Zarek: el cachorro del alfa

Capítulo 11 – El novio cobarde (día 2)

La vuelta fue más rápida. Íbamos en silencio, cada uno metido en sus pensamientos. Yo no podía dejar de sentir el bosque. Era como si la tierra vibrara bajo mis pies, como si los árboles susurraran mi nombre, como si algo ancestral y salvaje estuviera ahí, al alcance de la mano, esperando que yo diera el primer paso.

Pero no lo di.

Llegamos al camping cuando el sol empezaba a esconderse. Andrés se fue directo a la tienda a cambiarse los zapatos. Ana preparó la cena «esta vez sin ayuda de nadie» mientras Nico jugaba con su dinosaurio en la mesa.

Yo me senté frente a mi tienda y miré el bosque.

El mismo bosque que me llamaba. El mismo bosque que me susurraba al oído palabras que no podía entender.

—¿Zarek? —Ana se acercó con dos platos de comida—. ¿Te pasa algo?

—No.

—Mientes. Lo sé por tu oreja.

Me toqué la oreja. Caliente, otra vez.

—El bosque... —empecé, pero no supe cómo continuar.

—¿El bosque qué?

—Es... ruidoso.

Ana se sentó a mi lado. No demasiado cerca, pero lo suficiente para que el lazo de la Luna latiera con fuerza.

—El bosque siempre es ruidoso —dijo—. Pero tú antes no lo notabas.

—Antes estaba ocupado.

—Ocupado con qué.

—Con cosas que no importaban.

Ana me miró. Sus ojos, a la luz del atardecer, parecían dos monedas de oro.

—Eres raro, Zarek —dijo, repitiendo las palabras que Nico me había dicho tantas veces—. Desde el accidente estás más raro.

—El accidente me cambió.

—Eso me da miedo.

—¿Por qué?

—Porque si cambiaste para bien, significa que podías haberlo hecho antes y no quisiste. Y si cambiaste para mal, significa que nunca te conocí realmente.

El lazo tiró de mí. Con tanta fuerza que tuve que apoyar las manos en el suelo para no caer hacia ella.

—Hay cosas que no entiendo —dije, al final—. Cosas que no puedo explicar. Pero sé que... sé que algo me falta.

—¿El qué?

Mi lobo, mi manada y mi lugar en el mundo... Tú...

—No lo sé —mentí.

Ana asintió, como si esperara esa respuesta.

—Cuando lo sepas, dímelo.

—Lo haré.

Se levantó, cogió los platos vacíos «no recordaba habérmelos comido» y se alejó hacia su tienda. Nico ya estaba dentro, acomodado en su saco de dormir, con el dinosaurio en la mano.

—Papi —me llamó—, ¿vienes?

—Ahora voy.

Me quedé solo frente al fuego. Andrés ya se había metido en su tienda, haciendo ruido con los pies para que supiéramos que estaba enfadado. Ana estaba leyendo un libro a la luz de una linterna.

Y yo estaba allí, entre el fuego y el bosque, sintiendo algo que no había sentido desde que perdí a mi lobo.

El bosque me llamaba.

Y esta vez, no podía ignorarlo.

La cena fue tensa.

Andrés apenas habló. Ana tampoco. Nico, en cambio, no paró de contar anécdotas de sus dibujos animados favoritos, ajeno a la tormenta que se cocía entre los adultos.

Cuando terminamos de comer, Andrés se levantó de golpe.

—Me voy a dormir —dijo, sin mirar a nadie.

—¿Ya? —preguntó Ana, sorprendida—. Son solo las nueve.

—Estoy cansado.

—Pero querías ver las estrellas.

—Las veo mañana.

Se metió en la tienda y cerró la cremallera con violencia. Ana se quedó mirando la lona azul, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—No te quiere —dijo Nico, con la sinceridad de siempre.

—Nico —lo reprendió Ana.

—Es verdad. El señor Andrés no te quiere. Quiere ganarle a papi.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. Lo dijo anoche. Lo oí.

El silencio se hizo tan denso que se podía cortar.

—¿Qué oíste, Nico? —pregunté, con la voz más calmada de la que me creía capaz.

—Que dijo que salía con mamá porque tú la tenías antes y él quería demostrar que podía quitártela. Lo oí cuando estaba...

Nico apunto a un punto lejano donde alguien con un súper oído solo podría escuchar.

Ana se puso blanca. Yo apreté los puños.

—Nico —dijo ella, con la voz temblorosa—, ¿estás seguro?

—Sí. Lo oí cuando me levanté a hacer pis. Bueno, cuando el dinosaurio se hizo pis.

Ana me miró. Yo la miré. Ninguno de los dos dijo nada, pero el lazo de la Luna vibró entre nosotros con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Vamos a dormir —dijo ella, al final, cogiendo a Nico de la mano—. Mañana hablamos.

—Mamá...

—Mañana.

Se metió en la tienda y cerró la cremallera. No con violencia.

Yo me quedé junto al fuego, mirando las brasas y escuchando el bosque.

Y entonces, los oí.

Aullidos.

Lejanos, profundos y antiguos.

No eran perros. No podían ser perros. Eran lobos. Lobos de verdad. Lobos que cantaban a la luna en un idioma que yo conocía mejor que mi propio nombre.

Me puse de pie de un salto.

—¿Has oído eso? —preguntó Ana, asomando la cabeza por la cremallera de su tienda.

—Sí.

—¿Qué es?

—Lobos.

—¿Lobos? —la voz de Andrés se oyó aguda y temblorosa—. ¿Hay lobos aquí?

—Parece que sí —respondí, sin apartar la vista del bosque.

Los aullidos se acercaron. Eran más fuertes ahora y más claros. Varias voces, tal vez cuatro o cinco. Cantaban juntas, en armonía, como hacían las manadas cuando...

Cuando marcaban territorio.

—No te acerques —le dije a Ana, aunque ella estaba a cinco metros de mí.

—No voy a acercarme.

—Papi —la voz de Nico sonó desde dentro de la tienda, asustada—, ¿los lobos van a comernos?

—No.

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro.

No lo estaba. Pero no iba a decírselo.

Andrés salió de su tienda con una linterna en la mano. Tenía el pelo de punta y los ojos desorbitados.

—Esto es peligroso —dijo—. Deberíamos llamar a alguien.

—No hay cobertura —respondió Ana—. Ya lo comprobé esta mañana.

—¿Entonces qué hacemos?

—Esperar.

—¿Esperar? ¿A qué?

A que los lobos se fueran. A que el peligro pasara. A que yo pudiera controlar la necesidad que tenía de adentrarme en el bosque y responder a ese aullido con otro aullido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.