ABEL
Rogar por afecto no iba conmigo. Si querías sacarme de tu vida, yo mismo cruzaba la puerta y no miraba atrás.
Entonces, ¿por qué es tan difícil hacerlo contigo?
—Estás como un toro, campeón. Más lento, un poquito más. Así. Respira.
—Deja de decir mamadas con doble sentido —escupí luego de deshacerme de las pesas sobre el pecho.
—Ya, ya, no exageres. —Santiago se echó para atrás y rio—. Es que sigo sin creer que te pases por aquí todos los días.
Y como él era un apasionado por el ejercicio, se volvía loco si alguien mostraba tan buen rendimiento.
Me incorporé para secar el sudor que corría por mi cuello y bebí de mi botella con desesperación. Santiago me dio una mirada de reproche, sin decir nada. Era consciente que durante ese tiempo no sólo asistía con mayor frecuencia a los entrenamientos, sino que tenía un humor de mierda. Después de mi pelea con la chica esa el dolor en mi pierna apareció todas las mañanas y a mitad de la noche, regalándome una serie de desvelos que acentuaron las ojeras bajo mis ojos hasta hacerlas ver como dos cardenales verdosos.
Al quinto día descubrí que las punzadas se mitigaban con una ardua sesión de ejercicio, pues llegaba tan agotado a mi casa que no me daba tiempo de pensar o tener alguna pesadilla relacionada al accidente. Tampoco había poder existente que me despertara hasta el día siguiente.
—¿Vas a querer tu terapia? —se ofreció cuando salí de la ducha.
—Hoy no. —Busqué la ropa limpia en mi maleta para cambiarme—. Ya voy tarde a la uni.
Santiago asintió, silencioso. Se veía las ganas que tenía por preguntarme acerca de mi cambio de actitud, ahora más irritable, cosa que yo no deseaba responder. Luego de atarme los cordones, tomé mis cosas y salí disparado, sin dar pie a continuar la conversación.
No sé si era obra del karma, el universo o cualquier mamada inventada en TikTok, pero siempre que me sentía como una mierda, el mundo se convertía en el culo que me expulsaba.
A ver, me explico. Cada vez que estaba de mal humor, cosas malas pasaban. Sí, eso suena más decente y menos a vago. Por ejemplo, en aquel día soleado que no daba paso a sombras, el tráfico era un asco y las calles estaban llenas de gente que transitaban a una velocidad desesperante. De vez en cuando me fijaba en la hora de mi reloj, impaciente porque de verdad se me había hecho tarde.
Tuve que zigzaguear entre la multitud y, una vez que estuve frente a la universidad, me tomé un descanso a cinco minutos de que empezara la clase.
Di grandes bocanas de aire, dispuesto a abrirme paso entre empujones y correr escaleras arriba al cuarto piso. No obstante, desde el primer pisotón sentí un bulto bajo mis pies. Bajé la mirada, desconcertado, para encontrarme una cartera amarilla bien cerrada. El dibujo bordado mostraba un conejo blanco, ahora con manchas de tierra gracias a la suela de mis zapatos.
Me agaché para tomarlo. Estaba algo pesado y apretujado, con un broche que apenas podía sostenerse a sí mismo. Recorrí con la mirada, encontrándome con la fila de palmeras que se presumía en la calle principal, los edificios erigidos con orgullo y los pasillos que nos conducían a las diferentes áreas de la facultad, pero no había nadie que pareciera querer reclamar esto.
Decidí guardarla en mi bolsillo y entregarla a control escolar luego de mis sesiones.
Cuando ingresé al salón fui recibido con una mala mirada del ingeniero Juan Carlos, quien pareció reprocharme la tardanza. Aun así, no paró el discurso mientras dibujaba las ecuaciones en la pizarra. Al pasar al lado de Javi, me echó una mirada burlona que respondí con la señal de «huevos». Desde que mi racha interminable de mal humor comenzó, aprovechó para hacerme cientos de cuestionamientos, todos encaminados a un destino indeseable pero imaginable.
«No será que... ¡¿Le terminaste a Zara?! No, no. Por tu humor parece ser que ella te terminó», y también: «Es que tú también, wey. Te dije que no te durmieras o te iban a comer el mandado». Cuando se habla con ignorancia, salen puras estupideces.
***
Tan pronto como las clases se terminaron, me refugié en la biblioteca, el lugar donde más tarde me reuniría con Javier. Como no compartíamos todas las materias tomé el tiempo muerto para adelantar un proyecto. Ya después él me buscaría para regresarnos a la casa en su carro.
Luego de media hora, me sentí cansado y abrumado. Me estiré en mi silla lo mejor que pude, escuchando el crujido de mi espalda y rodillas. Carajo, y eso que estoy entrenando todos los días.
Relajé los músculos y escuché un golpe seco a mi lado. La cartera amarilla que encontré descansaba al lado de mi mochila, en el suelo. Ah, por poco se me olvidaba entregarla.
Le mandé un rápido mensaje a Javi para el cambio de planes: lo estaría esperando en el estacionamiento. Guardé mis cosas y me apresuré a llegar a control escalar, siendo el área que ocupaba toda la planta baja de aquel edificio especialmente dedicado a administración.
—Buenas tardes —dije cuando me acerqué a la ventanilla. La secretaria permanecía recostada en su silla giratoria mientras se limaba las uñas, pero al verme se acercó con movimientos perezosos—. Encontré esto tirado en la entrada.