ZARA
El tiempo, que parecía haberse detenido, avanzó de nuevo cuando el celular vibró en mi bolsillo. Me habría encantado ignorarlo, pero insistió obstinadamente.
—Creo que te están llamando.
Bufé antes de separarme. Pedí una disculpa y me alejé unos metros.
—¿Qué? —No pude evitar sonar molesta al responder.
—Tuvimos un par de problemas técnicos, pero ya está todo listo. —La voz de Celeste hacía notar el orgullo que sentía—. Pueden volver cuando quieran.
Ladeé la cabeza, confundida. Aunque mi amiga intentaba transmitir ánimo, detecté la falsedad, como si alguien la vigilara o algo así. O tal vez estaba demasiado sensible por todo lo que pasó.
—Está bien. —Me volví hacia la chica que permanecía sentada, sonriendo con ingenuidad—. Ya vamos para allá.
—Okis. Nos mandas mensaje cuando lleguen al edificio. ¡Ah!, pero... Abel y sus amigos están aquí.
Mis huesos se congelaron.
—¿Cómo dices?
—Sí, lo invitamos porque también es amigo de Esther, pero no esperaba que trajera a los otros dos. —El tono de fingida alegría finalmente mostró el verdadero disgusto.
—Uf, perdón por eso. —No sabía por qué me disculpaba, pero lo hice.
—No te preocupes... De cualquier manera, apresúrense.
—Chingado… —No pude evitar maldecir al colgar.
—¿Pasa algo? —preguntó Esther cuando me acerqué.
—Eh, sí, bueno... Cel me acaba de llamar. Me encargó algo de la farmacia. Creo que Val se enfermó.
—¡No me digas eso! —Esther se levantó como impulsada por un resorte—. Vamos rápido.
Me sentí un poquito mal por mentirle y preocuparla, pero eso fue lo que nos ayudó a avanzar sin demora, deteniéndonos nada más en una farmacia. Lo único en lo que pude pensar fue en comprar pastillas contra la diarrea.
—Debe de ser algo muy serio —comentó Esther cuando estábamos montadas en un taxi, con los ojos bien puestos en la caja rosita—. Nunca llaman para este tipo de cosas.
—Es una diarrea muy potente —concordé y me gané la mirada incómoda del taxista.
El viaje fue más rápido de lo que esperaba y los nervios revolvieron mi estómago. Por el rabillo del ojo vi a Esther, tan ajena a la situación real que la emoción incrementó con ganas. ¿Qué cara pondría? ¿Se reiría o lloraría de la emoción? Esta era la primera vez que le preparaba una fiesta sorpresa, así que no sabía como reaccionaría.
Ese tipo de pensamientos se adueñaron del tiempo y, para cuando me di cuenta, el auto aparcó frente al edificio. Fui muy consciente de la mirada despectiva que el chofer me concedió al verme descalza; para ese entonces mis pies estaban llenos de tierra. Aunque me habría gustado ignorarlo sin más, la vergüenza fue tal que le deje una buena propina, maldiciendo porque no tenía el dinero suficiente para darme tales lujos.
Tan pronto como cruzamos la entrada principal del complejo, envié un mensaje rápido. Esther lideró el paso y presionó el botón del sexto piso en el elevador.
—No, están en la azotea —indiqué luego de corregir nuestro destino.
—¿En la azotea? —Esther frunció el entrecejo—. ¿Por qué?
—Bueno…
Me callé. No iba a estropear la sorpresa, sobre todo cuando nos encontrábamos tan cerca, así que llegamos sin mediar palabra.
Permití que Esther se adelantara y, al abrir la puerta, el grupo pegó un estruendoso grito de feliz cumpleaños. Yo los secundé desde atrás, aplaudiendo, inclinándome para intentar verle la cara. Pude vislumbrar los ojos bien abiertos y la boca recta. El confeti lanzado seguía cayendo a nuestro alrededor, pero ella seguía sin mover ni un solo músculo.
—Ah… —Recuperó la voz después de unos segundos, poniéndose la mano en el pecho mientras reía—. Guao, no me lo esperaba. Perdón, pero me asustaron.
Pronto, la seriedad se vio envuelta en abrazos y palabras de felicitación.
—De verdad, muchas gracias. —La voz de Esther se había debilitado para entonces y un par de lágrimas escaparon de sus ojos—. No saben cuánto les quiero.
Cuando fue el turno de Abel para felicitarla, mi sonrisa desapareció. Ver la manera en que su abrazo duró más de lo normal me arrebató el aliento.
Pasé de largo para saludar a Henry y Javier, quienes me recibieron gustosos. Me gustaba pasar desapercibida entre ellos, para aliviar el malestar en el pecho, pero Javi tuvo que arruinarlo cuando bajó la mirada y estalló en carcajadas.
—¿Qué tienes? —preguntó Henry, desconcertado.
—E-es que… —La risa fue incontrolable—. ¿Qué pedo, Zara? ¿Dónde están tus zapatos?
Las miradas recayeron en mis pies sucios e inútilmente traté de ocultarlos.
—Ah, esto… —La vergüenza me impidió hablar y mis labios prefirieron hacer una delgada línea.
—Me prestó sus tenis —Esther se acercó— porque mis zapatos me lastimaban mucho. Yo le dije que no era necesario…
—No, no pasa nada. Perdónenme —dijo Javier, cubriéndose la boca, sin dejar de sonreír—. Me tomó muy desprevenido.