Durante mi adolescencia rechacé todo lo que pudiera salirse de la norma. No importaba si se trataba del color de la ropa o de un peinado extravagante, lo apartaría sin miramientos. Sin embargo, carecía de algo importante; el rasgo esencial para cualquier chica de mi edad: la atracción por otros.
En secundaria lo pasé por alto. Pese a las hormonas que les robaron la razón a unos cuantos, la mayoría permanecimos en la soltería, centrados en los partidos de los recreos o pasando el rato con nuestro grupo de amigos después de clases.
Pero llegó como una maldición. Tan pronto como ingresamos a la preparatoria todos se desesperaron por emparejarse.
—Miguel, el del 402, está bien guapo —suspiró Verónica, sin apartar la mirada del tipo que acababa de patear el balón. Nos quedamos expectantes, pero éste rebotó en la esquina de la portería antes de huir fuera de la cancha.
Eché a reír cuando los de su equipo soltaron maldiciones y silbidos poco entusiastas.
Los equipos se ubicaban dentro de la cancha de fútbol, aquel enorme rectángulo de tierra seca y desprovisto de una techumbre, por lo que el sol de mediodía daba de lleno en la piel morena de Miguel hasta resaltar el tono dorado en sus brazos y piernas sudorosas. Y para ser justa, era de los chicos más atractivos del instituto.
Nosotras nos refugiamos bajo las gradas. Pese a contar con un par de huecos que dejaban pasar el sofocante calor, nos las ingeniamos para cubrirnos en la sombra que las láminas proporcionaban.
—A mí me gusta más Gerardo —dijo Miri, de cara redonda y copete recto.
—¿El de nuestro salón? —Una tercera, la más bajita entre nosotras, de ojos y dientes grandes, hizo una mueca de disgusto—. ¿Por qué? Si tiene nariz de tucán.
Miriam se encogió de hombros.
—Sigue estando guapo.
Las demás la observamos sin dar crédito.
—Es bien infiel —mi comentario salió sin que pudiera detenerlo e hice un esfuerzo colosal para poder componerlo—. E-escuché que le puso los cuernos a Fer el mes pasado y que por eso terminaron.
En ese entonces era tan torpe que creía que eso era solucionar las cosas.
Miri me miró por un rato y luego se echó a reír.
—Sigue estando guapo.
—¿Ahora hasta eso nos vas a cuidar?
Me volví hacia Vero, quien ya me lanzaba una rígida sonrisa. La broma escondía un reproche sincero. Después de todo, seguía sin perdonarme el haberle espantado el ligue del mes pasado, cuando nos escapamos de clases y nos vimos arrastradas a nuestra primera borrachera con unos tipejos de último año. Al principio el sabor de la cerveza casi me hizo vomitar, pero la insistencia de los weyes a los que no conocía me motivó a terminarme la botella.
Mi inexperiencia provocó un mareo casi instantáneo, pero seguí lo suficientemente cuerda como para percatarme de que Vero estaba siendo arrastrada a los baños. A su lado, un cabrón con barba, y que parecía deber pensión alimenticia, le hablaba al oído mientras ella asentía con torpeza. Aquello me dio mala espina.
Entre tambaleos conseguí ponerme en pie y armé un alboroto para que la dejara en paz; no obstante, resultó ser un recién egresado que a Verónica le gustó en cuanto llegamos, así que se emborrachó para tomar valor y dar el siguiente paso. Y, dicho por su propia boca, yo le cagoteé todo.
—Zara, de verdad que te quiero y aprecio que me cuides —me dijo la tarde siguiente, detrás de los baños de la preparatoria—. Pero no eres nuestra mamá, déjanos ser. Ya estamos grandecitas.
A partir de entonces intentaba con todas mis fuerzas controlar el impulso de interceder por ellas, aunque de vez en cuando conseguía fugarse, tal como ahora.
—Yo sólo decía —murmuré luego de recordar aquello antes de encogerme de hombros y enseñar los dientes a modo de disculpa.
—Me imagino que el niño que te gusta debe ser casi perfecto —dijo Vero al elevar una ceja.
—¿Ah?
—Seguro que sí —Cristal se rio a mi lado, al tiempo que me daba un medio abrazo—. ¿Quién es, Zara?
—Nadie.
La respuesta fue automática.
—No es cierto —Miriam se echó para atrás, entre escéptica y divertida—. Debe de haber alguien.
—Pues no.
Nunca fui la más avispada del grupo así que tardé en percatarme del silencio tenso que se formó a nuestro alrededor. Las cuatro intercambiaron miradas y la ausencia de palabras empezaba a ponerme nerviosa. Me rasqué la nuca que, para ese entonces, estaba semidesnuda gracias a mi corte de cabello, donde los mechones castaños apenas alcanzaban a cubrirla.
—Bueno, haremos como que te creemos —la voz de Miri alivianó el sofocante ambiente y se lo agradecí en silencio—, pero tarde o temprano tienes que contarnos, eh. Por algo somos tus amigas.
Mi risa tembló y prometí hacerlo, a pesar de que no comprendía por qué debía dar un nombre o señalar algo inexistente.
Pero si no lo hago se enojarán, comprendí.
—¡Conque aquí estaban!
Nos sobresaltamos al escuchar una animada voz a nuestras espaldas antes de girarnos y encontrar la risueña cara de David.