennet —anuncia el mayordomo.

Lo miro, tentada a decirle que no hace falta ese anuncio como si fuéramos aristócratas del siglo XIX.

Mis padres se ponen de pie y se acercan a saludarnos manteniendo cierta distancia. Mi madre se enfoca en Zion, por supuesto, pues lo adora. Honestamente, si me dijeran que ella lo eligió primero y luego me lo pasó porque ya estaba casada, lo creería. Aunque viendo al hombre con el que se casó tampoco puedo culparla demasiado. Hay que tener estómago para estar con alguien así. ¿Qué le vio? Podría pensar que fue dinero, pero ella tiene más dinero que él.

¿Cómo es que su hija salió tan guapa con semejante sapo como padre?

—Sunny, deja de volar por ahí y pon atención a tu esposo. Acompáñalo al comedor y ahora nos reuniremos para cenar.

—Mi esposo es un hombre adulto que sabe perfectamente dónde está el comedor. No necesita que lo lleve de la mano como si fuera a perderse.

Mis padres abren los ojos con exageración y creo que acabo de meter la pata. Había dicho que controlaría mi lengua, pero parece rebelarse sola cuando estoy frente a ellos.

—¿Qué clase de respuesta es esa? —me regaña mi padre—. Una dama no habla así. Ahora deja de decir tonterías y cumple con tu papel.

Estoy por responderle, pero decido callarme porque no vine aquí para discutir todavía. En lugar de eso, miro a Zion y lo tomo del brazo.

—Vamos —digo secamente.

Aunque mientras caminamos no tengo idea hacia dónde ir. Tengo recuerdos de Sunny, pero hay cuestiones técnicas que no están claras, como el mapa de esta casa. Zion parece conocer el camino, así que lo sigo fingiendo que soy yo quien lo guía.

—Vaya respuesta les diste a tus padres. Sueles responder: “sí, mamá”, “claro, papá”, pedir disculpas por tonterías o bajar la cabeza.

Exhalo y me suelto de su brazo.

—Esa era la otra Sunny. Esta Sunny no deja que nadie le pase por encima. Hay que honrar a la madre y al padre, pero eso no significa dejarse pisotear.




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