Dentro de este ecosistema donde la naturaleza rige con mano de hierro, el equilibrio sostiene la convivencia entre el poder de la corona y la labor cotidiana de los citadinos.
Un castillo imponente, una ciudadela de piedra, el valle frondoso, los ríos caudalosos y las nieves eternas componen el tapiz de este paisaje.
El rey cuenta a su disposición con un consejo integrado por sabios, maestres y asesores, quienes dirimen los asuntos y la actividad del reino.
A su vez, los habitantes del valle participan en la estructura política a través de un regente, designado mediante un plebiscito en el que votan los jefes de cada aldea.
En las alturas de las Montañas Yarlorig, los dragones que custodian los cielos obedecen por instinto a su líder indiscutible: el gran Valakog.
Su liderazgo no solo se sostiene en su valentía legendaria y su destreza en combate, sino en algo mucho más determinante: su linaje puro, una contextura física colosal que sobresale por encima de los suyos y, sobre todo, esa simbiosis única reservada solo para aquellos que llevan el fuego en la sangre.
Una campana ancestral, cuyo tañido cruza los confines del valle, es la señal a la que acude la gran bestia.
Cierta tarde, el rey solicita su presencia para iniciar un vuelo de rutina.
Mientras los maestres observaban los preparativos en el patio de la ciudadela, el consejero Saberius se le acercó con gesto apesadumbrado, mirando de reojo las cumbres nevadas.
—Majestad, las últimas mediciones de la meseta occidental muestran una persistente inquietud en la piedra —advirtió con voz baja—. Las entrañas del mundo no descansan.
Loverius ajustó las correas de su arnés, manteniendo la templanza que su estirpe exigía.
—La montaña siempre guarda sus propios secretos, Saberius, pero los cielos de Yarlug le pertenecen a quien los cruza con honor —respondió el monarca con firmeza, antes de montar a la bestia—. Que el fuego guíe nuestro camino.
El recorrido comenzó tal como lo planeaban: partió desde las altas terrazas, cruzó la frondosa extensión del Valle Ehonig y ascendió hacia las fronteras de sus dominios, ejercitando una coordinación basada en la profunda conexión de esencias que los unía.
Fue durante el regreso de esa travesía, sobrevolando las tierras bajas, cuando una detonación sorda sacudió los cimientos del reino.
Al alzar la vista hacia la imponente silueta de la montaña, el horror los golpeó: el volcán, que había permanecido inerte e ignorado durante eras, acababa de despertar.
Su furia repentina no solo sembró el pánico entre los ciudadanos que labraban el valle, sino que inundó los cielos de cenizas y presagió consecuencias tan inesperadas como letales.