Yarlug El Reino Del Fuego

III. Amenaza de Extinción

​La furia contenida de Origo Ignis comenzaba a causar estragos en el continente. La ceniza se convirtió en una densa capa que cubría el vasto territorio; en las alturas y en las planicies se apreciaba solo la tonalidad gélida y grisácea de las cenizas volcánicas.

​Las consecuencias fueron determinantes, tanto para los citadinos como para los poderosos dragones, quienes comenzaron a manifestar comportamientos erráticos. En algunos casos, la muerte los alcanzaba en pleno vuelo, haciéndolos descender en caída libre como rocas indetenibles hasta impactar con la superficie.

​Al observar lo acontecido, el rey Loverius convocó a sus asesores, entendidos en la salud y la preservación de las especies. Los galenos y los maestres buscaron cómo frenar lo que amenazaba con la extinción de una especie, combinando distintos elementos que la misma naturaleza les puso al alcance de las manos.

​La campana volvió a sonar, pero esta vez sería para que el gran Valakog los conduzca hacia los afectados por la plaga. Al llegar al sitio, comenzaron a asistir uno por uno a quienes yacían débiles e indefensos por el mal que los consumía.

​La esperanza de que la cura fuera efectiva mantuvo en vilo a todo el reino durante varios días. Entonces, el volcán dejó de latir y volvió a su letargo. Fuertes vientos se alzaron desde el sur, haciendo que las nubes de ceniza se dirigieran hacia el norte.

​Esas corrientes trajeron consigo cambios y aportaron la energía necesaria para que los dragones retomaran el vuelo, volviendo a ser los guardianes del cielo de Yarlug.

​Por su parte, Loverius dio órdenes precisas de asistir a los citadinos para que las actividades regresaran a su curso, suspendiendo temporalmente las exigencias a las aldeas y brindando asistencia médica a quien lo necesitara.

​Demitrius, el regente de las aldeas, solicitó audiencia para reunirse con el gran maestre Saberius en los salones de la ciudadela.

​—Maestre —comenzó Demitrius con la voz aún quebrada por la tensión vivida—, el pueblo del valle me ha pedido que transmita algo que ninguna ley obliga a decir. Las tierras vuelven a verdecer, pero la verdadera salvación fue ver que la corona no nos dejó solos en la penumbra.

​Saberius asintió con solemnidad, apoyando las manos sobre los antiguos pergaminos.

​—Dile a tu gente que la fuerza de Yarlug no reside en su piedra, Demitrius, sino en la voluntad de quienes la habitan —respondió el anciano, esbozando una ligera sonrisa—. La tormenta ha pasado.

​En aquel encuentro quedó de manifiesto la profunda gratitud del pueblo para con su soberano, conscientes de que habían esquivado el abismo y que la amenaza de la extinción, por esta vez, se había desvanecido en el viento.




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