ZARA
El aire se sintió pesado. Era como si todo a mi alrededor se callara de golpe, mientras el zumbido en mis oídos martilleaba mi cerebro. Aun así, un alivio enorme se estableció en mi pecho al ver a Esther a mi lado, sana y salva.
—N-no… —El loco que intentó atacarla retrocedió. Su cuerpo entero temblaba y miraba a su alrededor, como buscando un cómplice, pero todos se alejaron corriendo, temiendo ser los siguientes—. Yo no quería hacerlo… ¡Ella se atravesó!
Me señaló acusatoriamente y yo le mostré los dientes.
A trompicones, el lunático salió corriendo, empujando a los pocos que podían estorbarle, aquellos que no habían podido moverse debido al impacto.
—Z-Zarita, estás… Es demasiada…
Los ojos de Esther recayeron en el brazo herido. Parecía un poco más calmada al notar que no se trató de un punto vital, pero había palidecido al ver cómo la sangre no paraba de salir.
—Estoy bien, Ther —dije, aunque fui incapaz de sonreír debido al ardor que sentía—. No te preocupes, ¿sí?
—L-lo lamento, no de-debí...
—Ey, tranquila. No fue tu culpa —hablé con suavidad. Temía que en cualquier momento fuera a desmayarse y nadie parecía querer intervenir.
—¡Zara! —Me volví cuando escuché el grito al principio de las escaleras, a pocos metros de nosotras. Abel trotó hasta alcanzarnos, con los ojos bien abiertos al inspeccionar mi herida—. ¿Qué pasó?
Ahora miraba a Esther, quien todavía seguía en shock. Un par de lágrimas se asomaban en sus ojos y, en cuanto parpadeara, no pararía de llorar.
—No es grave —alcancé a decir. Traté de mover el brazo, pero fue inútil. Arde como la puta mierda. Cubrí la abertura con mi otra mano para evitar que más sangre saliera. Sin embargo, el líquido rojo empezó a desplazarse entre los dedos.
Puta madre. ¿Por qué sale tanta? Presioné con más fuerza y levanté la mirada hacia Esther, quien ya estaba llorando.
Vamos, deja de salir. Ther le tiene miedo a la sangre.
—Tenemos que detener el sangrado primero —decidió Abel, colocándose a mi lado para ayudarme a levantarme.
—No hace falta…
—¿Dónde están los baños? —Él no me escuchó y, en su lugar, le preguntó a Esther.
Ella se obligó a despertar y nos guio.
Un par de chicas se arreglaban en los lavabos y, aunque al principio se enojaron cuando un hombre entró, pronto escaparon al percatarse de la sangre que goteaba en el piso. No pude evitar reírme de sus caras, incluso cuando me daba miedo haberme convertido en una tubería descompuesta.
—Y-yo los espero afuera —informó Esther.
—Gracias —le dije a Abel mientras él se encargaba de lavar la herida.
—¿Por qué hiciste esa tontería? —reclamó él—. Te dije que dejaras de hacerte la heroína y llamaras a la policía.
—Gracias, amigo —ironicé—. Mira, no te cité para que vinieras y me estés regañando, mi madre se encarga de eso. Lo importante es que Esther se encuentre bien.
Él formó una mueca de disgusto.
—¿Sigues asustada? —preguntó entonces.
No fui consciente del temblor en mis piernas hasta ese momento.
—Sí.
—Tranquila, haremos que deje de sangrar.
—No es por la herida —aclaré, ahora con una mirada sombría—. De sólo imaginar que, si me tardaba un segundo más, ese pendejo habría herido a Esther… ¡Y encima se escapó!
Abel se me quedó mirando, como si no diera crédito a lo que escuchaba. Yo, en cambio, me sentía agradecida con él. La noche anterior le mandé un mensaje para contarle de la situación y le pedí que me acompañara en caso de requerir su asistencia.
—Tendremos que ir al hospital. Es más profunda de lo que esperaba —informó, angustiado.
—¡No! ¡No puedo! —Me alejé de golpe y una gota carmín se desplazó fuera del lavabo—. Chingado.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Es... No me gustan los hospitales.
Abel intentó hacer más preguntas, pese a que evadí su mirada inquisidora. A lo lejos se escuchó el sonido de las sirenas y Esther entró precipitadamente.
—Lo atraparon.
—¿Al acosador?
Ella asintió deprisa.
Los tres salimos y nos asomamos a la ventana más cercana que daba al patio. Pablo forcejeaba y parecía gritarles.
—Nos informaron de una víctima de un ataque... —Un policía hablaba con un alumno a pocos pasos de distancia hasta que reparó en mi brazo—. La ambulancia viene en camino.
***
Declaré todo lo que sabía sobre el imbécil ese, desde que era compañero de clases de Esther hasta las extrañas y escalofriantes cartas que solía mandar todos los días sin falta, agregando el detalle de haberlo visto espiando nuestro departamento y su huida exitosa. Por su puesto, me reprocharon el hecho de no haber denunciado y yo no supe cómo responder a ello. Sería muy descarado admitir que no le tenía fe a la justicia en el país.