Versiones y rumores recorrían los pasillos del castillo sin detenerse, llegando hasta lo más recóndito del reinado. La reina se encontraba en su aposento, asistida por el galeno; la preocupación y la suspicacia prevalecían, mientras el rey no hacía más que recorrer los jardines, invocando a la savia para que la salud de su soberana mejorara.
El galeno se acercó a Loverius, quien se quedó inmóvil como quien no quiere afrontar ni escuchar lo que el sabio estaba a punto de decir.
—Su majestad, noto su rostro consternado, pero no hay por qué preocuparse —le dijo el galeno, buscando calmar la tensión del monarca.
—¿Podría ser más concreto con su diagnóstico? —replicó el rey con urgencia.
—Por supuesto, su majestad. La reina goza de una salud admirable.
—¿Y a qué se debe su malestar? —preguntó el rey Loverius, frunciendo el ceño.
—Su majestad, soy mensajero de la obra y de la decisión que ha tomado la savia.
—Vuelvo a repetirle: ¿puede ser más concreto?
—Un heredero está en camino; la reina está embarazada.
La emoción y la felicidad invadieron por completo al rey, quien se dirigió raudamente hacia su recámara, donde la reina reposaba.
Al verlo ingresar, la reina Yisbelias se incorporó lentamente y ambos se fundieron en un abrazo rebosante de amor y devoción.
Loverius se quedó sin palabras y con lágrimas recorriendo sus mejillas.
La reina le sonrió con ternura y le susurró:
—Su majestad, la savia me dio la bendición de ser la madre de su futuro heredero.
Loverius la abrazó con más fuerza, contemplando a través del ventanal las lejanas cumbres de Yarlorig.
Sabía bien que, tras haber esquivado la extinción de las bestias y la furia del fuego, la sangre que ahora comenzaba a latir en el vientre de la reina era la garantía definitiva de que el reino y los cielos tendrían un mañana, aunque una oscura advertencia le recordaba que las grandes alianzas siempre atraen las pruebas más severas.