ABEL
Por fin comprendí la frase: «Nadie elige de quién se enamora». No importa cuán ilógico fuera o la reticencia inicial, los sentimientos afloraron sin dar paso a tregua. Sin embargo, era fiel creyente de que, aunque no pudiera evitar sentirme atraído por ella, podía decidir si la situación escalaba o no.
Adivina cuál fue mi respuesta.
.
Esperé al menos veinte minutos. De pie en el interior de la universidad, mis ojos se pasearon por los alrededores. A esa hora la mayor parte de la institución estaba sumida en oscuridad, con apenas dos o tres salones iluminados, no obstante, fue la espesura de las nubes que amenazaban convertirse en una gran tormenta la que ganó la batalla. Algunos faroles instalados en la explanada también atacaban con una tenue luminiscencia, aquella que me abrigó durante ese tiempo.
Un par de veces me pregunté si realmente Zara seguiría ahí, tentado a llamarle. Luego de nuestra tregua, constaté que seguía usando el mismo número cuando cambió la imagen de perfil por una fotografía suya. En ella se hacía la malota, portando una chamarra de cuero negro y posando como si el mundo fuera suyo. Sonreí para mí mismo, tentado a guardarla en mi galería para burlarme más tarde.
—¿A quién se le ocurre dar una conferencia en la noche?
Alcé la mirada cuando escuché una queja a la distancia. El eco de una inconfundible voz se extendió en el pasillo principal del edificio a mi lado, en donde las escaleras conducían a los pisos superiores.
—¡Es un comunicólogo extranjero! Apuesto a que tiene muchísimo trabajo —replicó Celeste con una energía inusual para ser las once de la noche.
—Deberían respetar el horario de los estudiantes —insistió Valeria—. Mañana tenemos que madrugar.
—Ni me lo recuerdes.
Me envaré al oír la tercera voz. Le pertenecía a Zara.
Avancé hasta quedar frente a la entrada. Poco a poco vislumbré las siluetas que descendían y mis ojos se enfocaron en aquella que tenía la vista puesta en su celular. La primera en reparar en mi presencia fue Celeste, quien detuvo su andar por un instante. Después, las sonrisas intencionadas de ella y Valeria decoraron su rostro.
—¿Zara?
—¿Eh?... Ah, perdón. —Zara trotó para alcanzarles, todavía ajena a mí.
—Te buscan. —Fue Valeria quien me señaló con su índice.
—Hola.
Di dos pasos al frente para que ella pudiera verme. Escondí la sonrisa socarrona que amenazaba con desplazarse al verla así de aturdida.
—¿Qué haces aquí? —Celeste me preguntó luego de saludarme.
—Me enteré de que se quedaron hasta tarde —pronuncié, ahora aceptando el saludo de Valeria. Luego mi atención estuvo enteramente en mi nueva amiga—, así que vine a acompañar a Zara a su casa.
El gesto malhumorado titubeó. Parecía querer advertirme algo con la mirada, pero no lo capté al momento.
—¿En serio?
Las amigas de Zara intercambiaron miradas y sólo entonces comprendí lo que tanto temía: que esas dos malentendieran la situación. Carraspeé con el puño cubriendo la boca sonriente.
—¿Ustedes también se van solas?
—¡Ah, sí! Pero no te apures: tenemos un chofer de confianza. Es mi tío —Celeste agregó eso último al ver la duda en mi rostro.
—Me alegro. ¿Zara?
Me incliné y liberé la mueca juguetona que estuve ocultando. Ella esquivó mi mirada.
—No necesitabas venir hasta acá —murmuró—. Todavía alcanzo el camión.
—No digas eso, Zarita. —Celeste intervino—. Es muy peligroso estar sola a esta hora.
Valeria asintió sin dejar de sonreír.
—Bueno, mi tío nos está esperando. Nos vemos mañana.
Zara se despidió con un gesto tenso sobre el rostro. Y solo hasta que nos quedamos a solas, se volvió, sin ocultar el hastío en su mirada.
—¿Cómo te enteraste...?
—Esther me lo dijo.
Las cejas fruncidas no dieron tregua, pero por primera vez estaba seguro de que el disgusto no iba dirigido a mi persona. Y eso me confundió todavía más. Un momento de silencio reflexivo que me puso nervioso. Hice ademán de quitarle la mochila para cargarla, no obstante, se apartó. Fue como un reflejo, pues ella abrió tanto los ojos que parecía igual de sorprendida que yo. Mi mano se quedó en el aire y apreté los labios. Ay, pero qué incómodo.
—¿Acompañaste a Ther a su casa? —preguntó. Los ojos ansiosos se pasearon de mi rostro a los arbustos detrás de nosotros.
—Sí.
—Gracias. E-en realidad iba a llamarla para preguntarle si ya había llegado a casa, pero vi tus mensajes y me sacaste un pedo.
Mostró la pantalla, donde le dije que estaba esperándola. No le presté atención a nuestra conversación, sino la mueca incómoda que no se molestó en ocultar.
—Ella me llamó —aclaré—, por eso fui. No pasó nada.
—¿Ah?
—No pasó nada —repetí, bien seguro, incluso cuando rememoré la manera tan… cercana con la que se despidió. No mentiré: me sentía culpable por no haberme alejado a tiempo.