La tormenta de cenizas quedó atrás, sepultada en las crónicas de los maestres como la prueba más dura que supo afrontar el continente.
En los valles, las cosechas reverdecieron con más fuerza, alimentadas por la memoria de lo que se estuvo a perder.
En las alturas, los dragones volvieron a reinar en los cielos con la certidumbre de un liderazgo indiscutible.
Y en los aposentos reales de la ciudadela, la silenciosa promesa del futuro comenzó a gestarse.
Las murallas de piedra resistirán el paso de los siglos, pero el verdadero legado de Yarlug ya no dependía de la solidez de sus fortalezas, sino del fuego inquebrantable que las venideras generaciones llevarían en la sangre.