Mientras los festejos y los banquetes resonaban en los salones de la ciudadela y las aldeas del Valle Ehonig celebraban la llegada del futuro heredero humano, las altas cumbres de las Montañas Yarlorig vivían su propia ceremonia.
Las nubes de ceniza de Origo Ignis se habían disipado por completo, dejando un cielo de un azul profundo y limpio, surcado por corrientes cálidas que invitaban al renacimiento.
En la repisa más alta del macizo, el gran Valakog desplegó sus colosales alas, sacudiendo los últimos vestigios de escarcha de sus escamas.
Su rugido, profundo y resonante como un trueno lejano, no era un lamento por la plaga superada, sino un canto de triunfo compartido que sacudió los cimientos del valle.
Desde la terraza principal de la ciudadela, el rey Loverius contemplaba la escena mientras sostenía firmemente la mano de la reina Yisbelias, sintiendo el latido de la nueva vida que crecía en su vientre
En ese preciso instante, los pasos del gran maestre Saberius rompieron la quietud del balcón.
El anciano se acercó al monarca con el rostro iluminado por una mezcla de solemnidad y asombro, haciendo una profunda reverencia.
—Su majestad, ruego que me disculpe, pero tengo noticias de máxima urgencia —dijo Saberius con la voz contenida por la emoción—.
El custodio de la guardia del fuego sagrado me acaba de hacer llegar un aviso: han hallado un nuevo huevo de dragón en las profundidades de la roca madre.
Sin dudarlo, Loverius apartó los festejos de la corte y ordenó que lo guiaran de inmediato.
Descendiendo a través de los oscuros corredores excavados en la piedra viva, el monarca se dirigió hacia la bóveda donde yace el fuego eterno, el santuario más recóndito de la montaña.
Al interiorizarse de lo que allí acontecía, observando el latido incandescente de la reliquia, ordenó estricta vigilancia y exigió que se le informara de cada detalle o novedad que se sucediera a partir de ese momento.
Pasaron unos días de tensa y febril espera, hasta que las primeras grietas surcando la cáscara del huevo llegaron finalmente a oídos de su majestad.
De aquel caparazón milagroso había nacido Daragon el sucesor que aseguraba la existencia y el linaje ininterrumpido del gran Valakog.
Al recibir la noticia y mirar nuevamente hacia el firmamento, donde la imponente silueta del líder alado surcaba el horizonte bañado por el sol, Loverius comprendió que el círculo se había cerrado por completo.
El fuego ya no era solo la furia ciega de la montaña que amenazaba con destruirlos; era el lazo indisoluble entre la corona, la tierra y el cielo.
Yarlug no solo había sobrevivido a la prueba de la extinción: se alzaba, más fuerte que nunca, preparado para entregarle un reino eterno tanto a la estirpe humana como al fuego alado que acababa de ver la luz.