Zarabel [1ra parte finalizado]

CAPÍTULO 26. Preferiría no saberlo

ABEL

Quise reírme cuando la vi llegar. El gesto que puso al verme no tuvo precio: sorpresa combinada con indignación.

Me aguanté las ganas de soltar un comentario mordaz y me centré en felicitar a Esther. Estaba claro que se había esforzado por verse bonita al ondular su cabello usualmente lacio y vestir con ropa llamativa. Lo único que desentonaba eran los tenis percudidos que le quedaban notablemente grandes, pero encontré la respuesta casi de inmediato, al fijarme una vez más en quien llegó descalza y, por tanto, con los pies llenos de tierra.

Esther estaba más bonita que nunca, así que mis ojos recayeron sobre ella más de una vez; sin embargo, la mayor parte del tiempo mi atención estaba puesta sobre Zara. No podía creer que estuviera tan enamorada como para olvidarse de la hinchazón que provocaba andar con los pies desnudos. Por otro lado, yo merecía un premio o, por lo menos, una bonificación por el esfuerzo colosal de no reírme en su cara.

—Parece que no tienes corazón.

El comentario me sobresaltó. Me alejé de la parrilla encendida para encontrarme con Henry, quien mantuvo los ojos puestos en la carne semi cruda mientras negaba y chasqueaba la lengua.

—¿Qué?

—A ver, presta. —Me arrebató la espátula y las pinzas, para después darme un empujón con la cadera.

—¡Oye!

—Zara llegó sin zapatos y no mueves ni un músculo por ayudarla. Das vergüenza como novio.

—No es mi novia.

No quiso escuchar y se limitó a menear la cabeza con desaprobación.

—La juventud de ahora ha magullado por completo el significado del romance —divagó para sí mismo. ¿Con qué descaro lo decía? Teniendo acostones cada fin de semana con una mujer diferente.

Me desquité cuando noté la esquina negra de la carne.

—La estás quemando. —Le robé los utensilios y lo empujé como él lo hizo.

—Mira nada más este muchacho grosero. —Henry habló entre dientes—. ¿Siquiera has ido a ver cómo le está yendo a tu novia? —preguntó, señalando con un movimiento de cabeza al grupo que se reunió en la esquina de la azotea, junto al barandal. Mientras que el resto admiraba el atardecer que también se reflejaba en las ventas de los otros edificios, Zara no quitaba los ojos de Esther.

—No me interesa —respondí de mala gana.

Eché una mirada de reojo. Él no estaba molesto, sino que mantuvo su postura relajada y una sonrisa burlona adornando su cara.

—¿Qué? —pregunté, nervioso.

—Tal vez no sea tu novia, pero la deseas, ¿no es cierto?

Casi siempre fui bueno para ignorar las habladurías sin sentido. Esta no fue una de esas ocasiones.

—¿Por qué estás tan interesado? ¿Te gusta o qué? —Dejé a un lado la carne para prestarle atención.

—Es bonita —habló sin inmutarse, ahora con la vista puesta en la chica que escuchaba a Esther sin dejar de sonreír—. No me importaría salir con ella una o dos veces.

—Bueno, pues entonces adelante. —Perdí el interés y regresé a la carne.

Ese tipo de cosas las escuché antes, cuando era más joven, y las ignoré con éxito.

—Después de todo, parece ser de las que les gusta jugar…

Ese último comentario fue la chispa que avivó el fuego. Di un paso adelante para cerrarle el orto, hasta que mi pie se atoró en una de las patas de la parrilla y, a punto de caer, busqué un punto de apoyo. Mi brazo aterrizó en el metal caliente.

Apenas fue un segundo, pero el ardor sobre la piel se extendió como una oleada.

Los demás se enteraron de mi humillante caída y apenas pude escuchar lo que se me decía; el dolor apremiante capturó toda mi atención. Atendí a la información que Valeria me proporcionaba: el botiquín que se encontraba en el baño. Estaba dispuesto a irme, guiado por alguna de las residentes del lugar, hasta que ella hizo un escándalo.

—Yo te ayudo.

Claramente preocupada, Esther intentó acercarse, con la mirada enfocada en la herida. No obstante, se detuvo cuando la voz de Zara retumbó tras ella.

—No. —Se acercó con grandes pasos. Ni siquiera me miró—. Yo lo ayudo.

Un aire pesado se formó alrededor, desesperándome. El ardor no quería desaparecer, al contrario, estaba incrementando.

Henry y Javier intercambiaron miradas significativas, que ocultaban una sonrisa burlesca. Celeste pareció murmurarle algo a su compañera, quien asintió decidida.

De algún modo, Zara encontró una excusa bastante estúpida para que Esther retrocediera y sólo entonces, me dirigió la mirada.

—Vamos —dijo con un tono seco, casi despectivo.

No tenía ganas de seguirle el juego y bajé junto a ella y Valeria, quien otra vez nos dio las instrucciones sobre dónde se encontraba todo. Una vez abrió la puerta, nos dejó solos.

—Tenemos que enfriar la herida primero —comentó Zara casi al aire, arrastrándome al baño.

No chisté y dejé que posara mi brazo al lavabo. Por un momento el silencio fue abrumador. Ella observó mi herida con el entrecejo bien fruncido, mientras apretaba los labios como si contuviera su ira.




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