Zarabel [1ra parte finalizado]

CAPÍTULO 22. Sé que eres tú

ZARA

Mi método favorito para enfrentar los problemas era huir. No era el más saludable y a veces traía más complicaciones que soluciones, pero me brindaba mucha paz.

—Estos globos azules se ven hermosos —Celeste exclamó con una enorme sonrisa en su cara, mientras sostenía una bolsa azul pastel.

Valeria se asomó con una mueca, no muy convencida de ello.

—Están lindos, pero creo que a Esther le gusta más el rosa. ¿No es cierto, Zara?

Estuve tan entretenida con la lluvia dorada que, cuando me asomé, me encontraba un poco aturdida por el cambio tan abrupto de tonalidades.

—En realidad, su color favorito es el verde.

Asintieron, no muy contentas al fijarse en los globos de un verde fosforescente que mareaba la vista.

—No ese tipo de verde —añadí entre risas.

Nos encontrábamos en una de las tiendas más grandes de la ciudad, en donde vendían todo tipo de decoración para fiestas. Apenas encontramos el tiempo necesario para explorar el conglomerado que, además de contar con un montón de artículos, estaba atiborrado de gente. El tórrido ambiente no hizo de la experiencia algo fácil de digerir.

Lo único que me motivaba a permanecer ahí era el saber que teníamos apenas dos días para los preparativos. Sin importar que el cumpleaños de Esther sería en tres días, lo festejaríamos uno antes, ya que caería en el fin de sema e, inevitablemente, ella se iría al pueblo.

Fue Celeste quien sugirió hacer un evento sorpresa, así que pensé en una buena excusa para no ir por ella a la facultad. Al final, no hizo falta, pues Ther me dijo que saldría con sus amigas por un helado. Eso me hizo sentir más tranquila. Me daba igual que mi amiga fuera una adulta hecha y derecha: el asunto de las cartas no se detenía; es más, durante estos últimos diez días fue incrementando. Por alguna razón ahora Esther recibía dos cartas al día, antes de que alguna de nosotras llegara a casa, lo cual sólo podría significar que aquel acosador conocía muy bien nuestros horarios.

Días antes le pregunté a doña Martina si alguien extraño solía acercarse al edificio o subía hasta nuestra puerta, pero dijo que no. Eso no hizo más que angustiarme. Para ese punto, ni siquiera sabía si prefería que Abel fuera el autor o no: cualquiera de las dos opciones era terrible.

Fruncí los labios. Cada vez que aquel nombre se me venía a la cabeza rememoraba lo que pasó hace más de una semana, el momento donde terminé por explotar, incapaz de contener mis emociones como solía hacerlo.

Ya no pienses más en eso. No vale la pena.

—Estuve viendo un montón de imágenes en Pinterest. Guardé las que se me hicieron más bonitas. —Valeria nos mostró su teléfono. En su mayoría, tenían un estilo elegante y sobrio, además de práctico y barato.

—No sé, este se ve un poquitín complicado —señaló Celeste aquella que estaba rodeada de plantas, con letras de madera—. Y dudo que nos dé tiempo de encargar una frase personalizada.

Yo asentí un poco decepcionada porque era mi opción preferida.

Seguimos deslizando hasta que las tres nos enamoramos de una decoración simplista pero maravillosa: con globos verde aceituna, dorado y beige, letras doradas y una planta que bordeaba el «¡Feliz cumpleaños!»

—Va a combinar perfecto —se animó Celeste.

—¿Creen que podamos encontrar las piezas del mismo color? —Valeria dudó un poco.

—Habrá que buscar.

Tardamos al menos tres horas en reunir lo necesario, incluyendo los vasos y platos de plástico, así como un mantel bonito para la mesa.

—Va a ser la carnita asada más elegante del mundo —dijo Valeria, completamente satisfecha. Después dijo que se encargaría de llevar las cosas al departamento y se adelantó a la salida.

—Hoy parece estar llena de energía —comenté con gracia.

La alegría se vio paralizada tan pronto como Val se detuvo a media banqueta. Me estiré hasta reconocer al chico que se acercaba a ella con una sonrisa y postura dóciles.

—Perra madre. —A mi lado, Celeste apretó los dientes. La dulce mirada se convirtió en ira contenida.

Apreté los labios al ver cómo Kevin gesticulaba con timidez.

—¿Qué hace aquí? —pregunté.

Sin responder Celeste dio grandes zancadas hasta cruzar las puertas de cristal de la tienda y yo no pude hacer nada más que seguirla. Entonces pude escuchar un fragmento de su conversación.

—Sé que estuvo mal venir hasta aquí —dijo él, juntando ambas manos a modo de súplica—, pero de verdad quisiera otra oportunidad…

—No. —Valeria habló con firmeza, a pesar de que el temblor en sus manos era evidente—. Te lo dije antes y te lo repito: no quiero tener nada que ver contigo.

—Val, por fa. Al menos déjame darte una disculpa como mereces. No debí… Bueno, ya sabes. Me gustaría que fuéramos a tomar un café y hablar con más calma. Aquí hay mucha gente.

Celeste se envaró cuando la mirada de Kevin recayó sobre nosotras.

—Son mis amigas —puntualizó Valeria.




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