Domingo siempre fue bueno para hacerse notar... y nuestra ruptura no fue una excepción.
Al principio creí que todo pasaría desapercibido, feliz en mi nube de ignorancia que se pinchó tan pronto escuché la conversación en donde aseguraba que yo había dejado de servirle. Esas palabras que me despojaron de toda humanidad para convertirme en un recipiente usado hasta el cansancio. Y Abel estuvo ahí, haciéndole segunda, y riéndose de ello.
Cada palabra y cada risa contribuyeron para que la presión que cargaba terminase por explotar. Así fue como sucedió el accidente. No conforme con destruir el trabajo que construí durante años, arruiné la vida de alguien más. De Abel. A quien siempre odié y negué todo entendimiento.
El precio por ese error fue pagado con el desprecio de mi equipo y la fama de ser la puta inmoral del plantel.
No me quedaba nada más que Esther. Así que, con miedo a perderla, no fui tan valiente como para confesarle que yo ocasioné la caída de Hinojosa. Ya él se encargaría más tarde en terminar con la penitencia al colocar aquellos papeles en mi casillero, en donde mi explosiva personalidad se encargaría del resto. Cegada por la ira golpeé a mis compañeras y, con ello, terminé por cavar la tumba de mi futuro como deportista.
—¡Esto ya es el colmo!
Elena lanzó el bolso al sillón de la sala, con la mirada prendida en fuego. Acababa de llegar de la oficina del director, luego de mi revuelta con mis compañeras de tocho. Ella, en cambio, a punto de irse a su trabajo, recibió una llamada por parte del instituto, sin darme la oportunidad de explicárselo primero.
—¿Ahora qué putas piensas hacer si sigues ganándote reportes y suspensiones? Ninguna universidad decente va a aceptar a una pendeja violenta. ¡Respóndeme!
En un principio me mantuve en silencio y con la mirada clavada en el piso, hasta que sus pies aparecieron en mi campo de visión y me obligué a elevar la cabeza.
—No quiero ir a la universidad —dije con la voz quebrada.
—¿Cómo dices?
—Lo único que de verdad me importaba era el equipo, mamá. Y ya no lo tengo.
—¡Con toda la razón! ¿O qué? ¿Esperabas que todos te felicitaran por romperle la nariz a una de tus amigas?
—No era mi amiga…
—¡Eso es lo que menos importa, puta madre! —Elena se paseó por la sala, cuidando su impoluto cabello lacio—. Y luego saliste una zorra completa.
Mi rostro desencajado pareció divertirla.
—¿Crees que no sé lo que todo el mundo anda diciendo? Que te acuestas con el primero que se te para enfrente. Todo este tiempo te he dejado hacer lo que se te da tu puta gana, así que la del error fui yo. Pero créeme cuando te digo que, si te llegas a empanzonar, te botas a la chingada con todo y chamaco.
A pesar de estar desorientada, mis ojos se llenaron de lágrimas y sentí una punzada tosca en el pecho. El desprecio de mi madre casi era palpable y yo estaba asustada.
—¿Siquiera sabes si la mitad de esos rumores son ciertos? —cuestioné, llena de algo similar al dolor. Porque ya estaba acostumbrada a su indiferencia, pero seguía afectándome no reconocer el amor en su mirada.
—¿No lo son? Si te comportaras como una señorita de verdad, dudo mucho que alguien intentara esparcir toda esa mierda.
Apreté los dientes, sin poder soportar las lágrimas que ya se deslizaban hasta tocar la barbilla.
—No voy a ir a la universidad —mi voz salió con dificultad y bajé la mirada, con un sentimiento de humillación clavado, pero viéndome incapaz de detenerme—. Qu-quiero seguir en el equipo. E-estudiar deportes...
Intenté decir algo más, pero el llanto no me lo permitió.
—¡Ya cállate, que llorando no vas a resolver el cagadero que hiciste! —Elena se masajeó la frente—. Tampoco voy a apoyar que estudies para jodida. Es más, ya perdiste el derecho de decidir nada, ¿me oyes?
Tomó su bolso de vuelta y, antes de cruzar la puerta principal, me lanzó una mirada llena de desdén.
—Juro por mi vida que no sé por qué sigo cuidando de ti.
Azotó la puerta tras de sí y yo salí disparada a mi habitación.
El escozor en mis manos era tan irritante que la única manera de deshacerme de él fue golpeando la mesita de estudio. Una y otra y otra vez los nudillos impactaron contra la madera hasta magullarse. Ignoré la hinchazón y la sangre que salía de entre la piel desgarrada y no me detuve sino hasta que el calor de mi cuerpo se apaciguó y las manos palpitaban a carne viva. Repentinamente el dolor de los golpes que me recibí horas atrás regresó y me tiré al piso. Mi rostro se ocultó entre las manos y me obligué inhalar y exhalar varias veces, con el corazón desbocado y los latidos haciendo eco en la garganta, tan agresivos que me arrebataron la voz.
Perdí el control de tal modo que me sentí asqueada.
No sólo los demás me despreciaban, yo también lo hacía. Desde antes de los rumores, desde siempre. ¿Para que seguir aquí entonces? ¿Qué me ataba a un mundo donde era acusada y sin oportunidad de defenderme? Como un animal al que acababan de cortar las garras y sacar los colmillos para lanzarlo a una arena repleta de leones hambrientos.