Zenara

CAPÍTULO 3 EL LENGUAJE SECRETO DEL CORAZÓN

Hay cosas que el corazón sabe antes de que la mente consiga ponerles nombre.

Una tristeza aparece sin explicación aparente.

Una inquietud se instala en el pecho.

Una alegría inesperada ilumina un día cualquiera.

Una palabra nos conmueve profundamente.

Una despedida nos deja sin fuerzas.

Una mirada puede despertar recuerdos que creíamos olvidados.

Y, algunas veces, una sensación difícil de explicar nos hace detenernos y preguntarnos:

¿Qué está pasando dentro de mí?

Durante mucho tiempo se nos enseñó a pensar que las emociones eran algo que debíamos controlar.

Había que ser fuertes.

No llorar demasiado.

No mostrar miedo.

No admitir tristeza.

No expresar enojo.

No demostrar cuánto nos afectaban determinadas cosas.

Así aprendimos a esconder partes de nosotros.

Aprendimos a responder “estoy bien” cuando no lo estábamos.

Aprendimos a sonreír cuando queríamos llorar.

Aprendimos a continuar cuando necesitábamos detenernos.

Aprendimos a decir “no pasa nada” cuando por dentro estaba pasando todo.

Pero las emociones no desaparecen simplemente porque decidamos ignorarlas.

Aquello que no expresamos puede quedarse buscando una salida.

A veces aparece como irritabilidad.

Otras veces como cansancio.

En ocasiones como preocupación constante.

También puede convertirse en distancia, aislamiento, impaciencia o una necesidad permanente de mantenernos ocupados.

Por eso, comprender el mundo emocional no significa convertir nuestra vida en una búsqueda interminable de sensaciones.

Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente transformador:

aprender a escuchar lo que ocurre dentro de nosotros sin convertir cada emoción en una orden.

Tu corazón habla.

Pero no todo lo que dice debe gobernarte.

Y aprender a distinguir entre una señal y una decisión será una de las grandes enseñanzas de este camino.

CUANDO UNA EMOCIÓN TOCA A LA PUERTA

Imagina que estás sentado tranquilamente y de repente aparece una preocupación.

No la buscaste.

No la invitaste.

Simplemente llegó.

Tu mente comienza a imaginar posibilidades.

¿Qué ocurrirá?

¿Y si algo sale mal?

¿Y si pierdo aquello que amo?

¿Y si no soy capaz?

¿Y si me rechazan?

¿Y si el futuro resulta diferente de lo que espero?

En pocos minutos, una posibilidad se transforma en una película completa.

El cuerpo reacciona.

La respiración cambia.

Los músculos se tensan.

El pensamiento se acelera.

Y entonces aparece una segunda preocupación:

“¿Por qué estoy así?”

Ahora ya no solamente existe el miedo.

También existe el miedo al miedo.

Y ahí comienza una espiral.

Pero hay una diferencia fundamental entre sentir temor y obedecer al temor.

Puedes sentir miedo y permanecer quieto.

Puedes reconocer la inquietud y no tomar una decisión impulsiva.

Puedes observar un pensamiento sin convertirlo en una profecía.

Una emoción puede tocar la puerta.

Tú decides si le entregas las llaves de la casa.

Esta imagen puede parecer sencilla, pero encierra una gran verdad.

Tus emociones forman parte de ti.

No son tus enemigas.

Pero tampoco tienen que ocupar el lugar de tu conciencia.

LA TRISTEZA NO SIEMPRE ES EL ENEMIGO

Vivimos en una época que intenta escapar rápidamente de la tristeza.

Cuando alguien sufre, inmediatamente buscamos una frase para animarlo.

“Todo estará bien.”

“Sé positivo.”

“Hay que seguir adelante.”

“Piensa en cosas buenas.”

Son palabras que pueden tener buena intención, pero algunas veces llegan demasiado pronto.

Porque la tristeza también necesita ser escuchada.

Hay dolores que no necesitan una solución inmediata.

Necesitan compañía.

Una persona que ha perdido a alguien amado no necesita que le expliquen rápidamente por qué debe estar bien.

Necesita permiso para extrañar.

Alguien que atraviesa una decepción no siempre necesita escuchar que existen cosas peores.

Necesita reconocer que aquello que vivió le dolió.

La tristeza no significa necesariamente falta de fe.

Puedes tener una profunda confianza en Dios y, al mismo tiempo, llorar.

Puedes creer y sentir dolor.

Puedes orar y atravesar días difíciles.

Puedes amar a Dios y hacer preguntas.

La espiritualidad auténtica no exige convertirte en una persona incapaz de sufrir.

Jesús mismo mostró compasión, tristeza y dolor.

Por eso no necesitas avergonzarte de tus lágrimas.

Hay lágrimas que limpian.

Hay lágrimas que expresan.

Hay lágrimas que dicen aquello que las palabras no consiguen explicar.

Y también existen lágrimas que preparan el corazón para una nueva etapa.

No tengas miedo de sentir tristeza.

Ten cuidado, eso sí, de convertirla en una identidad permanente.

Puedes decir:

“Estoy triste.”

Pero intenta no convertirlo en:

“Soy una persona triste y siempre será así.”

La primera frase describe un estado.

La segunda construye una sentencia.

Y tu vida no merece ser sentenciada por una emoción pasajera.

EL MIEDO QUE QUIERE PROTEGERTE

El miedo tiene una función.

No nació para destruirte.

Nació, en muchos sentidos, para protegerte.

Te advierte.

Te prepara.

Te hace prestar atención.

El problema aparece cuando el sistema de protección comienza a interpretar como amenaza todo aquello que es simplemente desconocido.

Entonces el miedo deja de decir:

“Ten cuidado.”

Y comienza a decir:

“No hagas nada.”

Ahí puede convertirse en una prisión.

Porque crecer siempre implica cierto grado de incertidumbre.




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