Zarabel [1ra parte finalizado]

III. Hice de mi cuerpo mi propio verdugo

Fue cuestión de tiempo para que el noviazgo de Esther y Abel surgiera como una tormenta. Lo supe desde el momento en que ella comenzó a ir a las canchas con el pretexto de acompañarme en mis entrenamientos. A fin de cuentas, cada que tenía oportunidad, su mirada se desviaría hacia donde Hinojosa se encontrara.

Él era bastante camaleónico con lo que a los deportes respectaba. Cada cierto tiempo cambiaría de un taller a otro, inconforme con cada uno de ellos. Toda esa inseguridad era irritante.

No fue sino hasta mediados del cuarto semestre que Esther correría hacia mí para abrazarme antes de que pudiera siquiera salir del campo.

—Ey, ¿qué ocurre? —Entre risas, traté de verle.

Cuando se apartó tenía el rostro enrojecido hasta las orejas y mantenía la mejor de las sonrisas.

—No te lo vas a creer ni aunque te lo cuente.

—Pues dilo.

Avanzamos fuera de la cancha. Para entonces los meses pasaron y los rumores de mi «desviación» dejaron de importar, hasta que pudimos recuperar una pizca de nuestra tranquila rutina, con la única diferencia de que no retomamos amistad con el cuarteto endiablado.

—Abel me pidió que fuera su novia… ¡y yo acepté, obvio!

La noticia cayó como un torrente helado.

—¿En serio?

—¡Ya ves! Te dije que no me lo ibas a creer.

Dejé salir una risita tensa y la felicité.

«Qué raro», pensé mientras me tocaba el pecho. Esperaba sentir la misma alegría de quien mantuvo un amor secreto por casi un año, pero no fue el caso. En su lugar, una opresión extraña me acompañó el resto del día.

Y por si eso fuera poco, el noviazgo de Esther hizo que los rumores volvieran a hacerse escuchar entre quienes se quedaron pendientes de mi vida privada. No eran demasiados, pero sí los suficientes para que llegara hasta mis oídos el cómo se mofaban de que fui abandonada y remplazada por un hombre.

—Son un puto grano en el ano —suspiré tras arrojar el balón.

Desde que mi mejor amiga se la pasaba pegada a su novio, yo no hacía más que entrenar o, mejor dicho, pasar todo el día en la cancha hasta que el sol se ocultara.

—¿Sigues aquí?

Me fijé en la entrada del campo. Domingo, otro miembro del equipo, se acercó con grandes zancadas. No le tomé importancia y me dejé caer de culo en el césped.

—No tengo nada mejor que hacer —dije al menear los pies, con el chico a tres pasos de distancia.

—¿Dónde está tu amiga? La que siempre te acompaña.

Le di un vistazo de soslayo, harta porque de seguro él también era partidario de los rumores.

—Con su novio.

—Guao. A de ser raro, ¿no?

—¿El qué?

—Que de pronto tu amiga tenga novio y te deje de lado.

Domingo tomó el balón y lo arrojó de una mano a otra.

—Me da igual.

Después de una semana de ausencia, comenzaba a hacerme a la idea de que Esther se alejaría cada vez más.

—Bueno, si necesitas a alguien con quien hablar de vez en cuando, aquí estoy yo.

Detuvo su juego para fijar la mirada sobre mi cara. Conocía esa mueca pícara y el tono meloso que la gente usaba para ligar.

Le brindé una sonrisa cordial y me puse de pie. No estaba interesada en comenzar otra relación incluso si los rumores se reforzaban como antes. Pedí una disculpa rápida antes de irme a casa, con la tensión apretando mis hombros.

Llegué al sendero de mi barrio cuando estaba a nada de oscurecer. Las nubes en el cielo lo adornaban con tonos grisáceos y violetas, mientras que las farolas empezaban a iluminar la calle sin mucho esfuerzo. A medio bostezo saqué las llaves de la casa antes de alzar la mirada y congelarme. Frente a la puerta permanecía una lamentable silueta que me observaba con lágrimas en los ojos.

—¡Theri! ¿Qué te pasó?

Inquieta, analicé el cuerpo tembloroso que contenía los lloriqueos.

—Abel me terminó —logró decir y una exhalación llena de tristeza estrujó mi pecho.

—¿Cómo? —Me tragué la sonrisa que amenazaba con extenderse, cual idiota insensible. Ni siquiera comprendía el alivio que se combinaba con la preocupación. Una sensación contradictoria, pesada, que me hizo odiarme.

Entonces llegaron las explicaciones de cómo Abel Hinojosa se aburrió de ella y no encontró una manera suave de cortarla. Fue brutalmente honesto hasta el punto de ser un imbécil. Aunque, de cierto modo, lo mejor era que la dejara antes de hacerle daño, pero Esther no lo vio de ese modo.

—¡Pero yo lo quiero! No sé si lo entiendas, Zara, pero yo me enamoré de él. No importa si fue poco tiempo, yo...

Una nueva oleada de tristeza le cortó la voz. No tuve una respuesta para eso y me limité a abrazarla. No importaba cuántas citas tuviera o los chicos que conociera, ninguno me hizo perder la cabeza de esa manera.

—Tal vez, si fuera más bonita...

Espabilé al escucharla susurrar y me aparté para verle.




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