ESTHER
No soportaba las mentiras.
¿Por qué, si estoy dispuesta a entregarte toda mi confianza, tú decides traicionarme?
No tenía problema con sacar de mi vida a quien me mentía con tanta intención, pero esta vez mi corazón se sentía pesado.
Pasaron trece días desde que tuve mi primera pelea seria con Zara, la cual se convirtió en una guerra fría: mientras que en el departamento actuábamos como dos desconocidas, casi sin cruzar palabras más allá de lo necesario, sus mensajes estaban llenos de excusas.
«Lo siento, no puedo ir. Tengo un proyecto.»
«Recorrieron mi clase a última hora, perdón.»
«¿Crees que puedas regresar sola? Surgió una emergencia.»
Al principio los creí todos, pero con el paso del tiempo se convirtieron en pretextos vacíos y sin esfuerzo. El más reciente, al menos, tenía un poco más de sentido: «Me voy a quedar con las chicas para estudiar». La semana de exámenes estaba a siete días de distancia, por lo que no sería extraño que se preocupara por sus calificaciones. Y lo habría entendido, de verdad que sí, sino fuera por los días anteriores a ese.
Nunca antes me di cuenta del impacto que traía a mi vida el ser acompañada casi todos los días. Ahora, en cambio, descubrí que el camino se tornaba aterrador.
«No, nadie me está siguiendo», me decía mientras avanzaba con pasos largos y veloces, mirando a todos lados, arrastrando la sensación de ser observada.
Tengo que disculparme con ella, me decidí en el receso de las últimas horas.
—¡Estas situaciones hipotéticas me tienen hasta la verga! —Julieta estaba recostada en su pupitre, intentando leer el cuaderno entre sus manos—. ¿Cómo se supone que voy a resolver el examen si ni siquiera soy capaz de atinarle a lo que ya vimos?
—No es tan difícil —sonrió Grecia.
—Bah, lo dices porque te gusta esta pinche materia —balbuceó molesta.
Grecia se encogió de hombros, sin poder negarlo.
—Iré a comprarme un agua —dije al levantarme—. ¿Quieren algo?
Por más que me esforcé en mostrar una sonrisa honesta, no resultó. Ellas negaron y me desearon suerte, sin apenas concederme una mirada, tan centradas en el estudio. Normalmente me gustaba escucharles, pues sus absurdas discusiones solían ser divertidas. Sin embargo, durante esos días, no me sentía con el humor necesario.
Bajé los escalones con calma. Ni siquiera me importaría perderme las últimas horas; si me cerraban la puerta y no me dejaban pasar buscaría un rincón para dormir un rato, ya que tampoco pude conciliar el sueño en ese entonces. De algún modo, mantenía la esperanza de que Zara intentara reconciliarse conmigo en la noche. Nunca pasó.
Solté un largo bostezo y me tallé el ojo. No medí la distancia al querer pisar el último escalón y estuve a punto de tropezar, si no fuera porque me sujetaron del brazo.
—G-gracias —dije sin aliento y con el susto serpenteando de pies a cabeza. Una vez que mis pies se adecuaron a la tierra firme levanté la mirada. Mi tranquilidad se turbó cuando reconocí a Dana a mi lado—. Ah, hola.
Ella contrajo las cejas.
—Ten más cuidado.
A punto de irse, la tomé de la manga de su blusa, arrugándola. Dana me dio una mala mirada, pero yo no hice más que posar mi atención en la bandera de su pulsera.
—Voy a ir a la tienda —me expliqué sin mirarle la cara—, por si quieres algo.
—No, gracias. —Dana se apartó de golpe. El brusco movimiento acentuó el aroma a cigarrillo impregnado en su ropa.
—¿No hay algo que te guste? Digo, quiero agradecerte. Por hoy y… también por el medicamento del otro día. Estaba rico y me ayudó mu…
—Lo tiraste.
Me quedé bien quieta.
—¿Tirarlo? Ja, ja, no...
—Lo vi. —Cuando Dana se giró por completo para verme, alcé la cabeza por inercia—. No tienes que mentir.
—Es que... eso fue... No quise hacerlo.
Con ojos brillantes y una sonrisa amarga, tuve la impresión de que estaba muy enojada por ello.
—Eres increíble —dijo sin que pareciera un halago—. Por un momento creí que estaba siendo muy dura contigo. «Tal vez no es mala», me dije. Pero al fin y al cabo no eres diferente a los demás.
—¿Qué?
—Te doy asco —no fue una pregunta— porque soy lesbiana.
—¡No, claro que no! Te digo que fue un accidente.
Mis labios se sellaron cuando se acercó peligrosamente, quedando a un par de centímetros de mi rostro. Pude detallar la forma de sus iris verde pálido y las pecas amontonadas en el punte de la nariz y los pómulos que sólo podrías notar a esa distancia. Tragué duro.
—¿No te da repelús que estemos así de cerca?
La conmoción me pasmó. El olor de los cigarrillos de fresa se reforzó y yo retrocedí con un movimiento arisco. Ella sonrió antes de apartarse.
—Aprende a ocultar tus emociones antes de mentir.