Zarabel [1ra parte finalizado]

CAPÍTULO 24. Guía de cómo arruinar una cita

ZARA

Quise decirle a Esther que se pusiera bonita, pero no lo hice. A fin de cuentas, sin importar cómo vistiera o maquillara, ella seguiría viéndose preciosa.

No podía evitar sentir una inmensa curiosidad sobre cómo se arreglaría hoy: 23 de mayo, un día antes de su cumpleaños y en el que lo festejaríamos juntas.

Sonreí para mí misma mientras imaginaba el tipo de expresión que pondría cuando descubriera que, después de salir al cine, le esperaba una fiesta sorpresa en el departamento de Celeste y Valeria. Tal fue mi ansia que, durante toda la jornada escolar, no paré de ver la hora cada cinco minutos. Sin importar que nuestra salida no era más que una mera distracción antes del evento principal, seguía teniendo aquella opresión en el estómago al imaginar que, después de mucho tiempo, saldríamos a solas.

Un pensamiento intrusivo vino a mi mente donde la palabra «cita» era la protagonista.

No, no es una cita, me dije con firmeza. No podía permitirme soñar tan alto porque la caída sería tremendamente dolorosa. A ella ya le gusta alguien más.

«Esta es tu oportunidad de conquistarla». Una nueva voz resonó entre las profundidades de mi consciencia. Era absurdo, imposible. Una persona como yo, con un pasado marcado y un cuerpo inservible no podía atreverse a...

No estaría mal, me descubrí pensándolo. Los buenos deseos y el arcoíris que acompañaba a la imaginación feliz ganaron esta vez, permitiéndome soñar un poco más. Un par de escenarios ficticios no le hacían daño a nadie, ¿no es cierto?

No obstante, la realidad me aplastó incluso antes de que alguno de esos escenarios concluyera: las clases terminaron y Celeste me llamó mientras me palmeaba el hombro.

—¿Eh? ¿Qué pasa?

—Ya tenemos todo listo, sólo necesitamos un poco de tiempo para dar unos toques finales y...

—Iremos al cine —le recordé al ponerme de pie para guardar las cosas en mi mochila.

—Sí, cierto. Bueno, entonces las esperaremos un rato.

—Por favor.

No aguanté las ganas de sonreír. Por algún motivo presentía que sería un gran día.

***

La jornada escolar de Esther concluyó dos horas antes de que yo regresara a casa, así que estaba segura de que ocupó ese tiempo libre para arreglarse. En cambio, yo opté por quedarme como estaba: quería ir al cine cuanto antes para no hacer esperar demasiado a mis amigas.

—Ther, ya llegué —hablé tan pronto crucé la puerta principal.

—Sí, espérame tantito. —La voz provenía de su habitación.

Sonreí. Tal vez estaría maquillándose.

Observé mi propio atuendo, con una camiseta negra que llegaba hasta la cintura y un pantalón de mezclilla holgado. Por un segundo me sentí mal al no querer esforzarme un poco más, incluso cuando ya llevaba un poco de maquillaje encima.

—No es una cita —me recordé en voz baja, luego de entrar a mi habitación y arrojar la mochila a un costado del colchón.

Asentí varias veces con la cabeza, como si eso me ayudara a convencerme.

—¡Ya estoy lista!

Me sobresalté. Estaba cambiándome las botas negras por unos tenis ya que mis pies se cansaron de llevarlas todo el día y odiaría tener que sentir punzadas en medio de nuestra cita.

—Voy.

Me puse de pie cuando terminé de atarme las agujetas.

Mi respiración se cortó al instante en que abrí la puerta. Frente a mí se encontraba una Esther recién bañada que llevaba consigo un lindo vestido blanco ceñido a su cintura, en donde la falda caía libremente a los costados de su cadera, llegando a la mitad de sus muslos. En sus brazos un par de brazaletes dorados brillaban a contraluz y, en lugar de colocarse una diadema que combinara con su ropa —como solía ser su costumbre— se hizo una media cola adornada con un broche de mariposa. El cabello castaño, ahora medio ondulado, caía por encima de los hombros.

Todo su atuendo no hizo más que acentuar el tono cobrizo de su piel morena.

Es como una princesa.

—¿Qué? ¿Me veo muy rara? —preguntó para romper el silencio que se formó entre ambas, lo suficientemente débil como para que el ronroneo de los autos y el estruendo de la ciudad siguiera presente.

—No, no es eso —espabilé—. Es sólo que te queda muy bien ese vestido.

—¿En serio? —Esther dio una vuelta, emocionada—. Pensé que se me vería raro. Dudé cuando lo encargué en Internet...

—Te queda muy bien.

Todo el parloteo de Esther se detuvo cuando dije aquellas palabras contundentes. Ella se paró en seco, sorprendida.

—Ah, ¿sí? —Su voz se volvió tímida de repente y agachó la mirada—. Gracias.

—Vamos.

Todas las dudas que sentí respecto a mi propia apariencia desaparecieron en el momento en que la vi. Me quedé tan impactada que, sólo hasta que llegamos al centro, lo recordé. No dejé de echar un par de miraditas furtivas a mi chica, hasta que mis ojos bajaron a mis propios pies y maldije entre dientes.




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