ZARA
No sabía cerrar el hocico cuando me ponía nerviosa.
Mi plan era este: disculparme con Abel por nuestra disputa, hacer las paces y mantener un ambiente tranquilo... hasta que los nervios me marearon y la lengua se aflojó.
—¿Por qué tenías que contarle del acosador? —me reprendí mientras daba golpecitos con la cabeza a la botella bien afianzada a mi mano.
Más importante aún, recordé, prácticamente le pedí que se enamorara de Esther. ¿Es que mi cerebro no daba para más? Quise atribuir el crédito de mis estúpidas acciones al alcohol consumido horas atrás y que seguía acompañándome hasta ahora.
De vez en cuando, la escena se repetía en mi cabeza incesante y yo la eliminaba con otros golpes. Esta vez utilicé la medida desesperada de toparme con la pared detrás de mí, no tan fuertes para no alarmar a nadie.
—Ahora somos amigos —repetí sus palabras y un saborcito a hígado encebollado se instaló en mi paladar. La vergüenza regresó y tuve que soltarla con un gritillo agudo.
Tres horas antes, cuando él regresó, Henry lo interceptó enseguida. No sé de qué tanto hablaron, pero Abel le restó importancia y hasta le palmeó el hombro. Parecía ser un buen día para las reconciliaciones.
—¿Estás bien? —No me di cuenta de que Celeste se acercó, tal vez para comprobar que no estaba enloqueciendo.
Demasiado tarde, amiga.
—Sí —respondí en su lugar, irguiéndome en mi asiento. No era del todo convincente considerando que mis ojos apenas podían permanecer semiabiertos.
A lo lejos, Esther y el resto cantaban, improvisando un karaoke en medio del jardincito que quedaba al otro extremo de la azotea. Para entonces, la noche ya estaba cubierta de estrellas que se peleaban por dejarse ver entre la contaminación propia de la ciudad, siendo los edificios quienes se robaron el protagonismo con las luces amarillas y blanquecinas resplandeciendo a nuestro alrededor.
—Ya es un poco tarde, y parece que estás a punto de caerte de sueño. —Celeste torció el gesto—. ¿No quieres quedarte a dormir?
Me negué con una sonrisa. A pesar de que su depa era mucho más espacioso que el mío, sería una molestia tener que alojar a otras dos personas, contando a Esther, la chica que reía a carcajadas y aprovechaba la más mínima oportunidad para sostenerse de su crush.
—Me haré pasaaaAr por un hombre nOrmal que pueda estar sin ti... —canturreaba Henry a todo pulmón. Al tener una piel tan blanca el enrojecimiento de su cara parecía haber salido de una caricatura.
—En un rato se me baja y nos vamos —aseguré mientras tanto. Aparté la botella vacía y pegué mi mejilla en la mesa de madera.
—¿Segura?
—No te preocupes por mí y disfruta —pedí antes de cerrar los ojos y agitar la mano para que cediera.
Escuché sus pasos alejarse y saqué el aire opresivo.
Sí, ya es momento de dejarlo. Incluso si no me gustaba ese pensamiento, debía recordármelo una y otra vez hasta convencerme sinceramente.
Si tan sólo tuviera una pequeña esperanza, un diminuto rastro de que puedo ser correspondida, no dudaría en incentivar la chispa y crear una enorme llamarada.
—Estoy jodida —murmuré.
Los párpados me pesaron y no tuve la voluntad para resistirme.
No me enteré de cuánto tiempo me dormí y, al despertar, lo primero que vi fueron los enormes ojos redondos de Esther. Se inclinó, con la mano en el aire, como si estuviera a punto de despertarme. Parpadeé, pues mi visión estaba un poco emborronada. Sí. Era Esther, pero había algo que no cuadraba...
Ah, ya sé. La dulce sonrisa que reservaba para mí fue reemplazada por un rostro inexpresivo. Cuando mi vista se aclaró, me erguí. Ya no me sentía mareada, sino que daba la impresión de haber dormido toda la noche.
—¿Ya es hora? —pregunté mientras me estiraba para desentumecerme. Hice un mohín cuando algo en mi espalda tronó.
—Javi se ofreció a llevarnos en su carro.
—¿En serio? —pregunté con un hilo de voz. Mis ojos viajaron rápidamente hacia la salida, en donde los chicos nos esperaban. Tragué saliva, bien despacio—. ¿Por qué no tomamos el camión?
—Son más de las tres de la mañana.
Eso me alarmó. Busqué mi celular en el bolsillo del pantalón para asegurarme de ello y dejé caer los hombros.
—No puede ser —me lamenté.
Esther suspiró a mi lado.
—Zara, estoy cansada. Ya vámonos.
Pese a decirlo no había rastro de ello en su rostro, mas el tono fastidiado me impidió rechistar. Obediente, me puse de pie y la seguí. Por acto de reflejo bajé la cabeza cuando pasé al lado de Abel y supliqué que me ignorara. Ya de por sí me sentía avergonzada por todo lo que dije, pisoteando mi propio orgullo. Agradecí la falta de contacto y miradas furtivas.
El vehículo de Javi nos esperaba en el estacionamiento del edificio. Nos despedimos de Celeste y Valeria; me esperé hasta el final para advertirle que no me olvidé del tema de Kevin y ella se limitó a desviar la mirada. Odiaba meter presión a otros, pero este era un tema grave.