Zarek: el cachorro del alfa

Capítulo 7 — El espía torpe

Aunque tuviera que aprender a conducir un coche en el proceso.

Esa frase se me quedó dando vueltas en la cabeza durante toda la noche, y desde que me desperté hasta que me tomé la leche con galletas, y como yo soy muy inteligente pero a veces me olvido de las cosas, la repetí en voz baja mientras papi se vestía, porque sonaba importante, como cuando digo que voy a comerme un pastel entero aunque después me duela la barriga.

El viernes llegó antes de lo esperado, y yo estaba súper emocionado, pero papi no tanto, porque aunque él es un alfa legendario que ha cazado en bosques que ni siquiera salen en los dibujos y ha vivido más años que todos los abuelos del mundo juntos, nunca, pero nunca nadie le había enseñado a sentarse en el asiento de un coche y hacer que no se moviera sin que pareciera que estaba peleando con una fiera.

—Papi, el cinturón —le dije desde el asiento de al lado, donde siempre me siento cuando mamá no está, porque soy el copiloto y tengo que ayudarlo, aunque él a veces no quiera.

—Lo sé, estoy evaluando ésto —gruñó papi, y yo sé que cuando gruñe así es porque está haciendo una cosa que no sabe, pero no quiere que nadie se dé cuenta, así que lo dejé tirar de la correa como si fuera una serpiente hasta que al final hizo clic.

—Evalúalo más rápido, que mamá ya salió —le dije, señalando por la ventana, donde vi el coche gris de mamá doblar la esquina y desaparecer como un cohete, y yo quería irme con ella pero también quería quedarme con papi porque esto era como una misión secreta.

—Sujétate —dijo papi, y yo me agarré fuerte al asiento con las dos manos porque cuando papi dice "sujétate" es que viene algo divertido.

Giró la llave y el motor hizo ¡BRRRRUM! pero no como en los coches de verdad, sino como cuando yo imito a un león, pero papi dijo que sonaba perfecto, y yo le creo porque él sabe de esas cosas, como de rugidos y de cosas de hombres del bosque. Luego metió la palanca de cambios con mucha fuerza, como cuando le da a la carne con el cuchillo en la cocina, y el coche dio un tirón hacia atrás tan rápido que me pegué al asiento.

—¡Papi, vamos en reversa! —grité, y me dio la risa floja porque era como cuando yo me monto en el carrito de la compra al revés y mi mamá se enfada.

—Es una maniobra estratégica —dijo papi, y yo sé que "maniobra estratégica" es una palabra de las grandes que usa cuando hace algo mal pero no quiere decirlo, y apretó el freno tan fuerte que mis dientes chocaron y sonaron clac, clac como en los dibujos de los castores.

—Pero si mamá ya dobló —le dije, porque a veces papi se olvida de las cosas importantes—, no nos puede ver.

—Silencio —dijo, pero no con voz de enfado, sino de concentración, como cuando yo intento hacer un castillo de arena y se me cae—. Estoy concentrado.

Metió la palanca otra vez, y esta vez el coche se fue para adelante, directo hacia el cubo de basura que estaba al lado del garaje, y yo cerré los ojos muy fuerte hasta que sentí que paró, y cuando los abrí papi estaba sonriendo como si hubiera ganado una carrera.

—Progreso —dijo.

—Casi matas al cubo —le dije, y él me miró con cara de "no importa", y yo me reí porque papi es así, primero quiere ganar y después piensa en las cosas.

Salimos del garaje como una bala, pero una bala que no sabe por dónde ir, porque papi iba mirando para todos lados menos para donde íbamos, y yo tenía que decirle todo.

—Ahora a la derecha, papi —le dije, y él asintió muy serio como si ya lo supiera, pero sé que no lo sabía porque íbamos a chocar con un árbol y yo tuve que gritarle.

—Lo sé —dijo, y yo sé que no lo sabía, pero se lo dejé pasar.

—Tienes que poner el intermitente —le dije, porque eso lo aprendí viendo a mamá, que siempre lo pone aunque no venga nadie, y papi me miró como si le hubiera dicho una palabra en chino.

—¿Para qué? —preguntó, con cara de que le estaba enseñando yo a él, y eso me gustó un montón porque normalmente él me enseña a mí.

—¡Para que los otros coches sepan que vas a girar! —le expliqué, moviendo las manos como cuando la seño nos explica los semáforos.

—No me importa lo que los otros coches sepan —dijo papi, y yo supe que esa era una de sus frases de alfa, que son frases que dice para que nadie piense que tiene miedo, pero yo sé que a veces tiene miedo de las cosas nuevas, como yo cuando me cambiaron de clase y no conocía a nadie.

Pero no choco, y eso fue un milagro, porque estuvimos a punto como mil veces, y yo iba mirando el mapa del teléfono que papi me había dejado para que fuera el guía, y me sentía súper importante, como los piratas que miran el tesoro con una lupa.

—Dice que doblemos en quinientos metros —le dije, muy serio, señalando la flecha verde que se movía en la pantalla.

—¿Quién es "dice"? —preguntó papi, frunciendo el ceño como si el mapa le hubiera hecho una broma.

—El mapa, papi —le dije, y me reí porque a veces papi no entiende las cosas de los humanos, y eso me hace sentir que yo soy más listo que él en algunas cosas—. El mapa del teléfono.

—Ese mapa está equivocado —dijo, apretando el volante con las dos manos, y yo vi que se estaba poniendo nervioso porque se le movía la oreja izquierda, que es la que se le mueve cuando está a punto de hacer algo que no debe.

—No, papi —le dije, y señalé la ventana—, tú estás equivocado. Acabas de pasar la salida.

Y entonces pasó.

Papi frenó en medio de la carretera, ¡CHIIIIIIIII!, y yo salí volando hacia adelante como un superhéroe pero sin querer, y el cinturón me apretó fuerte en la tripa y me dolió un poquito pero no lloré porque los niños grandes no lloran por eso.

—¡Papi! —grité, y mi voz sonó como la de los dibujos cuando se caen de la moto.

—Tranquilo —dijo papi, y yo vi cómo ponía la marcha atrás y empezaba a ir hacia atrás otra vez, pero esta vez en medio de la calle donde pasaban coches de verdad, y yo miraba por la ventana y veía a un señor que nos hacía así con las manos ¡NO! y otro que pitaba y pitaba.




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