ESTHER
Me besó.
Me pasé gran parte de la noche angustiada, no sólo porque Zara y Abel estuvieron juntos por mucho tiempo, sino que la incertidumbre de la carta me obligó a morderme las uñas hasta que los dedos me quedaron pelones. ¿Por qué de repente quería que nos encontráramos? No me daba buena espina, menos después de recibir la misiva con mi perfume impregnado en las hojas.
Aquel evento pasó por desapercibido para Zara, pues no quise angustiarla con mis problemas, además de que seguíamos peleadas, sin oportunidad de reconciliación.
Nada me estaba yendo bien... hasta que Abel me besó.
Si no hubiese estado tan impactada habría aprovechado la oportunidad para corresponder, o al menos girar la cabeza y obtener un beso real. Pero fui lenta.
Aun así, estallaba de felicidad. Regresé al departamento sintiendo los pies ligeros, dando brinquitos y con el corazón desbocado. Probablemente durante todo ese tiempo estuve cegada por los celos y no me di cuenta de que la verdadera situación. Él me quería a mí, no a Zara.
Cuando abrí la puerta del departamento, la felicidad se vio empujada por un abatimiento frío y despiadado, recordando mi situación actual con mi mejor amiga. Vi su silueta dirigirse, pesada, a su habitación. Los pies arrastrándose hacían eco en el departamento. Sin embargo, no me dejé vencer. La adrenalina del momento me otorgó el valor que necesitaba para arreglar las cosas porque la extrañaba a muerte.
—Zara —la llamé, sin poder controlar el temblor en mi voz. Sí, había entusiasmo, pero también miedo.
—Me voy a dormir —masculló sin verme.
—¿No te vas a bañar antes?... No. ¿Vas a seguir ignorándome?
Antes de pararse, se echó para atrás, como si la hubiesen golpeado.
—No sé de lo que hablas.
Solté un suspiro y, con él, el hartazgo por esta situación. Conque no quería verme nadita... Entonces usaría una última estrategia, la más desesperada que tenía en ese momento.
—Me voy a encontrar con el autor de las cartas.
Fue un éxito, Zara se volvió al instante, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué?
—Hoy recibí una carta suya, diciendo que quería verme.
Zara no lo dudó más y se acercó con grandes zancadas.
—¿Cuándo?
—¿«Cuándo» qué?
—¿Cuándo y dónde se van a ver? —exigió saber. Me tomó de los hombros con fuerza.
—¿Por qué me preguntas? No tiene que ver contigo.
—Esther, por dios. No es momento de bromear. —Me agitó un poco y la desesperación en su mirada me asustó—. Estoy preocupada.
—Oye, déjame. —Como pude, me deshice del agarre—. ¿De verdad te interesa? Porque todo este tiempo me has estado evitando. Me dejaste sola. Y, aun así, ¿dices que te preocupas por mí?
—Eso no...
—¡Deja de mentir, ya! —Mi exclamación la conmocionó casi tanto como a mí. No me detuve, sin embargo, pues estaba cansada de todo esto—. ¿Por qué eres así ahora? No dejas de echar mentiras una y otra vez, me evitas y te irritas conmigo. ¿Hice algo mal? ¿Me odias ahora?
—¡Claro que no!
—Entonces, ¿qué es? —Por un momento el único ruido dentro de nuestro espacio era el de mi agitada respiración, mientras que intentaba controlar el temblor en mis manos. Zara evitó mirarme y apretó los labios, resguardando algo que deseaba saber de una vez por todas—. Dímelo para que pueda entenderlo.
Ella inhaló profundo, devolviendo los ojos a mi cara. Un brillo inusual los acompañó y los labios entreabiertos dejaron escapar un airecito de rendición.
—Te quiero, Esther —susurró antes de tomar fuerza—. Te quiero muchísimo y me da miedo que pueda pasarte algo. Por eso... por eso mis nervios están así de alterados. Lo único que me importa es que estés bien.
El intranquilo ritmo cardiaco se estabilizó de golpe y me fui para atrás. No esperaba ver el cariño implantado con una sinceridad casi desgarradora. Durante un buen tiempo creí que yo no le importaba en absoluto, temiendo que nuestra amistad terminara de este modo, por mi culpa. Me aliviaba saber que estaba equivocada.
—Yo también te quiero, Zara —dije al acercarme—. Eres mi mejor amiga. Por eso odio que estemos separadas.
—Lo siento. No debí reaccionar así y...
—No, no lo digas. —Meneé la cabeza y le tomé de la mano. Estaba fría—. Todo es mi culpa. Mis estúpidos celos fueron la causa de nuestra discusión. Perdóname por eso.
Zarita se centró en mi agarre y sus cejas se curvaron, no supe si por tristeza o alivio.
—¿Me perdonas? —insistí, recobrando mi sonrisa.
—No hay nada qué perdonar.
Guiada por un tirón, la abracé. Desprevenida por mi acto repentino, Zara tardó en corresponderlo y, cuando lo hizo, el peso sobre mi pecho se desintegró por completo. Ella era mi amiga más preciada, la única persona en la que confiaba plenamente. No podría soportar perder el vínculo que teníamos.