—No es pis —insistí, sacando a Nico de la tienda con una mano mientras con la otra sujetaba el saco de dormir manchado—. Es transpiración nocturna.
—Huele a pis —repitió Nico.
—Es el olor del sudor.
—Mamá, ¿el sudor huele a pis?
Ana se acercó, olió el saco y me miró con lástima y diversión.
—Es pis, Zarek. Acepta la derrota.
—Los alfas no aceptan derrotas.
—Los alfas no orinan en la cama.
—Yo no oriné —señalé a Nico—. Él orinó.
—¡No fui yo! —protestó Nico—. ¡Fue el dinosaurio!
—¿El dinosaurio de plástico?
—Sí. Bebe mucha agua por la noche.
Ana soltó una risa. Corta y rápida, pero fue una risa.
—Voy a buscar una bolsa para la ropa sucia —dijo, alejándose hacia su tienda.
Nico me miró con los ojos muy abiertos.
—Papi, ¿mamá se rio?
—Sí.
—¿De nosotros?
—De mí, sobre todo.
—Entonces es bueno, ¿no?
No supe qué responder. Así que me limité a revolverle el pelo y a meter el saco de dormir en una bolsa de plástico que encontré en la mochila.
Andrés, entretanto, preparaba el desayuno. Esta vez no intentó encender el fuego. Sacó una pequeña hornilla de gas, la colocó sobre la mesa y puso una tetera a calentar. El gesto era tan patético que casi sentí lástima por él.
Casi.
—¿Alguien quiere café? —preguntó.
—Yo —dijo Ana, acercándose con una bolsa de basura en la mano.
—Yo también —dije, solo para molestarlo.
Andrés me miró con odio, pero sirvió tres tazas. Nico pidió leche caliente, y Andrés tuvo que buscar la leche en la nevera portátil, calentarla en otra olla y servirla en un biberón que Ana había traído.
—Eres un niño grande —le dijo Ana a Nico—. Ya no usas biberón.
—Hoy soy pequeño —respondió Nico, con una sonrisa que me recordó a mí.
Ana suspiró y aceptó la derrota.
Después del desayuno, Andrés propuso una caminata.
—Hay un sendero marcado —dijo, señalando un mapa que había sacado de su mochila—. Son unos tres kilómetros. Fácil.
—¿Tú puedes? —preguntó Ana, mirándome con sorna.
—Puedo —respondí, con la dignidad ofendida sabiendo que he recorrido distancias diez veces mayores sin despeinarse.
—Pues vamos.
Nico aplaudió emocionado. Andrés frunció el ceño. Yo cogí una mochila pequeña, metí agua, algo de comida y la linterna, por si acaso.
El sendero empezaba detrás de las parcelas, en un claro del bosque donde habían colocado un cartel de madera con un mapa y una flecha verde. El camino era de tierra apisonada, bordeado de pinos altísimos cuyas copas se tocaban formando un techo vegetal.
Nico iba delante, saltando piedras y señalando ardillas. Ana iba detrás de él, vigilándolo. Andrés y yo cerrábamos el grupo, en un silencio incómodo que ninguno de los dos quería romper.
—No tienes por qué venir —dijo él al cabo de un rato.
—Mi hijo viene —respondí.
—Puedes esperar en el camping.
—Prefiero caminar.
—No te quieren aquí.
—A ti tampoco.
Andrés se detuvo. Me miró con los ojos llenos de furia.
—¿Qué coño te pasa, Zarek? Apareces de la nada, te metes en nuestro fin de semana, haces comentarios pasivo-agresivos...
—No sé qué es pasivo-agresivo.
—Eso es parte del problema.
—El problema —dije, acercándome a él— es que estás con mi mujer.
—Es tu exmujer.
—Es mi Luna.
Andrés me miró como si estuviera loco.
—¿Luna? ¿De qué hablas?
—De nada. Sigue caminando.
Lo adelanté con dos zancadas y me coloqué junto a Ana. Ella me miró de reojo, pero no dijo nada.
Nico, entretanto, había encontrado un palo y lo usaba como bastón, golpeando las piedras y las raíces con entusiasmo.
—Papi, ¿esto es un bosque de verdad?
—Sí.
—¿Hay lobos?
—Puede ser.
—¿Y osos?
—También.
—Guau —Nico abrió los ojos como platos—. ¿Podemos ver uno?
—Espero que no —intervino Ana—. Los osos son peligrosos.
—Pero papi dice que él cazaba osos.
Ana me miró.
—¿Cazabas osos?
—En sentido figurado —mentí.
—Claro —dijo ella, con ese tono que usaba cuando sabía que mentía pero no le importaba.
Seguimos caminando. El sendero se volvió más empinado, las piedras más grandes y las raíces más traicioneras. Andrés empezó a quejarse.
—¿Cuánto falta?
—La mitad —dijo Ana, consultando un cartel—. Un kilómetro y medio más.
—Mis zapatos nuevos me están haciendo daño.
—Por eso no se estrenan zapatos en una caminata.
—No sabía que íbamos a caminar tanto.
—Te lo dije ayer.
—Pero no pensé que fuera tan lejos.
Nico se volvió a mirarlo.
—Señor Andrés, ¿está cansado?
—Un poco.
—Papi no está cansado.
—Papi entrena —dije, sin especificar qué tipo de entrenamiento hacía un alfa legendario en su tiempo libre.
Andrés me fulminó con la mirada, pero siguió caminando.
El sendero terminaba en un mirador. Una plataforma de madera construida en el borde de un acantilado, con vistas a un valle enorme, cubierto de árboles y salpicado de pequeñas lagunas que brillaban bajo el sol.
—¡Guau! —gritó Nico, corriendo hacia la barandilla—. ¡Mamá, mira qué alto!
—No te acerques tanto —dijo Ana, agarrándolo del brazo.
—Pero quiero ver.
—Ya ves. Desde aquí.
Andrés se apoyó en la barandilla, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Tenía la cara roja, la camisa empapada en sudor y los zapatos nuevos llenos de barro.
—Bonito —dijo, sin convencimiento.
—Es precioso —corrigió Ana, con los ojos fijos en el valle.
Yo también miré el valle. Pero no vi los árboles ni las lagunas. Vi algo más. Algo que se movía entre las sombras del bosque, algo que mis ojos humanos apenas podían distinguir pero que mi lobo reconocía.
—¿Zarek? —la voz de Ana me sacó de mi trance—. ¿Estás bien?
—Sí —mentí.
—Pusiste cara rara.
—Siempre tengo cara rara.
—Más rara de lo normal.