Zarabel

02

Zara consideraba que darle un título tan importante como «ex novio» era exagerado. A decir verdad, Esther y él estuvieron juntos poco más de una semana; después de eso, no volvieron a cruzar ni una mirada.

«O eso creía», pensó, sin dejar de arrugar el entrecejo ni apartar los ojos de su andar. Él se había acercado a Valeria y Celeste para saludarlas con un beso en la mejilla.

—Abel nos conoce desde la prepa, ¿verdad, Zara? —dijo Esther. Pero cuando ella le clavó la mirada, la evadió. Apenas se dio cuenta de lo desinformada que se encontraba de toda la situación, así que no pudo evitar mostrarse nerviosa—¿Nos vamos a sentar? —preguntó entonces, haciendo un gesto hacia las bancas.

Las piernas de Zara se movieron en automático, siguiendo a los demás. Sus ojos se enfocaron en el paso renqueante de Esther. Siempre con una mente débil, era propensa a sentir culpabilidad más rápido y con mayor intensidad que los demás. Eso hacía que su cuerpo operara con dificultad, como una máquina que necesitaba mantenimiento.

Tomaron asiento en la mesa con la sombrilla llena de agujeros, pero no era un problema mayor, pues el sol apenas comenzaba a calentar el pavimento y no había rastro de que se avecinara una tormenta. Celeste y Valeria se encargaron de limpiar los restos de comida que quedaron en la mesa con las toallitas húmedas que la segunda solía llevar consigo, y fueron lo suficientemente consideradas para hacer la parte de Zara, quien todavía no pestañeaba siquiera. Tal como Esther, sentía el cuerpo descompuesto; solo sus ojos funcionaban, negándose a echarle un vistazo a Abel.

—Se conocen desde la prepa, entonces —Celeste inició la conversación tras acomodarse y apoyar los brazos sobre la mesa.

¿Cómo se enteró? La cabeza de Zara estaba hecha un lío, por lo que no recordaba que se mencionara eso. De nuevo su cabeza se giró hacia Esther, preguntándose si mencionó lo de su noviazgo infructuoso.

—Estábamos en el mismo grupo —asintió la morena hacia Cele—. Él y Zara se llevaban mejor.

Zara arrugó la nariz y torció la boca.

—Sí, me lo creo —exclamó Valeria, con una sonrisa burlona—. Hasta hacen los mismos gestos.

Ahora sí, los ojos de Zara se centraron en él por más de un segundo. Tal como lo señalaron, ambos tenían la misma expresión de disgusto. Cuando las tres chicas se rieron, ella se obligó a suavizar su rictus.

—Hasta estaban en el mismo equipo de tocho-bandera —continuó Esther. Ahora Zara se obligó a centrarse en el tono de voz, intentando encontrar una pizca de celos o envidia. Para su tranquilidad, parecía serena al respecto.

—¿Tenían un equipo de tocho? —Celeste exclamó sorprendida—. ¿Iban a torneos y cosas así?

—No mucho, la verdad. —Zara logró encontrar su voz—. Creo que solo competimos dos o tres veces con otras escuelas.

—Vivíamos en un pueblo pequeño —terció Abel, con una sonrisa amable—, así que jugábamos en contra de las prepas más cercanas.

—Ah...

Valeria y Celeste intercambiaron miradas. Justo como solían hacer, sonrieron con malicia. Zara quiso hundirse en su asiento, pero no contaba con un espaldar. Sabía lo que ellas estaban imaginando, y lo que esperaban escuchar: una historia entre ambos, llena de romance y cosas como esas.

—Entonces eran amigos muy cercanos —especuló Valeria, siendo la primera en querer obtener la historia picante.

—Mmm, éramos como rivales atrapados en el mismo equipo, de hecho.

Las chicas rieron ante el comentario de Abel. Zara, en cambio, no pudo estar más de acuerdo. Si tuviera que resumir su relación, sería de esa manera.

¿Por qué se ríen tanto? De pronto se sintió incómoda en su lugar, así que se removió un poco.

Siguieron intercambiando palabras, pero Zara se distrajo, permitiéndose ahora centrarse descaradamente en Abel. Su apariencia era muy distinta respecto a la de preparatoria: su cabello negro ahora era rojo, pero dejando las raíces al natural; se hizo tres piercings: uno en el labio inferior, otro en las orejas; una línea diagonal partía su ceja derecha; y, por si fuera poco, descubrió el sentido de la moda. Antes se aferraba a un estilo deportivo, con conjuntos grises o azules que lo hacían ver bastante gracioso; en cambio, ahora iba vestido con una simple camiseta oscura que se ceñía a su torso y un pantalón cargo del mismo color, lo cual le proveía una apariencia intimidante.

Como un marihuano agresivo.

Lo único que no cambió fue lo bien que encajaba con los desconocidos. Contrario a ella, no le molestaba relacionarse en algún lugar extraño y sabía cómo ganarse el favor de los demás.

—¿Y cómo fue que se reencontraron hasta ahorita?

La pregunta la sacó de sus pensamientos, para centrarse en Esther.

—Ah, bueno... —La susodicha bajó la mirada y acomodó uno de sus mechones castaños tras su oreja. Su cabello era tan largo que ocultó su rostro, y probablemente hasta su rostro enrojecido.

No, no me digas que todavía te gusta. Zara sintió un pinchazo en el pecho y la punta de los dedos comenzaron a enfriarse.

—Nos seguimos en Instagram desde la prepa —Esther se animó a hablar—. Y seguimos hablando después de graduarnos. Por eso lo invité hoy, porque dijo que no tenía nada que hacer...




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