Y entonces vi la cara de mamá.
Primero puso cara de sorpresa, como cuando le hago un dibujo y no se lo espera. Luego puso cara de confusión, como cuando le digo que los perros vuelan. Luego puso cara de negación, como cuando dice que no hay más galletas aunque yo sé que sí. Luego puso cara de enfado, que es la que más me da miedo porque luego se le fruncen los labios y parece una profesora.
Y luego me miró a mí, y luego miró a papi, y yo supe que estábamos en problemas.
—Zarek —dijo mamá, y su voz sonaba como un cuchillo cortando un tomate, muy finita y muy afilada—. ¿Qué haces aquí?
—Acampando —dijo papi, y yo pensé que su voz sonaba muy normal, como si nada, pero yo vi que se había puesto un poco colorado por detrás de las orejas—. Es un fin de semana perfecto para el camping. El clima acompaña. Los árboles están... frondosos.
Y yo me tuve que morder los labios para no reírme porque "frondoso" es una palabra que solo dice papi cuando no sabe qué decir, como cuando intenta explicarme por qué se le quemó la cena y dice que estaba "experimentando con texturas".
Mamá lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Tú no acampas —dijo, y yo vi cómo se le movía el pie izquierdo, que es el que se le mueve cuando está a punto de explotar—. Tú odias acampar. Una vez me dijiste que dormir en el suelo era cosa de vagabundos.
Y eso era verdad, porque yo lo oí una vez cuando estábamos viendo una peli de unos señores que dormían en el campo y papi dijo que eso era de locos, pero ahora no podía decir eso porque mamá se iba a enfadar más.
—Las personas cambian —dijo papi, y yo pensé que esa era una buena respuesta, pero por la cara de mamá no le gustó.
—Las personas no cambian en una semana —dijo mamá, y tenía razón, porque yo sigo queriendo ver dibujos de unicornios aunque ella diga que ya soy mayor.
—Yo cambié en menos tiempo —dijo papi, y su voz sonó un poquito más bajita, como cuando me dice que sí a algo que antes había dicho que no, y yo supe que estaba mintiendo pero no dije nada porque a veces los mayores necesitan mentir un poquito para sentirse bien.
Y entonces el señor Andrés, que estaba ahí con su camisa de muchos colores y su sonrisa de dientes muy blancos, se acercó a papi con la mano estirada, como cuando los médicos te quieren dar la mano para que no llores, pero dan miedo.
—Zarek, ¿verdad? —dijo, y su voz sonaba como la de los payasos en las fiestas, muy amable pero un poco falsa—. No sabía que ibas a venir. Ana no me lo había dicho.
—Porque no lo sabía —dijo mamá antes de que papi pudiera hablar, y me miró a mí con ojos de "ya hablaremos en casa" aunque estábamos en el bosque—. Porque no estaba invitado.
Y yo me puse un poquito triste porque a mí me gustaba que papi estuviera allí, aunque mamá se enfadara.
—No necesito invitación —dijo papi, y yo vi que no le había dado la mano al señor Andrés, y eso era muy de papi porque él solo le da la mano a la gente que le gusta—. Este bosque es para todos.
—Este camping es privado —dijo mamá, y puso los brazos cruzados, que era la señal de que la guerra estaba empezando.
—Ya pagué mi terreno —dijo papi, y yo abrí los ojos muy grandes porque no sabía que se podía pagar un terreno, y señaló con la mano hacia la parcela de al lado, que estaba vacía y tenía un cartel que ponía "Reservado"—. Clara hizo la reserva. Todo en regla.
Mamá se quedó callada un momento, y su cara hizo como cuando explota un globo pero sin ruido, y sus ojos echaban fuego, y yo pensé que iba a decir algo muy gordo, pero antes de que pudiera hablar yo me acerqué a ella y le cogí del brazo porque no quería que se enfadara tanto.
—Mamá —le dije, y moví el brazo para que me mirara a mí y no a papi—, por favor, que papi se quede. Prometo que no vamos a molestar, papi se va a portar de maravilla o si no lo regaño. ¿Verdad, papi?
Y me giré a mirar a papi, y él me miró a mí, y yo sé que él quería decir que no se portaría bien porque él es un alfa y los alfas no se portan bien, pero yo le puse cara de "por favor" y entonces él puso cara de que se estaba comiendo una verdura que no le gustaba.
—Claro —dijo, y su voz sonó como si le estuvieran apretando la garganta—. No molestaremos.
Y yo sonreí porque lo había conseguido.
El señor Andrés se rió, pero no como cuando alguien cuenta un chiste gracioso, sino como cuando en el cole alguien se cae y los mayores se ríen para que no llore, y puso una mano en el hombro de mamá, y a mí no me gustó porque mamá solo es de papi y mía, y por la cara de papi tampoco le gustó porque apretó los dientes y se le movió la oreja izquierda otra vez.
—No pasa nada, Ana —dijo el señor Andrés, con una voz que quería ser la de un superhéroe pero sonaba más a la de mi profesora cuando me dice que comparta—. Podemos compartir espacio. No hay problema.
—No quiero compartir espacio —dijo mamá, y yo vi cómo se quitaba la mano del hombro muy rápido, como cuando a mí me toca un niño que no me gusta y me lavo, y el señor Andrés hizo como que no pasaba nada pero yo vi que se le movió un poquito la sonrisa.
Y entonces papi sonrió.
No como cuando se ríe conmigo, sino como cuando se ríe de alguien que ha hecho algo mal, y yo sé que esa sonrisa es peligrosa porque antes de que saliera de casa con ella una vez, luego llegó todo el pelo mojado y oliendo a perfume de señora, aunque nunca me dijo qué había pasado.
—Tranquila, Ana —dijo papi, y se giró para ir al coche con sus pasos largos y fuertes—. Nos instalaremos en nuestro terreno. No interfieras.
—¿No interfiera? —oí decir a mamá detrás de mí, y su voz sonaba como un cohete a punto de despegar—. Zarek, no puedes aparecer así, sin avisar, sin...
Pero yo no oí el resto porque en ese momento papi abrió el maletero del coche, y yo me acerqué corriendo porque quería ayudarle, pero cuando vi las varillas de la tienda y la lona doblada y todas las cosas que había que hacer, me acordé de cuando habíamos intentado montar la tienda en la sala para jugar y se había caído tres veces y al final la habíamos usado como manta.