Nunca me enteré de la razón por la que Esther lloraba aquella tarde, sólo asumí que sus antiguos amigos fueron los responsables, pues desde el momento en el que la integré a mi grupo no volvió a toparse con ellos. Tampoco fui tan cruel como para preguntárselo al saberla tan incómoda con ese tema.
Así fuimos desde el principio, con una conexión inexplicable. Bastaron dos semanas para sentirme confiada de su amistad, queriéndola de inmediato tras descubrir que compartíamos diversos intereses: como la serie de televisión que no nos perdíamos en las tardes, las canciones de Zoé que entonábamos a todo pulmón, los postres que compramos casi todas las tardes antes de que anocheciera.
Aquellos días tranquilos se convirtieron en recuerdos que endulzaron la amarga experiencia que viviría el resto de la preparatoria.
—Se mamó el Lic. Pato con el proyecto.
Verónica se dio golpecitos en los hombros en un intento de aligerar la tensión.
—Y lo tenemos que entregar la próxima semana —se lamentó Paty.
Esa tarde, al terminar las clases, caminamos con pasos flojos hacia el portón. Yo me sentía especialmente devastada luego de que suspendieran el entrenamiento de aquel día, hasta que noté la preocupación de Esther.
—¿Qué pasa?
—Bueno… —Dejó de morderse la uña del pulgar e intentó sonreír, pero la alegría no llegaba hasta sus ojos—. Es que en mi casa no tengo buena señal para la investigación.
—Vente a la mía y lo hacemos juntas.
Le entregué una sonrisa conciliadora, con la satisfacción de su mirada esperanzada.
—¿De verdad?
—¡Qué mala! —Miri exclamó con dramatismo—. Apenas se conocen dos meses y ya la invitas a tu casa. Ya ni nosotras.
—Déjalas en paz, Mir. —Cris se plantó frente a todas, como si quisiera dar cátedra—. ¿No ves que esas dos ya son como un matrimonio de ancianos?
Me reí. De algún modo aprendí a ignorar los chistes que insinuaban una desviación de mi parte e incluso comenzaba a seguirles la corriente.
—Así es, oficialmente somos un matrimonio. No nos molesten.
Escuchar la risita juguetona de Ther me otorgó la seguridad que necesitaba para darle un abrazo cariñoso.
—Me dan repelús. —Miriam fingió estremecerse.
Yo me limité a mostrarle la lengua.
***
Después de su primera visita, las semanas pasaron y la presencia de mi mejor amiga en mi casa fue cada vez más recurrente hasta el punto de que cada tarde, tras mi práctica de tocho, me estaría esperando en mi habitación. Me parecía perfecto, pues mis días estresantes se convertían rápidamente en un rato confortable y divertido.
—Tu mamá dijo que hay pollo a la naranja en el refri. —Era lo que solía decir tan pronto como llegaba, con los ojos pegados en los libros, ansiosa por poder ingresar a la escuela de enfermería.
—¿A qué hora se fue? —Era mi pregunta, pese a conocer la respuesta.
—No tiene mucho, como media hora.
Aprovechaba cada momento para conversar cuando estaba disponible, de lo contrario, me conformaba con observarla. Esther tenía una concentración admirable, incapaz de quebrantarse a menos de que ella así lo decidiera o se tratase de una emergencia. No obstante, de vez en cuando yo me atrevía a molestarla.
—Oyeeee. —No respondió—. Oye, oye, oye, oye.
—¿Mh?
Mis labios se curvaban en una sonrisa cada vez que alzaba la mirada, con aquellas arrugas en el entrecejo.
—¿No quieres ir a la tienda a comprar un helado? Hace un calor de mierda y me estoy rostizando.
—Las malas palabras. —El regaño salió como un tímido murmullo.
—Es tan jodido no poder decirlas —yo insistí a la vez que me ponía de pie para arrastrarla conmigo—. ¡Que chupen pito los que nos prohíban decirlas!
—¡Zara!
Y terminaba por carcajearme al verle el rostro enrojecido.
Esos pequeños momentos llenaron los vacíos que la vida monótona implantaron, por lo que fue inevitable asumir que la existencia de Esther era un pilar indispensable que me mantenía a flote. Pero las fisuras no tardaron en aparecer, serpenteando hasta enervar mi convicción.
Como un terremoto, el tercer semestre llegó y, junto a él, el nuevo de la clase: Abel Hinojosa.
Tan pronto como llegó, las preguntas bobas también lo hicieron: la razón de su traslado, cómo era la ciudad, si había probado tal platillo... y un montón más que preferí ignorar y escapar tan pronto como el recreo dio inicio. Ni siquiera era interesante y su apariencia promedio tampoco ayudaba. Y, sobre todo, estaba chaparro.
¿Por qué llamaba tanto la atención?
Y como no podía ser de otro modo, los ojos curiosos de Esther no pararon de buscarlo entre clases, lo suficiente como para generarme un tic nervioso bajo el párpado.
—Es lindo. —El comentario escapó como un murmullo, con la mirada perdida en el tóper de su almuerzo sin tocar.