Nico tenía razón en una cosa: yo estaba tramando algo.
Pero no era espionaje. Los alfas no espían. Los alfas observan, evalúan y actúan. Y yo estaba observando a Andrés desde el momento en que puse un pie en ese camping.
El hombre era un desastre con patas.
Lo supe cuando lo vi sostener la bolsa de dormir sin saber qué hacer con ella. Lo supe cuando usó gafas de sol en un bosque donde el sol apenas atravesaba los pinos. Lo supe cuando intentó darle la mano a mi hijo y Nico la ignoró para ir a abrazar a su madre.
Pero lo confirmé cuando intentó montar su propia tienda.
—Ana, cariño, ¿dónde va esta varilla? —preguntó, con la voz impostada queriendo parecer útil pero solo estorbaba.
—Ahí —respondió Ana, seca, sin levantar la vista de su trabajo—. En el agujero.
—¿Cuál agujero?
—El que está en la tela, Andrés. El que pone "varilla aquí".
Nico se rio entre dientes. Yo también habría sonreído si no estuviera ocupado clavando las estacas de mi propia carpa con la fuerza suficiente para partir la tierra.
El terreno de al lado era más pequeño que el de ellos, pero suficiente. Lo había pagado «esta vez sin mentir» con la tarjeta que Clara me había dado. La mujer del mostrador me había mirado con extrañeza cuando pedí la parcela contigua a la de Ana, pero no hizo preguntas. Los humanos aprenden rápido a no meterse en lo que no les importa.
—Papi —Nico se acercó con una estaca en cada mano—, ¿te ayudo?
—Clava ahí —señalé la esquina opuesta—. Fuerte.
Nico levantó el martillo y golpeó la estaca. Falló. Golpeó de nuevo. Esta vez acertó, pero la estaca entró torcida.
—Está bien —dije, porque lo estaba. Para un niño de cinco años, cualquier intento era válido—. Sigue así.
Nico sonrió y siguió martillando con más entusiasmo que precisión. Yo clavé las varillas restantes, tensé la lona y en menos de veinte minutos la carpa estaba en pie.
No era un refugio de troncos centenarios, pero serviría.
—¡Lo logramos! —gritó Nico, dando saltos—. ¡Papi, lo logramos!
—Yo lo logré —corregí, porque no iba a permitir que el niño se llevara todo el mérito—. Tú solo martillaste una estaca.
—¡Pero la martillé bien!
—Regular.
—¡Bien!
Nico se rio y yo no pude evitar que una pequeña sonrisa se asomara a mis labios. El niño era insistente. Como yo.
Al otro lado del terreno, Ana terminó de montar su tienda con eficiencia. Andrés, entretanto, había logrado clavar dos estacas y perder una tercera en el proceso.
—Amor, ¿puedes venir a ayudarme con esto? —preguntó, con la voz un poco más alta de lo necesario.
Ana suspiró. Con un suspiro hondo, de esos que salen del fondo de los pulmones cuando la paciencia se está agotando.
—Ahora voy.
Nico me miró. Yo lo miré. Ninguno dijo nada, pero ambos pensamos lo mismo.
Este tipo no duraría tres días.
El primer problema llegó a la hora de comer.
Andrés había traído una parrilla portátil, carbón, pinzas y una bolsa de carne que olía a supermercado barato. Se colocó frente al artefacto.
—No te preocupes, Ana —dijo, frotando las manos—. Hoy te preparo la mejor parrillada de tu vida.
Ana levantó una ceja. Nico se acercó a mi lado, con los ojos muy abiertos.
—Papi —susurró—, ¿crees que se va a quemar?
—Espéralo.
Andrés encendió un mechero y acercó la llama al carbón. Nada. Lo intentó de nuevo. Tampoco. Le echó un líquido de una botella que olía a gasolina y volvió a encender el mechero.
Esta vez, el fuego prendió.
Pero no del modo que él esperaba.
Una llamarada se elevó un metro en el aire, acompañada de una nube de humo negro que hizo toser a todos los que estábamos cerca. Andrés retrocedió tan rápido que tropezó con una silla y cayó de espaldas.
Nico soltó una carcajada.
—¡Andrés! —gritó Ana, corriendo hacia él—. ¿Estás bien?
—Sí, sí —dijo él, levantándose con la dignidad hecha trizas—. Solo fue un pequeño contratiempo. El carbón estaba húmedo.
El carbón no estaba húmedo. El idiota había echado demasiado líquido y casi se prende fuego él mismo.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, sin moverme de mi posición.
Andrés me miró con odio.
—No.
—Porque yo sé hacer fuego —añadí, con tranquilidad—. Fuego verdadero. El que no necesita líquidos de botella.
—No gracias —respondió él, enderezando la parrilla—. Yo puedo solo.
No podía. Lo intentó tres veces más. La tercera, el fuego prendió, pero tan débil que las brasas tardaron veinte minutos en estar listas. Para entonces, Nico ya se había comido dos galletas de la bolsa que había traído y yo había empezado a perder la paciencia.
Ana, entretanto, observaba la escena con los brazos cruzados y una expresión que no sabía si era resignación o vergüenza ajena.
Cuando la carne por fin estuvo lista «negra por fuera, cruda por dentro», Andrés la sirvió con una sonrisa de satisfacción.
—¡A comer!
Nico miró su plato. Miró la carne. Miró a su madre.
—Mamá, esto está quemado.
—Cómetelo —dijo Ana, aunque su tono no era tan firme como otras veces.
—Está negro.
—Es la salsa.
—No hay salsa.
Andrés carraspeó.
—Es la forma en que se cocina en mi familia. Le da un sabor ahumado.
—Sabe a ceniza —dijo Nico.
Yo no pude evitarlo. Solté una risa corta y seca, que Andrés escuchó perfectamente.
—¿Tú crees que puedes hacerlo mejor? —me espetó, con la cara encendida.
—Sí.
—Pues hazlo.
Lo miré. Era una trampa. Si aceptaba, me ponía a su nivel. Si rechazaba, quedaba como un cobarde.
Hice lo que cualquier alfa haría: lo acepté.
—Con gusto.
Me acerqué a la parrilla. El fuego estaba débil, y las brasas casi apagadas. Andrés las había maltratado con su torpeza, pero aún se podía rescatar algo. Aparté la parrilla, removí las brasas con una vara que encontré en el suelo, sople suavemente y añadí un poco de leña seca que había recogido mientras ellos discutían.